Japón tiene una relación muy particular con el exterior. Sus habitantes tienden invariablemente a un aislamiento que va de lo individual a lo colectivo. No es de extrañar. Al fin y al cabo, como casi cualquier otro en el planeta, el propio país tiene una historia marcada por episodios de intervenciones extranjeras. Cómo se lo tomaron llevó al país a irse encerrándose en sí mismo, hasta el culmen de la época Edo. De ello también se hace eco, como no podría ser de otra forma, la ficción. Estos son algunos de los mejores y más claros ejemplos.
Ghost of tsushima y la primera injerencia extranjera
Ghost of Tsushima es una de las joyas que dejó la anterior generación de videoconsolas. En este videojuego se encarna a Jin Sakai, un samurái. En 1274 sobrevive a la batalla de Tsushima en la que el ejército mongol de Kublai Kan, nieto de Genghis Kan, se hizo con el poder de la isla. En la realidad, esta sería la primera de las dos invasiones lanzadas. A partir de entonces la historia sigue los esfuerzos de este personaje por restablecer el dominio japonés del territorio.
El videojuego hace especial hincapié en la perfidia de las hordas extranjeras. Jin, acostumbrado a combatir bajo la filosofía de honor sin mácula típica de los samurái en la ficción, se ve obligado a romper su código con tal de vencer a un invasor que no muestra misericordia alguna con los habitantes de la isla. He aquí otro tópico sobre mongoles. De esa manera, sugiere la idea de que la esencia japonesa basada en el honor acaba por contaminarse debido a la intervención de un invasor. Históricamente, estos asaltos marcaron el fin de la expansión mongola y se tomó como un evento fundacional nipón.
Shogun, la historia del portazo japonés
La segunda miniserie basada en la novela homónima de James Clavell, que se ha estrenado recientemente, cuenta la historia de los sucesos que desembocaron en el shogunato del clan Tokugawa. Con ello, se dio comienzo en 1603 al llamado período Edo, caracterizado por un aislacionismo del país que se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XIX.
Debido al miedo a que el apoyo extranjero a facciones contrarias pudiera desembocar en la alteración del statu quo, los Tokugawa solo permitieron el contacto con el exterior en el puerto de Nagasaki. Allí, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y China fueron las únicas potencias extranjeras que tuvieron el privilegio de comerciar en territorio nipón. Estos sustituyeron principalmente a los jesuitas portugueses, purgados con saña al igual que los cristianos. A través de los holandeses el poder feudal japonés se informaba de los acontecimientos que ocurrían en el exterior.

Sin embargo, aunque este aislacionismo permitió un largo período de paz, también tuvo su cara negativa. Mientras que los países occidentales entraron en la etapa industrial, Japón se mantuvo en un nivel de desarrollo típico de la Alta edad media. Fue el comodoro estadounidense Matthew Perry quien les acabaría obligando a abrir el comercio. Las presiones externas se unieron a un profundo conflicto entre el feudalista bando Tokugawa y los aristócratas reformistas para dar pie a la era Meiji.
El periodo Edo ha dejado un enorme poso cultural en el imaginario japonés. Al fin y al cabo, este aislacionismo llevó de la mano un largo período de paz. Los miedos del primer Shogun Tokuwaga se cumplieron y en buena medida fue la influencia extranjera la que acabó con su sistema de gobierno bakufu. No obstante, Japón se alzaría al poco como un imperio colonial sin misericordia alguna.
Attack on titan, el terror al extranjero
En el manga de Hajime Isayama, popularizado a nivel internacional gracias a su adaptación al anime, el miedo al extranjero alcanza un auténtico estado de psicosis. En esta ocasión, el extranjero está desprovisto, directamente, de su categoría humana y es representado en su lugar como una bestia antropófaga con apariencia humana de varios metros de altura. Para protegerse de este peligro, la población humana se ve obligada, de nuevo, a aislarse del exterior tras unos enormes muros.

Aún así, de nuevo, el extranjero es capaz de entrar en el territorio humano, lo que provoca una auténtica sangría y una situación de caos. Las bestias del exterior no tienen ninguna clase de piedad con los humanos tras los muros, a los que devoran sin compasión. Los reflejos del periodo Edo se mezclan con el eterno trauma atómico derivado del final de la Segunda Guerra Mundial, así como del reconocimiento de la amenaza fascista sobre Asia que supuso el propio Japón.
Wano en One Piece
Otro de los reflejos del período Edo y la Restauración Meiji en la ficción japonesa de estos últimos años ha sido el ofrecido por Eiichiro Oda en One Piece. En el arco anterior a Egghead los sombrero de paja se infiltraban en Wano, una isla con clara ambientación en el Japón feudal que llevaba décadas aislada del resto del mundo.
Curiosamente, en One Piece se ofrece una lectura aperturista. Así como en otras ficciones se toma al extranjero como un «otro» enemigo que resulta un peligro para Japón, en la serie de Oda se relaciona la mentalidad abierta con la libertad de los habitantes de la isla.
De hecho, Oden, uno de los principales protagonistas del arco, tiene como objetivo principal la apertura de la isla. Es, sin embargo, debido a la cooperación del que acabaría siendo shogun con fuerzas extranjeras lo que tiene como resultado el cierre del país. Así mismo, gracias a la alianza del hijo de Oden con otros foráneos, los sombrero de paja, las fuerzas aislacionistas acaban siendo derrotadas, revirtiendo la situación. De esa forma, Oda muestra al extranjero como una injerencia externa capaz de ser tanto negativa como positiva para el devenir del país.