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La balada de Coriolanus Snow, el personaje imposible de ‘Los Juegos del Hambre’

Un análisis del personaje más complejo de ‘Los Juegos del Hambre’.
Coriolanus Snow

Volver a leer Balada de pájaros cantores y serpientes, tras el impacto de ver a Coriolanus Snow quedando tan bien en pantalla, significa volver a la posición inicial. No es que la película de Francis Lawrence, una buena película por cierto, blanquee el personaje de Snow: es que es imposible entender toda su complejidad sin acceder a su monólogo interno. El libro, sin embargo, es una exhibición de pensamientos y emociones mezquinas, narcisistas y en ocasiones crueles, como sabemos que llega a ser el Presidente Snow en Los Juegos del Hambre. Suzanne Collins hace un trabajo de construcción impresionante, es otra exhibición por su parte. Gracias a su preciso trabajo podemos entender de dónde viene este carácter del protagonista imposible, qué lo motiva y cuál es su verdadera opinión con respecto al Capitolio, Los Juegos del Hambre y los distritos. Así se construye un personaje imposible (y tremendamente disfrutable como lector).

Spoilers de Los Juegos del Hambre

Coriolanus Snow, el protagonista imposible

Su miedo era algo que guardaba para él, no un espectáculo público

Si decimos que Coriolanus Snow es un protagonista imposible es porque a medida que las páginas se suceden el lector puede llegar a desarrollar un sentimiento de rechazo hacia ese personaje que guía, desde el principio y hasta el final, la lectura. No es habitual encontrarse libros con un protagonista cuya moral es cuestionada por el lector en cada página, porque este rechazo bien podría hacer que quisiéramos, sencillamente, dejar de leer. Pero, como decimos, Collins lo hace genial a la hora de construirlo, porque si el Snow de Los Juegos del Hambre no tiene matiz alguno, este Snow que está creciendo está, de hecho, creciendo. Es poco más que un adolescente al que le ha tocado, sin embargo, ser adulto muy pronto. Sus opiniones todavía están formándose al menos en un sentido: da la sensación en todo momento de que no termina de pensar por sí mismo, de que sólo sigue lo dictado por el Capitolio para lograr tener en ese mundo en el que se ha criado la única posición que, considera, puede tener.

La cabeza fría. Nervios de acero. Había presentado en sociedad a la chica, que tenía un don natural. Lo había sobrellevado todo con dignidad y un toque de humor e ironía

Desde el principio entendemos que Coriolanus Snow vive por y para su imagen. Manipula esa imagen hasta que encaja con lo que se supone que debe ser y encubre su pobreza, aprovechando su inteligencia para transformar la realidad a ojos de los demás. Su relación con las personas que lo rodean nunca es sincera, salvo con la excepción de Tigris. Con todos los demás finge, es más, actúa: interpreta un papel creado con precisión milimétrica. Lo mantiene gracias al «don para el autocontrol» del que habla más adelante y no se plantea si está bien o mal vivir de esa manera, porque no hay nada que le importe más que ese papel, esa imagen, su propio peso e importancia, y tener el control, ostentar el poder. Después reflexionamos sobre esto y su relación con la infancia.

Coriolanus siempre trataba a Io con cordialidad, así que ella lo adoraba. Con los chicos que gozaban de menos popularidad en la escuela, el gesto nimio surtía un efecto espectacular

Sabe bien qué hacer, cómo comportarse en cada momento, con cada persona, porque tiene también esa clase de don que te permite leer bien a las personas y las situaciones. Es muy consciente del papel que quiere ostentar y todos sus esfuerzos están dirigidos a potenciar una imagen que encaje en este papel. «Su única moneda de cambio era su encanto», piensa al principio de la narración. A pesar de este encanto, Coriolanus es en realidad una persona mezquina, egocéntrica e individualista. Es clasista, muy clasista, se guía en todo momento por una lealtad de clase que es eso y nada más. No tiene un verdadero vínculo con esas personas, no tiene aprecio o respeto, sólo siente lealtad porque son como él, vienen de donde viene él. Es un clasismo conservador que, sin embargo, camufla cuando siente que puede sacar provecho de lo contrario. Por eso se hace amigo de Sejanus, porque su desprecio es silencioso, porque revelar lo que de verdad piensa o siente empañaría su imagen y lo alejaría de ese papel representado. «Nunca antes había odiado tanto a Sejanus desde la primera vez que el rechoncho niño de los distritos se le acercó con su palurdo acento y una bolsa de gominolas en la mano», leemos ya en el primer capítulo.

