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‘Blonde’ y ‘Spencer’, cuando la persona pasa a ser mito

Tanto la película sobre Diana Spencer como la que versa sobre Norma Jeane son un claro reflejo del paso de seres reales al legendario del personal.
Portada Blonde y Spencer

Por mucho que pasen los años, que el progreso se imponga, hay quienes siguen trascendiendo la mortalidad a través de la mitificación. Frente a la historiografía, a los loables trabajos que buscan dar una versión lo más cercana posible a lo objetivo, surge la leyenda. Un proceso que se ha dado desde los albores de la Humanidad. Blonde y Spencer, más allá de las críticas o debates que puedan levantar, son un ejemplo perfecto de cómo figuras recientes pasan al mito, a la ficción. Solo que esta vez son guionistas y directores quienes crean el relato en lugar de poetas clásicos o sacerdotes.

La no realidad histórica como eje narrativo

Que se use la imagen de personas reales para sacar rédito no es en absoluto una novedad. Más bien se trata de un continuo en la historia de la propaganda. Tampoco es raro que lo haga el cine, ya sea en Hollywood o para una sesión de tarde en Antena 3 o La 1. Pero habitualmente se relata una «verdad» sobre quien se quiere sacar provecho. Blonde y Spencer, sin embargo, no son biopics. Ahí es donde resaltan ambos films. No son tergiversaciones de la realidad porque son ficciones.

Este hecho une a dos producciones que crean mitos muy distintos, por lo que han recibido opiniones también opuestas. Mientras que la cinta sobre Lady Di recibió alabanzas generalizadas, la historia sobre Marilyn Monroe ha levantado ampollas. Las discusiones son enconadas y han llevado a obviar la crítica de la calidad de la película para discutir si esta cuadra o no con la moral de cada quien. Cuestiones sobre moralina y sobre qué se debe mostrar o no en un film que suenan peligrosamente a censura, en su formato de cancelación.

Una de las cuestiones que hace tan falaz parte del argumentario usado en el debate sobre Blonde es que, cabe repetirlo, se trata de una obra de ficción, basada a su vez en otra obra de ficción que toma de referencia la visión personal de una señora sobre Norma Jeane. Lo histórico y lo filosófico se mezclan y confunden. Es como buscar en la Odisea un relato fiable en vez de una reflexión sobre la camaradería, el destino, el viaje como aventura o el nostos (el concepto de retorno al hogar). Otro asunto muy distinto es que se comparta ese cavilar.

Las mujeres-icono de Blonde y Spencer

En el imperio bizantino hubo un verdadero conflicto religioso en torno a los iconos. Una palabra muy de moda hoy en día, pero que viene al caso por su acepción más clásica. El tema es que se discutió amargamente sobre si las representaciones de sus grandes mitos cristianos debían destruirse o no. Entre las razones que esgrimía la iconoclasia para prohibir plasmar a santos y demás se encontraba la imposibilidad de plasmar la naturaleza divina de Cristo. Si lo creado no respetaba un canon establecido y una perfección que igualara a lo imitado, no había lugar a su existencia. Frente a esta posición estaba la iconodulia, tan cercana siempre a la idolatría.

El debate sigue vivo de muchas maneras. Las idas y vueltas sobre Blonde son un claro ejemplo de traslación directa, con los iconoclastas defendiendo que aquello que no cuadre con su moral o buen gusto debe desaparecer. Más indirecta es la forma en que Larraín y Dominik tratan a sus dos protagonistas, cada uno desde una de las doctrinas mencionadas. Porque si Diana era un ícono, una figura de admiración plena, Marilyn Monroe es un ídolo, un modelo de cómo adorar a un ser roto por la industria y las circunstancias. Ambas desgraciadas, ambas fuera de lugar tanto en la realidad biográfica como en la ficción de las películas referidas, componen un yin y un yang.

La iconoclasia de Blonde

Excesivamente largo, pretencioso hasta el hartazgo y lento en más compases de lo necesario, Blonde también es un ejercicio de destrucción basado en la estética. Esto último lo declara literalmente Dominik a Christina Newland en Sight and Sound. «No me interesa la realidad, me interesan las imágenes. Así que he seleccionado cada imagen de Marilyn que pude encontrar y traté de encajar escenas en torno a esas imágenes», señala. En griego «icono» significa literalmente «imagen». Por su parte, «ídolo» significa también imagen pero en un sentido más indirecto. De ahí la idolatría, el adorar objetos como si fueran lo que representan. Una diferencia sutil y que hace fácil entender el lío religioso bizantino.

Marilyn Monroe responde a la definición de ídolo a la perfección. Norma Jeane es la persona tras esa imagen diferida y el personaje de Ana de Armas, tan excelsamente interpretado como todo el mundo señala, es un fantasma derivado de la muchacha. Dominik hace un trabajo de iconoclastia total. Es el poder del film, el cómo se crea una historia en base a elementos biográficos sueltos y fotografías de referencia.

