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Crítica de ‘Shogun’ 1×10, un final que es como un poema de Mariko

Por suerte, la miniserie ha sabido lo que tenía que hacer para acabar.
Final de Shogun 1x10

El décimo y último episodio de la segunda adaptación de la novela de James Clavell es justo lo que la miniserie necesitaba para concluir. Una suerte de epílogo repleto de sutilezas y que culmina el gran plan del señor de Edo. Dirigido por Frederick E.O. Toye y titulado A dream of a dream, Shogun 1×10 compone un final repleto de diálogo, crueldad y emotividad.

Aviso de spoiler de samuráis

Sutilidad redoblada

No es raro que los finales sean más anticlímax que puntos álgidos. Ya ocurre, por ejemplo, en los múltiples desenlaces consecutivos de El señor de los anillos. En el caso de Shogun, se sigue la senda hasta sus límites más amplios. Desde la ensoñación de Blackthorne (Cosmo Jarvis), que se acaba desvelando como tal, hasta la última mirada que se lanza con Toranaga (Hiroyuki Sanada). Ese cierre resume lo que quiere ser la miniserie de FX. Una aspiración alcanzada.

Aunque tenga sus momentos de acción, sus ligerísimos arranques bélicos, Shogun recuerda en todo su final que va de personajes. Sutil, casi evasiva, da puntadas a muchas de sus tramas. Se culminan los diferentes arcos, algunos completamente, otros de forma más abierta, pero la principal cuestión que planeaba sobre la miniserie se queda en una mera sugerencia. Si Toranaga era otro perro deseoso de ser el alfa o de verdad le interesaba la paz no se dilucida. Lo más probable, como siempre, es que hubiera un poco de ambas.

Las cartas sobre la mesa ante un futuro que no hace falta mostrar

El punto de Shogun, en parte para diferenciarse de la novela y la miniserie de 1980, era enfatizar el protagonismo nipón sobre el del Anjin. De ahí que el verdadero y único protagonista como tal siempre fuera Toranaga. La sombra de Mariko (Anna Sawai) es larga, pero no le alcanza. Como a su halcón, el señor decidió dar libertad a su vasalla. Era la reina en su ajedrez. Yabu (Tadanobu Asano), Hiromatsu, Nagakado o Balckthorne también han sido meras piezas y, por tanto, sacrificables.

Todo esto hace lógico, incluso sumamente sugestivo, que no se enseñe lo que le pasa a Japón. En el capítulo noveno ya se ejecutó el Cielo Carmesí. El gran plan consistía en quitar la careta a Ishido (Takehiro Hira) y ganarse a Ochiba (Fumi Nikaido). El season finale pasa de desarrollar más allá de los vaticinios de Toranaga. Estos se desarrollan en una bella escena junto a Yabushige.

El siervo traidor va a cometer suicidio ritual tras ser descubierto, destino que acepta sin contemplaciones. La culpa le ha hecho perder la cabeza. No obstante, ser condenado le otorga una paz que le permite hablar de tú a tú a su señor. Aquí es donde Toranaga se destapa casi del todo. Cuenta a un admirado súbdito cómo prevé derrotar a Ishido. Cómo utilizó al Anjin, el cual se salvó de la decapitación solo por hacerle reír. También, como Galadriel frente al anillo, tiene un arranque de soberbia. La duda de Yabu es la de todos. La pureza del héroe queda en entredicho, si no lo estaba ya cuando desdeña a su hijo muerto minutos antes. No hay monomito ni demás bodrio universalista que valga. El romanticismo se deja caer hasta el suelo y no se levanta. Lógico que los creadores no quieran hacer una segunda temporada.

Blackthorne y Fuji, el corazón del final de Shogun

Entre cinismo, traición y ansias de poder sugeridas, el desenlace de la serie de FX lanzada a través de Disney+ también tiene su corazoncito. Blackthorne es el encargado de aportarlo. Aunque al final haya una escena bastante entrañable con el viudo de su amada Mariko, no es con Buntaro (Shinnosuke Abe) sino con Fuji (Moeka Hoshi) con quien saca su nuevo ser a pasear.

La ausencia de la traductora afecta a ambos. Mas es la destrucción del barco del marinero la que sacude Anjiro. Toranaga está masacrando a la población local para encontrar a quien se cargó el Erasmus. Todos sabemos que fue él, aunque no se lo confiese al inglés y sí a Yabu. Sea como fuere, la última petición de la dama, ya exconsorte, a Blackthorne es que pare la escabechina. En medio, una despedida emotiva, a la que el Anjin se resiste, fruto de una evolución inesperada de una relación derivada en amistad verdadera.

La prueba extrema que supera, no consciente del todo, el navegante frente a Toranaga demuestra que es ya japonés. Actúa como la drama queen que debe ser un samurái. Consigue su misión, para regocijo de Fuji. Todo esto viene a cuento porque es el desencadenante de la escena más bella del final de Shogun. Ambos, en una barca, despiden a sus muertos. No quieren morir, no son un matrimonio concertado. Son dos amigos. Puede que el futuro señor de Japón haya ganado un país que gobernar. Su Anjin y su exconsorte lo que han logrado es una nueva vida.

Qué ver después de Shogun

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