«Yo soy Espartaco» ha quedado como una frase de hermandad, de solidaridad y altruismo a raíz de la película de Kubrick y Trumbo. El rebelde tracio que puso en jaque a Roma fue una inspiración en aquella época, marcada por la caza de brujas anticomunista. El mito del esclavo se llevó a la pantalla limpio, casto. Pasadas las décadas una serie decidió cambiar de tercio. Porque Spartacus optó por volver a contar la historia llenándola de sexo y violencia. Un sopló de aire fresco que causó sensación.
Historia y sinopsis de Spartacus
Estrenada en 2010 y concluida en 2013, Spartacus tuvo como cabeza principal a Steven DeKnight. Venía de haber dirigido y/o escrito en series como Smallville o Buffy cazavampiros. Starz le dio la alternativa como showrunner con Sangre y arena, la primera temporada de un periplo romano que se extendería por otras dos y una precuela. A su lado se situó Rob Tapert, el productor de Evil dead o Xena. Una figura que había sido clave precisamente en el tipo de ficción que el creador había planteado. Sam Raimi también puso su granito de arena.
La historia que cuenta Spartacus a lo largo de sus tres temporadas, cada una con su propio nombre, es la de la tercera guerra servil. Esta ocurrió al final de la República romana y fue liderada por Espartaco, gladiador de origen tracio. Así, se comienza por su captura y su etapa en el espectáculo para después derivar a la insurrección. Las armaduras y la ambientación están cuidadas, aunque los hechos históricos, dudosos ya en las fuentes, se retocan lo necesario para que prime el entretenimiento.
Andy Whitfield y Liam McIntyre encarnaron al prota. El primero, por desgracia, murió de un linfoma tras estrenar la primera temporada. Que todo siguiera adelante con un recast se debió, en buena medida, a que el actor insistió en que la serie no debía acabar con él. El reparto cuenta también con Lucy Lawless, Simon Merrells, Manu Bennett o John Hannah, entre otros.
Cuándo recomendamos ver Spartacus
Cuando pienses en Roma pero quieras salseo
La imagen de la república y el imperio de Roma siempre ha ido atada a una mezcla de vicio y ampulosidad. Si en las pelis tipo Semana Santa, de la época gloriosa de Hollywood, todo era mármol y limpieza, la serie Rome consiguió cambiar el asunto definitivamente. En ella se mostraba suciedad, decadencia, grandeza, poder, violencia y sexo a partes iguales. Spartacus tomó esta senda y le sumó el estilo visual de 300, con una mejora notable en el acabado en las temporadas 2 y 3. Hay mucho drama, mucho romance y mucha traición sin perder de vista que se está narrando la tercera guerra servil.
Si se quiere una épica subida de tono
El salseo de Spartacus pasa de clases y opciones sexuales. Todos tienen su momento violento o picante. La serie llega a tomárselo a cachondeo, con expresiones para la eternidad como el habitual «por la polla de Júpiter» de Batiato. DeKnight y Tapert supieron arriesgar, jugar con los límites. El resultado es una historia épica sin cortapisas, con héroes y villanos grises, que va como la seda. Al divertimento se suman ríos de sangre y de otros fluidos que no mencionaremos para crear un conjunto redondo.
En caso de que te guste el estilo Tapert
Rob Tapert ha sabido cómo manejar presupuestos justos para dar resultados tan entretenidos como resultones. Además, siempre ha arriesgado en temas como la inclusividad y los límites en pantalla que impone la mojigatería yanqui. Por eso, cuando Starz le puso la friolera de 30 millones sobre la mesa, lo aprovechó. Spartacus es un claro ejemplo de lo mucho que rentabiliza el dinero este productor. Gracias a ello gustará a quien haya disfrutado de otras de las ficciones en que ha participado, como Xena: la princesa guerrera, Hércules: sus viajes legendarios o la franquicia Evil dead.