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‘As bestas’, la asimetría de la venganza y la justicia

Sorogoyen y Peña crean un brillante relato dual en un entorno rural asfixiante.
Segmento del cartel de As bestas

Que Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña son uno de los tándems director/coguionista más destacados del actual cine español no admite duda. La fortuna es que no dan muestras de fatiga y para muestra, ahí está As bestas. Una película que admite el adjetivo de grande, que parte de un hecho real para plantar dos relatos en los que la venganza y la justicia se miran cara a cara. Una sinfonía de dos movimientos en escala menor que ahonda en una ruralidad alejada de cualquier tipo de idealización.

Las bases reales de As bestas

Dos parejas fundamentan As Bestas. Por un lado, el matrimonio francés formado por Antoine (David Ménochet) y Olga (Marina Foïs). Ambos han montado su pequeño trozo de paraíso en una aldea de Ourense. Allí trabajan una granja ecológica y restauran casas. Por otro, los hermanos Xan (Luis Zahera) y el mentalmente disminuido Loren (Diego Anido). Dos pobres diablos, dos gañanes que no han conocido más que aquel trozo de tierra en su vida.

En medio, una oferta de una eólica para instalar molinos en el pueblo. Los forasteros se niegan, junto a otros pocos vecinos, por motivos ecológicos. A su vez, la mayoría encabezada por Xan aboga por coger el dinero y correr. Una situación que se basa en la realidad, en el enfrentamiento entre el holandés Martin Verfondern y los hermanos Julio y Juan Carlos Rodríguez. Asimismo, la naturalidad del lenguaje, que salta del gallego al francés y al castellano con fluidez, es una decisión absolutamente acertada por parte de Sorogoyen, que permite entrar de lleno en su obra.

Antoine, Xan y la venganza

El primer bloque vive de un frenetismo que retrotrae a Peckinpah y su Perros de paja. Es una referencia ineludible, casi tanto como esa suerte de predestinación trágica de lo rural que tan bien reflejó Mario Camus. Con una banda sonora testosterónica y brutal, la mirada que se sigue es la de Antoine. Idealista pero cabezón, no teme el enfrentamiento con Xan y Loren. Se enfrenta a ellos con una superioridad moral e intelectual que, pese a ser subrepticia, queda más que clara.

La mayoría del público se sentirá reconocido con él, con Olga. Son los urbanitas, los seres de cultura, los forasteros. Xan y Loren son todo lo contrario. Víctimas, como tantos seres brutales, del sino de una vida rural. Estos últimos son personajes que se entenderían con Pascual Duarte, al Jospeh de Tyrannossaur, simplemente mirándose a sus ojos llenos de odio y desesperación.

De esta manera, el conflicto eólico va enconándose hasta llegar a un punto irreparable. Primeros planos, secuencias largas, estrés por todos lados. La conversación final entre Xan y Antoine, con Loren de testigo, en la tasca de la aldea es pura tensión. Ménochet es un especialista en este tipo de escenas. Así, se cimenta una venganza a dos bandas entre machos. Un combate de ver quien la tiene más grande que conecta con la secuencia de inicio de forma literal. Lo que cuentan Sorogoyen y Peña en este primer segmento no es novedoso, pero funciona a la perfección. Idealismo frente a pragmatismo, forasteros frente a paisanos, doctos frente a incultos. De fondo, escenas tan bellas como la calmada muerte del pastor Breixo.

La justicia de Olga

Sorogoyen y Peña juegan con lo esperado, con lo obvio, para darle la vuelta cuando hace falta. Olga, cuya perspectiva conduce la segunda parte de As bestas, es presentada como un agente pasivo al principio. Parece débil, una mera comparsa de Antoine, hasta que se puede ver que no es así. La segunda conversación extraordinaria del film trata este hecho, enfrentando a la francesa con su hija Marie (Marie Colomb).

Tenaz, Olga renuncia a la paz a cambio de su búsqueda de justicia. Su actitud nada tienen que ver con la masculina inquina de Antoine. Pero, no cae en el tópico edulcorado de lo femenino. Su personaje se alza entre todos para apelar incluso a su contraparte, la madre de Xan y Loren (Luisa Merelas). La frialdad que destila, maquinal, estalla en una secuencia final en la que la Marina Foïs no necesita hablar. Un desenlace rotundo y podría decirse que, si no feliz, esperanzador.

Sublimando el suspense rural

As bestas logra que todos los implicados brillen en las sombras que propone. Zahera y Ménochet logran clavar papeles que parecían destinados a interpretar. Foïs y Anido parten de personajes menos vistosos que acaban luciendo incluso por encima de sus acompañantes según pasan los minutos. El resto del reparto está igualmente a la altura, ya sea en francés, en gallego o en español.

Sorogoyen y Peña, por su lado, ponen en imágenes un debate de sumo interés. Pese a que quede claro quién es la bestia en el asunto, un halo gris cubre la narración. No hay buenos ni malos de cuentos de hadas. Lo bucólico destaca por su ausencia. Es puro realismo trágico lo que pulula por As bestas.

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