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La fútil épica del Oeste en los campos de Pelennor

Ganar tiempo nunca fue tan glorioso.
Frame de la batalla de los campos de Pelennor en El retorno del rey

Llega el amanecer tras días de horror en Minas Tirith. Resuena un cuerno y aparecen miles de jinetes casi mientras el senescal intenta inmolarse junto a su hijo todavía vivo. En los campos de Pelennor, los hombres del Oeste plantean lo que creen que será su última resistencia. No serán como otros, que deciden traicionarse para sobrevivir. Triunfen o no, conocen que la victoria en la guerra del anillo no depende de ellos. El choque, un momento clave de El retorno del rey, está cargado de épica, gloria y, sobre todo, futilidad. De ahí su poder.

Resistiendo al Atila de Mordor

Tanto Tolkien como los Inklings de Oxford eran gente muy cultivada. Esta es una de las grandes razones que han llevado a que su legendarium haya tenido tal éxito. Esto no solo inventa, sino que sintetiza una gran cantidad de leyendas o hechos históricos en un único punto literario. Gracias a ello, incluso quienes no son ratas de biblioteca son capaces de reconocer los temas con los que juega la obra del británico.

El asedio de Gondor y la batalla de los campos de Pelennor, como señalado una gran multitud de estudiosos como Elizabeth Solopova, recuerda a pasajes en los que fuerzas orientales atacaban a un occidente que apenas resistía. El gran ejemplo de esto fue Atila el Huno, al que pararon una coalición de romanos y godos en los campos Cataláunicos, en la versión de Jordanes. Hay similitudes muy claras, como el final de Théoden y el monarca visigodo.

Esta liza recordaba en buena medida a las batallas por la supervivencia de Roma en épocas pretéritas. Los galos llegaron a asaltar la capital como hicieran las huestes de Mordor. Por su parte, Aníbal o Pirro usaron elefantes y aterrorizaron a los romanos. En lo referente al film El retorno del rey, Jackson ha declarado que usó como inspiración el cuadro La batalla de Alejandro en Issos. Las referencias históricas en Pelennor, así, no solo retrotraen a la Primera Guerra Mundial, sino a tiempos muy anteriores.

El alba de Rohan contra el día sin amanecer

La luz y Tolkien han dado mucho de sí. Como se cuenta con meridiano acierto en Los anillos de poder y mucho mejor en el complicado de leer Silmarillion, cómo se ilumina Arda es algo clave. decisivo en las divisiones de edades. Oscuridad y luminosidad son así referentes directos del eje Mal/Bien. Los orcos marchan solo si no les da el equivalente al sol. Por ello, Sauron crea el día sin amanecer antes del asedio. Una eterna penumbra que no solo permite que sus siervos estén animados, sino que el enemigo se achante.

Peter Jackson, que necesitaba hacer un blockbuster, no incide tanto en este factor psicológico. Eso sí, lo usa con brillantez en lo visual. La oscuridad es un elemento que atrapa, que señala ese carácter decisivo para Gondor durante el asedio de su capital.

El instante del día en que se inicia la batalla de los campos de Pelennor no es casual. Durante el amanecer tras el asalto de la ciudad, tras el derrumbe de la puerta con la superarma Grom, es cuando los jinetes hacen sonar su cuerno. Entonces la luz se impone al día oscuro. Como en las antiguas sagas noreuropeas, la voluntad de los hombres del oeste se impone a la maldad del este. Tal frame es el epítome de este momento angular de El retorno del rey fílmico. Discursos, cargas y épica no son sinónimo de victoria, sino de mera resistencia.

Trasladando los horrores del combate a los campos de Pelennor

Pero si los campos de Pelennor, tanto en novelas como en películas, supo hacer algo fue transmitir el horror que esta supone. Su sinsentido. Ya se deja caer en el antibelicismo creciente de Frodo similar al de Sin novedad en el frente, en las dudas de Sam al ver que los hombres del este son eso, hombres. Sin embargo, es en el momento de mayor épica cuando más patetismo hay. Cuando más se muestra que el conflicto es una cuestión obligada que destruye almas. Es decir, es un acercamiento realista. C.S. Lewis, colega eterno de Tolkien, lo resaltó en el ensayo El destronamiento del poder que publicó la revista Time and Tide en 1955:

«Elegir grandes momentos, como el canto del gallo en el asedio de Gondor, sería una tarea sin fin; mencionaré dos excelentes y totalmente diferentes. Uno, sorprendentemente, es el realismo. Esta guerra tiene es de la misma tipología de la guerra que conoció mi generación. Está todo aquí: el movimiento interminable e ininteligible, el silencio siniestro del frente cuando “todo está listo”, los civiles que huyen, las amistades vívidas y animadas, un contexto de algo parecido a la desesperación frente a un alegre primer plano y esos espolios inesperadas caídos del cielo como un alijo de tabaco “rescatado” de una ruina. El autor nos ha dicho en otra parte que su gusto por los cuentos de hadas maduró con el servicio activo. Esto, sin duda, es por lo que podemos decir de sus escenas de guerra (citando a Gimli el Enano) que: «aquí hay buen roca. Este país tiene huesos duros»» (II, 137).»

