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Baiuca, un sentimiento actual en los sonidos de siempre

Baiuca pasó por la Riviera madrileña como parte de su gira ‘Embruxo’ y uno siente un privilegio formar parte de la fiesta antigua y actual que llega con su propuesta.
Morriña, de Baiuca

Ya no es una especie de milagro reconciliador que el gallego Baiuca llene la Riviera madrileña: ya es costumbre. Y si tiempo atrás lo entendía como milagro era sobre todo a partir del más genuino de los deseos de que sucediera, pero realmente ese lleno era y es una consecuencia natural de todo lo que ha ido pasando. Hace años que viene existiendo otro deseo genuino, este más colectivo: el de mirar hacia el pasado para recuperar culturas que en muchas ocasiones han sido aplastadas, olvidadas o abandonadas por circunstancias ajenas a las tierras que las acogen y las gentes que las conforman. Hoy hay interés, hay un público para esta cultura y en figuras como Baiuca hay talento para materializar todo esto.

La propuesta de Baiuca, el nombre artístico de Alejandro Guillén, es tan antigua como actual. Al final lo que quiere es ofrecer una visión personal de una música de siempre, así que no puede ser lo uno o lo otro, tiene que definirse como de antes y de ahora. Nace de su interés, lo respalda el público y lo asegura el talento. Ha publicado ya dos álbumes, que beben de lo mismo pero son entes distintos, además de numerosos sencillos y colaboraciones. Tiene, con todo esto, una trayectoria de lo más coherente y completa. Y si uno quiere terminar de entenderlo, tiene que vivirlo en directo.

La tradición no se puede perder

Baiuca decía esto mismo, hace un par de años, en una entrevista concedida a los compañeros de Mondo Sonoro: “la tradición no se puede perder”. Su música se siente como la reivindicación de unos sonidos asociados a una tierra, en general. De manera personal se asociará a muchas otras cosas, porque forma parte de la tradición y por tanto transporta a otros escenarios en los que esta ha estado presente, ya sean fiestas, reuniones familiares o una puesta de sol en las Rias.

Quizá en los tiempos que corren no sea tan necesario, porque realmente hay una corriente que ya no niega el pasado sino que lo reivindica, pero no deja de ser, esta música de Baiuca, la validación de una cultura madre. También la validación de algo añejo en un momento en que la vorágine parece conducir a muchos a la búsqueda de lo siguiente novedoso, de la siguiente moda. También habrá quien se apunte a este deseo colectivo porque lo considere así, una moda, pero dado que no admite superficialidades siempre se notará quienes se suman a partir de una verdad.

Se nota la verdad en la morriña que hizo nacer el primer álbum de Baiuca, Solpor (2018), en esa colección de ambientes y paisajes que trazaron un sendero, más o menos largo, hasta tierras gallegas. Lo tradicional se fusiona con lo electrónico, encajando de este modo instrumentos y sonidos diferentes entre sí, haciendo crecer melodías que dan la sensación de nacer al tiempo.

En Embruxo (2021), el segundo, lo que se nota es el deseo de profundizar en un elemento característico de la cultura gallega: el misticismo, esa espiritualidad que habla de meigas, naturaleza o piedras sagradas. Hay más trabajo de instrumentos en este segundo álbum, algo que también pensé cuando el artista se servía de su flauta en la Riviera, pero, como se ha dicho, ambos vienen de lo mismo. De aportar a los sonidos de siempre algunos propios.

La fiesta del directo

Conectar con Baiuca es conectar con Galicia. El jueves a mi alrededor escuché aturuxos y se bailaron muiñeiras, y asistí a todo eso con el agradecimiento de quien se siente bien recibido en una fiesta que es, de algún modo, ajena. Pero es que conectar con Baiuca es conectar con Galicia incluso cuando no eres gallega. Y es conectar también, de algún modo, con tu propia tradición y tus propios sonidos, en los que piensas esperando que tal vez, en un tiempo, puedan ser también la fiesta que son hoy los directos de este artista natural de Catoira.

Tiene ya canciones para el recuerdo, como la todopoderosa Morriña. También Olvídame o Mangüeiro, ambas del EP de 2019 llamado Misturas, un trabajo que surgió en parte desde Aliboria, otro proyecto, liderado por Xosé Lois Romero, dedicado a reinventar los cantos y los ritmos de siempre. Por eso Baiuca y los miembros de Aliboria han terminado encontrándose en el camino.

Se encontró también con Carlos Núñez, que el jueves salió al escenario gaita en mano. Su Solsticio es una de las más preciosas melodías que llevan el nombre de Baiuca. Tendrá una historia detrás porque todas la tienen. La tiene Paxaro do Demo, una familiar que canta Xoel López, que también estuvo allí el jueves. Qué lujo, el uno y el otro. Por seguir con las colaboraciones, faltó Rodrigo Cuevas y faltó Carlangas, pero sonaron Veleno y Fisterra y se bramaron como lo que son: canciones para el recuerdo. Alba Reche sí estuvo para presentar su potente Diamante, el último trabajo de Baiuca. En su escenario hay siempre mucha gente.

Y como la música gallega es una música de ritmos rápidos, un poco salvaje, facilita que los directos de Baiuca sean una fiesta en la que se salta y se canta y se baila y se flota entre antigüedad, tradición, misticismo y electrónica. Se ven muchas generaciones diferentes cantando las mismas cosas, se ven muchos gallegos y algunos que no lo son, y entre aturuxos y muiñeiras y gaitas uno piensa que podría pasarse la vida así, soñando un soño que non ten fin.

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Judith Torquemada
23/07/2023
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