Su relación con Sejanus está muy bien planteada porque sirve como preciso medidor de esa mezquindad de Coriolanus, no solo porque Sejanus represente el bien, porque a estas alturas Coriolanus no representa tanto el mal como el egocentrismo, más bien por la manera en la que piensa de él. Llega a hablar de aprovecharse de la moral de su compañero. No concede ni un poco de valor al deseo de Sejanus de habitar un mundo más justo para todos, al contrario, la desprecia, se burla de esa moralidad, se considera superior a sus «cenagales morales». «Qué desperdicio de dinastía», piensa en otra ocasión, hacia el final de la obra. En este punto ya tenemos claro que Coriolanus Snow es incapaz de prestar atención y por tanto de desarrollar interés o preocupación por algo que no tenga que ver consigo mismo. Todo lo que se salga de la esfera de su propia existencia no tiene valor para él.

Más sobre vivir con la cabeza metida en el culo

Porque así es como vive Coriolanus Snow: con la cabeza metida en su propio trasero. Cuando Sejanus le ofrece un intercambio de tributos, porque no puede soportar la idea de tener que conducir a la Arena a una persona, Marcus, que ha conocido bien, Coriolanus no se detiene a pensar en lo que todo esto significa para Sejanus. No le dedica un solo pensamiento. Todo lo que reflexiona en esos segundos tiene que ver consigo mismo. «Saboreó la dulzura de la victoria, los vítores de la multitud», piensa. El conflicto de Sejanus le trae sin cuidado. «Gracias a él, Lucy Gray era la estrella de los Juegos en esos momentos», o también «se sentía traicionado por ella. Incluso humillado», cuando Lucy Gray entona esa canción de desamor en la entrevista previa a los Juegos. A pesar de estar otra persona implicada en la acción que desencadena su monólogo, se ve cómo Snow es incapaz de concederle a esa otra persona espacio en sus pensamientos. Solo importa él.

Hasta lo que hace por los demás en realidad lo está haciendo por sí mismo, siempre por sí mismo, y a pesar de la claridad con la que parece verse en cada momento, no termina de entender este egocentrismo que le caracteriza. Claro que tal vez una persona egocéntrica es incapaz de decirse que está pensando demasiado en sí mismo, en eso consiste. El caso es que no importa cómo se sienta Sejanus o Lucy Gray, cuando se debate entre llevar comida o no a los tributos, no importa si esos niños y niñas tienen hambre, solo importa cómo puede beneficiarle o perjudicarle su acción sobre ellos. No importa, en general, su existencia, sólo importa cómo esa existencia puede afectar la suya. Tal vez la figura de Lucy Gray sea la única que consigue hacer tambalear este modo de ser de Coriolanus. Otro día hablamos de ello. 

¿Es Coriolanus Snow, en Balada de pájaros cantores y serpientes, una mala persona? Desde luego no es una buena persona, aunque no es todavía el Presidente Snow de Los Juegos del Hambre. Después de tener que asesinar al tributo que lo enfrenta en la Arena, siente algo parecido a remordimientos. Cuando delata a Sejanus, ya en el distrito 12, no puede dormir de preocupación pensando en que tal vez haya provocado consecuencias serias en su compañero, que sigue siendo un incordio para él, pero a quien valora de otra manera. Cuando ve por primera vez a Marcus torturado y exhibido en la Arena no es placer lo que experimenta. «Ver a cualquier criatura expuesta de ese modo habría sido horrible, pero ¿a un chico?», reflexiona, quedando muy lejos de ese «mátalos» que dice sin contemplaciones en Los Juegos del Hambre. Podría decirse que está en su descenso hacia convertirse en una mala persona, que está empezando a abrazar con fuerza ese «el fin justifica los medios», que es un egocéntrico sin empatía ni comprensión del mundo y que es incapaz de ver más allá de sí mismo.

Los Juegos del Hambre para Coriolanus Snow: la justificación del horror

Coriolanus Snow

Hay que empezar por dejar claro que los tributos, para Coriolanus Snow, no son semejantes a las personas del Capitolio. Snow siente «conmiseración y asco» mientras piensa en cómo los están trasladando de los distritos, mientras piensa en su suciedad, su pobreza y su desgracia. No tiene a los tributos humanizados, solo existen «en pantalla» y para él «pertenecen a otro mundo, sin duda». Al recordar donde se han quedado otros años hasta el comienzo de los Juegos «le sonaba alguna mención de pasada» con respecto a los establos. Que veinticuatro niños y niñas se queden durante días en unos establos no le escandaliza, ni siquiera le extraña, porque los siente más cercanos a los animales que a las personas como él. Ni siquiera a partir de lo que empieza a sentir por Lucy Gray se replantea estas creencias. «Humana, pero salvaje. Lista, quizás, pero no evolucionada. Parte de una masa informe de criaturas desafortunadas y bárbaras que flotaban en la periferia de su consciencia. Sin duda, de haber una excepción a la regla, esa era Lucy Gray». Ni siquiera por un instante llega a pensar: ¿y si en realidad todos son como Lucy Gray?