C.S. Lewis, Time and Tide (1955)

Led Zeppelin supo captar esto en su Battle of Evermore. También Peter Jackson se centró en esta desesperación en el asedio y no renunció del todo a ella en los campos de Pelennor. Tras la visión mítica de Théoden lanzando soflamas y la carga repleta de música, gritos, se alcanza el choque. Ahí, de repente, los acordes desaparecen. Solo sonidos de metales, de choque, de muerte sin adorno.

En todo el conflicto se deja ver la versión más fiel de los Nazgûl y su líder, el Rey Brujo. A lomos de las bestias aladas, representan un terror que Tolkien vivió en el Somme. Los chillidos de los espectros recuerdan a los silbidos de la artillería. También a la incipiente aviación o a los bombardeos de gas. El aliento negro de los mejores siervos de Sauron unifica todos estos elementos de la nueva forma de matarse que se inventó en la Europa del siglo XX.

Por esto la batalla de los campos de Pelennor es un momento tan importante en El retorno del rey. Su poder visual es extenuante. El film sabe mostrar al público que tras la gloriosa carga solo hay un momento de altivez. Tras él, como Teodorico, Théoden cae. Éomer se deja llevar por la furia. C.S. Lewis señaló en el artículo anterior que la guerra de Tolkien no es una muestra del terror atómico ni del miedo que daban la U.R.S.S. o los nazis. Tampoco solo de la Primera Guerra Mundial. Sauron lleva a cabo una lucha que no acaba, eterna, tras la que siempre hay una contienda más. En las afueras de Minas Tirith esto ocurre incluso dentro de una sola acción militar.

La mujer y el hobbit que rompieron la profecía del Rey Brujo

El Rey Brujo es el mejor general de Sauron. Su poder no es tanto físico como mental. Él y sus otros ocho compañeros representan literalmente el miedo, como señala Tolkien en su carta 210. De ahí su poder, no de maestrías marciales que quedan muy bien en pantalla pero no sirven de nada en conflictos abiertos. Su fin es el otro gran momento de la batalla tras la llegada de los jinetes.

Los rohirrim saben que van a morir, poro les da igual. Jackson hace del «muerte» de Théoden una profecía no solo para el enemigo, sino para la hueste de la Marca. Entre ellos se sitúan dos elementos muy poco masculinos. Merry y Éowyn se cuelan como un elemento mítico entre el realismo varonil de la Primera Guerra Mundial.

La pareja de guerreros no basa su éxito solo en un alarde de técnica de combate. Si el Rey Brujo es el miedo, ellos son el valor. Aragorn no triunfó contra los Nazgûl en la cima de los Vientos por su espada, sino por la inmunidad al terror que producen. Tal es el heroísmo de Merry y Éowyn, lo que atrapa de la secuencia de los campos de Pelennor.

El retorno del rey de Peter Jackson da una escena bélica rápida y efectiva. Sin adornos, el rey cae como en los campos Cataláunicos. Luego, la doncella guerrera asume la tóxica presencia de su enemigo sin dudar para enfrentarse a él, para demostrar que puede hacerlo. Merry y su hoja de las quebradas de los túmulos dan la oportunidad para que ella aseste el golpe final. Sin boato, desvela su género para cumplir la profecía shakespeariana que clamaba que ningún hombre acabaría con el espectro. Un compendio de narrativas poderosas que película y novelas traducen a la perfección a su audiencia.

Un final algo tramposo para un presente y futuro desesperado

De haber un punto flaco en la representación cinematográfica de los campos de Pelennor este es su final. Resulta innegable lo épica que resulta la llegada de Aragorn con Gimly, Légolas y la hueste de muertos. Sin embargo, en el contexto de drama bélico total visto antes, queda como un recurso algo facilón. El alivio cómico de enano y elfo tampoco ayudan a arreglar el pequeño descosido. Hay un punto literario en que los propios fallecidos, los traidores del pasado, rediman a los vivos del presente. Con todo, la conclusión de la batalla no logra alcanzar el impacto del libro.

Los momentos que siguen mejoran, como casi todo en El retorno del rey, con la versión extendida. Hay más tiempo para mostrar a los caídos. Incluso se saca un minuto para ir a las casas de curación donde se intenta tratar el estrés postraumático mezclado con las enfermedades del frente que es el aliento negro. Allí se conocen Éowyn y Faramir, los dos nobles guerreros a los que nadie tiene en cuenta, para convertirse en esposos de la guerra. Tolkien vivió lo mismo en la Primera Guerra Mundial, donde se unió inmediatamente a su mujer. En tiempos extremos, las relaciones se catalizan.

En esta batalla, El señor de los anillos afirma más que en ninguna otra la eternidad de la guerra. Con toda su gloria y matanza, solo sirve para retrasar un minuto los planes de Sauron. Tolkien, a través también de Jackson, muestran una victoria casi inútil. Son Frodo y Sam ganarán o perderán. Los grandes ejércitos solo son una distracción. En esencia, lo contrario a lo que la narrativa bélica suele contar.

Por todo lo anterior, los campos de Pelennor es un momento angular en El retorno del rey, mayor que el posterior desafío de Morannon. Un escenario en el que un hobbit vuelve a ser vital para la victoria, junto a una mujer. Que ha lugar porque otro mediano husmeó un palantir y encendió una almenara. Cuya utilidad es permitir que Sam ayude a Frodo como en Cirith Ungol y que este lleve su carga al monte del Destino. Porque la épica fútil es algo que El señor de los anillos ha trabajado como pocas ficciones y que aquí alcanza un poder visual que todavía no se ha logrado igualar.

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