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‘Babylon’, la película de los adjetivos

Damien Chazelle regresa a Hollywood para contar una historia espectacular y excesiva, por empezar por algún lado a definir ‘Babylon’.
Crítica de Babylon la nueva película de Damien Chazelle

Babylon, la nueva película de Damien Chazelle, puede llegar a ser la obra a la que he colocado más adjetivos en los últimos años. Cuando uno sale del cine, sale mudo de palabras o borracho de ellas, comprendiendo además, de inmediato, que esta es una película de las que divide al público, una de esas en las que entras o no entras.

Tras First Man (2018), si es que alguien se acuerda de ella al hablar de Chazelle, tras La La Land (2016), esta sí, que viene más al caso, el director de Providence ha buscado ir un paso más lejos en varios aspectos, aunque el mensaje sigue siendo el mismo. Puedes ser una estrella, pero vas a pagar un precio por ello.

Los adjetivos que acompañan a Babylon

Margot Robbie y Diego Calva en Babylon
Margot Robbie y Diego Calva en Babylon. | Paramount Pictures

En Los Ángeles de los años 20 todo vale: los excesos son aplaudidos y las estrellas lo son si han caído en este juego propuesto. Fiestas, drogas, alcohol, sexo, depravación, desenfreno, extravagancia, grandilocuencia, violencia. No parecen existir reglas ni siquiera en los rodajes, a los que dos inocentes jóvenes, Nellie y Manuel (fantásticos Margot Robbie y Diego Calva), aspiran, cada uno a su manera. Esta es la historia del ascenso y caída de estas y otras estrellas. Esta es la historia de, como otras tantas de Chazelle, el precio que tienes que pagar por los sueños, por formar parte de algo más grande.

Para algunos, Babylon es larga, intensa, pretenciosa, cutre, excesiva, vacía o demasiado ambiciosa. Supongo que lo curioso de esta película es que puedo ver en ella cada adjetivo negativo y sin embargo no comprar ninguno. Babylon ha sido una de las mejores experiencias cinematográficas que he tenido en los últimos meses, porque mis adjetivos son los siguientes: espectacular, salvaje, divertida, enérgica, inesperada, entretenida, seductora. Por quedarme con algunos que ejemplifican esa experiencia.

Ni siquiera me ha importado un humor escatológico que no suelo comprar, y aunque su tramo final ya me hacía sentir que llevaba tres horas en la misma posición no dejó de interesarme en ningún momento. Puedo dar incluso la vuelta a algunos de esos adjetivos negativos, porque es intensa y excesiva, claro, desde su misma concepción, pero es que detestaría lo contrario. También ha estado bien no llorar con una película, aunque sea solo una, ni terminar con el corazón en un puño. Y luego está lo de la banda sonora (Call me Manny suena en estos momentos), por la que debemos dar las gracias, otra vez, a Justin Hurwitz.

Supongo que sus virtudes y sus defectos se intercambian el papel dependiendo de quien valore los elementos que la conforman (qué bonito es el cine y que provoque estas conversaciones), aunque sí tengo en consideración ciertas cosas. Sobre todo que es irregular, que su primera mitad es mejor que la segunda, y la incomodidad de los últimos (30) minutos, porque el tiempo se va notando, pero el final no. Y no deja de durar 189 minutazos.

Babylon no es perfecta, pero, en fin, quién y por qué necesita que lo sea. Tener la boca abierta y escuchar a decenas de personas reírse a carcajadas, y sumarse a ellas, y debatir en susurros, y que al final suenen también aplausos, y que uno se note flotando al salir de la sala y que los adjetivos te salgan a borbotones. Eso, eso se necesita. O entras o no entras, pero qué viaje si entras.

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Judith Torquemada
01/07/2023
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