El derribo del ídolo se hace sin piedad y de forma explicita. Hay violencia, hay sexo y conversaciones con fetos. Los paralelismos con Lynch y Mulholland Drive son obvios. La disección de cómo Hollywood y la industria del cine crea y consume a sus ídolos está en ambos trabajos. También el terror psicológico y las metáforas surrealistas. De eso va lo de hablar con el crío nonato, de que Norma Jeane exprese sus miedos, no de anti-abortismo.

Con el mal gusto de la escena de JFK y la tele o la suavidad de la caída en la playa en la fase de Arthur Miller, pasando por el puro terror de la media hora final, el presentado como icono se deshace. Por eso es un ídolo, porque a Marilyn la crean entre Norma y productores. Porque es impostura plena.

La iconodulia de Spencer

Kristen Stewart como Diana en Spencer
Fase fantasiosa del film sobre Diana. | Web oficial de Spencer

La Diana Spencer de Kristen Stewart y Larraín se resume bien en palabras de la actriz: «solo pude hacer mi versión de esto». Lady Di fue más un icono que un ídolo en su vida porque le tocó se una mártir más obvia que Norma Jeane. Le dio tiempo a contar su versión antes de morir y se alzó como una figura siempre situada en el lado de los «buenos». Por ello era difícil que la alternativa del director chileno para por romperla, sino por alzarla.

Si Blonde es una pesadilla, Spencer es una fábula, como se ha descrito oficialmente al film. Una triste, con más toques biográficos a veces directos y en la que no falta la miseria. El detalle de pesar a los visitantes al entrar y al salir de Sandrinham House ocurría realmente y combina a la perfección con la trama de la bulimia de Diana. Casi más sucinto es el asunto del collar de perlas que le regala Charles, como hiciera antes a su amante Camilla. Pero, será porque fue una royal, no se aplica la bola de demolición sino la suavidad, que no siempre sutileza. La metáfora con Ana Bolena es excesivamente obvia y alcanza el culmen con la alucinación que evita el suicidio de la Princesa de Gales en la casa de su infancia.

En el desenlace Diana toma la decisión de cortar con la vida que estaba acabando con su ser. Aunque todo el mundo sepa que acabaría hecha trizas en París, es un final feliz, liberador y tierno. No en vano, a Diana se la quiso, no solo se la deseó.

Actrices de Óscar y apoyos entre el populacho

Kristen Stewart como Diana en Spencer
Hay que reconocer que Stewart clavó a Diana Spencer. | Web oficial de Spencer

Bien es sabido que los papeles en biopics son un camino cuesta abajo a premios como los Oscar. Sin embargo, si el intérprete se mete a actuar y supera la mera imitación las posibilidades parecen descender en picado. Kristen Stewart estuvo cerca de la estatuilla pero no la logró y Ana de Armas es, desde ya, una candidata segura. Las dos comparten elementos comunes, como los personajes que encarnan: fueron estrellas juveniles. Cada una a su manera, la primera con Crepúsculo y la segunda en El Internado, ambas han tenido que superar prejuicios hasta llegar a Blonde y Spencer. Pero, por suerte para ellas, no son quienes interpretan.

Siguiendo con los símiles, cabe resaltar uno que acentúa el carácter de ficción consolidada de las Diana y Norma a las que dan vida de Armas y Stewart. Se trata de una senda marcada hace ya siglos por Don Quijote de la Mancha y no es otra que la de tener un Sancho Panza, o varios. Porque en cualquier ficción siempre es necesario un secundario de inferior jerarquía que sirva de confesor al protagonista.

En el caso de Spencer son dos las figuras. Por un lado su asistente, Maggie, a quien interpreta Sally Hawkins. El giro homosexual del asunto no termina de cuadrar, pero se puede pasar por alto al igual que la gran pretenciosidad que inunda Blonde. Por otro lado queda el cocinero, Darren McGrady, personaje real al que puso cara Sean Harris. El chef aprobó a la Lady Di de Stewart. En el largo tiene varias conversaciones con la princesa, donde esta deja notar su hartazgo y ganas de huir del ambiente oclusivo de la familia real británica.

A Norma Jeane quien le calma es el Allan Snyder de Tobby Huss, su maquillador personal. Tanto en el film como en la vida real fue una de las vías de escape de la intérprete. Una persona con la que dejar de ser Marilyn unos instantes precisamente en el entorno que acabó con ella: el cinematográfico. Como curiosidad, maquilló el cadáver de la actriz tal y como ella le pidió, además de portar su ataúd en el entierro.

Sea como fuere, tanto Lady Di como Marilyn Monroe murieron con Diana Spencer y Norma Jeane. De sus tumbas surgieron unas terceras figuras que bebieron de la imagen cultivada o impuesta que ambas mujeres tuvieron en vida. Trascendieron y hoy ya no son personas, sino mitos. Protagonistas del ecléctico legendario popular que compartimos como ciudadanos de occidente. Fetiches para fans, ejemplos para admiradoras. Ídolos e iconos a entronar o destruir, entes que no importan por sí mismos, sino por lo que representan, por lo que cada espectador cree que representan. No es poco.

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