En el año 1983 se publicaba en Estados Unidos las seis novelas de Michael McDowell (Alabama, 1950-Massachussets, 1999) que conforman la saga Blackwater. El pasado 7 de febrero, 41 años después, se estrenó de forma inédita en España la primera de la serie, La riada, a la que seguirán de forma quincenal las otras cinco novelas. En este primer libro se introduce al lector en un entorno inquietante e inseguro entre las casas de la ciudad de Perdido, una pequeña ciudad de la sureña Alabama regada por dos ríos. Estos son la causa de la inundación con la que se da comienzo a la historia. A través de las páginas de esta primera entrega, McDowell logra crear un ecosistema de tensiones perfecto entre sus personajes y un ambiente de estupor e incomodidad que los define y condiciona, ideal para poder desarrollarlo en las siguientes entregas.
Una inundación sin precedentes
La riada comienza con dos hombres, Oscar Caskey y su sirviente, valorando los daños de la catástrofe que da nombre al libro. En esa situación se encontrarán con Elinor Dammert, una mujer pelirroja llena de incógnitas. A partir de entonces cumplirá una función desestabilizadora en las relaciones intrafamiliares de los Caskey, una de las familias pudientes de Perdido.
En gran medida, la historia se desarrolla en torno a una competencia de fuerzas en una sociedad fuertemente matriarcal. Mary Love Caskey, madre de Oscar, llevaba la voz cantante hasta la llegada de Elinor. A partir entonces se da lugar a una perpetua intranquilidad en la líder de la comunidad, que asiste al desagradable espectáculo de la pérdida de su autoridad.
El argumento se construye a través de una serie de diálogos en los que la madre muestra sus suspicacias aparentemente infundadas. Sin embargo, gracias a la descripción de una serie de acciones de Elinor que la relacionan con un factor tan sobrenatural como inquietante, se consigue que el lector permanezca tan intranquilo como Mary Love.

Lo sobrenatural bajo manta
Uno de los elementos más importantes que logra infundir ese estado de perturbación casi permanente es una presencia de lo sobrenatural que se intuye, que es evidente, pero no se muestra. En todo momento se deja a las claras la existencia de un factor que se aleja de lo terrenal para adentrarse en lo «mágico», en lo siniestro por inexplicable. Varios personajes son testigos de fenómenos de esta clase. En todo caso, se relacionan con las costumbres y leyendas supersticiosas del lugar. Se entreteje entonces la realidad con las hebras de una sobrenaturalidad esquiva, difícil de identificar. Se desarrolla de un modo similar al realismo mágico de García Márquez, pero con una suciedad y un terror latente que sitúa a la novela en la tradición del género gótico sureño.
En este sentido, el hermetismo de la mente de Elinor, en quien reposa principalmente el factor mágico, participa también en esa incomodidad continua. En una ubicuidad casi total, el narrador se sumerge con facilidad en la psicología de todos los personajes, salvo en el caso de la nueva residente de Perdido. De esta mujer, la voz narradora solo es capaz de atestiguar lo que dice y lo que hace. No se atreve a penetrar en su psique, lo que acaba por ser un factor importante para el nerviosismo que produce el personaje.
Vocabulario duro, pero puntual
Otro de los aciertos de McDowell en la confección de esta novela es la precisa elección de un vocabulario duro e inmisericorde, aunque solo de manera puntual. El autor selecciona con maestría el momento adecuado para ser descriptivo hasta la agresividad, recreándose en detalles sangrientos y desagradables.
Sin embargo, inmediatamente después de esta clase de descripciones, se da paso en la narración a momentos de calma y sosiego. En un momento se es testigo de una escena terrible, para a continuación asistir a una tranquila conversación de mediodía en un porche lateral, al son de la mecedora en la que se balancean tranquilos los personajes.
En conclusión, La riada es un inicio que engancha
Todos estos ingredientes, en conjunto, consiguen producir una sensación de desasistencia y aturdimiento. De la mano del resto de personajes, a merced de un ente del que no se logra identificar ni su naturaleza ni sus intenciones, el lector queda atrapado en un fango negro de dudas y desconcierto. Siempre se está a la espera de la dentellada fatal de un ser sumergido bajo el lodo al que no ven, pero perciben. En esta primera parte de su saga inédita en España, McDowell produce una sensación de perturbación extrañamente adictiva, que invita y casi fuerza al lector a zambullirse en El dique, la segunda entrega de la serie.