Antes, mucho antes, sí la humaniza a ella. Deja de pensar en su tributo como un tributo, como «su caballo en una carrera, su perro en una pelea», y empieza a pensar en ella como una persona, «cuanto más la trataba como si fuera especial, más humana se volvía», pero sólo es lo que explica más adelante: la excepción a la regla. Los habitantes de los distritos no son como ellos, los habitantes del Capitolio. Cuando debe eliminar de la lista de mentores y tributos los nombres de los caídos, «le parecía una crueldad eliminar su nombre de la lista así como así», dice pensando en la mentora. El del tributo lo tacha sin contemplaciones, porque no es la violencia vivida o el disgusto lo que le frena, es una cuestión de lealtad de clase. Cuando Ma, la madre de Sejanus, le explica la tradición que conservan en el Distrito 2 cuando fallece un ser querido, lo que piensa Coriolanus es «vergüenza ajena, no pudo evitarlo. ¿Qué más prueba del atraso de los distritos que aquella? Gente primitiva con costumbres primitivas». No solo se trata de que no es capaz de sentir un poco de comprensión o empatía por alguien ajeno a él, se trata también de que se siente absolutamente por encima de ellos.

Aunque parece sentir vergüenza cuando habla con Lucy Gray sobre su participación en los Juegos, aunque en un determinado momento sí piensa en ese evento como algo deshonroso, termina por justificar su existencia. «Son un recordatorio de que somos unos monstruos y necesitamos que el Capitolio nos salve del caos», explica, con una clara influencia de la doctora Gaul en sus palabras. «Sólo intentamos que la situación no se vuelva incontrolable. De lo contrario, imperaría el caos y todos andarían por ahí matándose unos a otros, igual que en la Arena», le dice a Lucy Gray. Es una pena ver cómo la respuesta de ella es: creo en ti.

Porque antes ya se dice a sí mismo que «apoyaba casi todo lo que hacía el Capitolio y apenas le importaba el resto», que puede ser el resumen perfecto de lo que es Coriolanus Snow. «A mí también me afecta verlos encerrados en esa jaula», le dice en una ocasión a Tigris, pero a la hora de la verdad no importa, porque si es necesario para mantener la posición que siente correcta en el mundo entonces está más que dispuesto a aceptarlo. Perdieron la guerra y es el precio que les toca pagar, le dice en otra ocasión a Sejanus. El sufrimiento de los distritos es algo completamente ajeno a él.

Coriolanus Snow y las heridas de la infancia

Asociaba su muerte (la de su padre) a un miedo y una vulnerabilidad que jamás había conseguido sacudirse por completo de encima. 

Hacia el final de Balada de pájaros cantores y serpientes es evidente que lo que sucede con Coriolanus Snow es que se sintió débil, vulnerable, desvalido e indefenso durante su infancia, con sus padres muertos y sin herramientas a su alcance para poder vivir dignamente, y durante su adolescencia y juventud lucha con todo lo que tiene para no volver a sentirse así. Para ello elimina la compasión o la empatía y se centra en sí mismo. Ya en el tercer capítulo leemos esa frase que precede estas líneas, y son las que acompañan al personaje hasta el final. Por un lado, no volver a sentirse así es literalmente su razón de ser. Por otro lado, culpa de esa muerte, y por tanto de esas emociones, a los distritos.

Coriolanus Snow está condenado desde el principio. «Él habría preferido tener los ojos de su madre, pero nunca se lo dijo. Quizá fuera mejor parecerse a su padre. Su madre no era lo bastante fuerte para este mundo», reflexiona en el capítulo 6. Todo lo que siente o piensa sigue esta base. «Lo que él deseaba no guardaba ninguna relación con la nobleza y sí con ostentar el mando», y en eso se convierte. En una persona que quiere controlarlo todo, literalmente todo, para sentirse seguro. «Había disfrutado con la insólita sensación de seguridad que acompañó a su derrota. Una seguridad que solo podía ser fruto el poder. De la capacidad para controlar las cosas. Sí, eso era lo que más le había gustado», reflexiona al recordar la guerra.

Eso es lo que persigue y eso es en lo que se convierte en Balada de pájaros cantores y serpientes, en la venda que cree que sanará las heridas de su infancia. Más adelante se convertirá en algo todavía peor. Así es Coriolanus Snow, el protagonista imposible y uno de los personajes más complejos de Los Juegos del Hambre.

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