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‘Cerrar los ojos’, la virtud de la madurez de Víctor Erice

Belleza en estado puro, pero desde la senectud.
Segmento del póster de Cerrar los ojos

Acudimos sin duda a un fenómeno como fue el Barbieheimer sin ser muy conscientes de que había otra efeméride más notoria en el calendario cinematográfico de 2023. Tres décadas después uno de nuestros directores más importantes lanza un nuevo largo. Víctor Erice volvía de un sopor duradero para mostrarnos su sensibilidad, su tecnicismo, su pulcritud. Una carrera mínima en la producción que con Cerrar los ojos ajustaba cuentas. De forma más madura que crepuscular, el director termina con esta película films inacabados, ideas en remojo, actitudes en barbecho.

Una película que es un estado de ánimo

El cine ha sido siempre el desencadenante del trauma de Víctor Erice. En El espíritu de la colmena la pequeña Ana se obsesionaba con la muerte por culpa de la gran pantalla. En El sur era Estrella quien dudaba de su padre por culpa de que este fuera, precisamente, a una sala a contemplar a su antiguo amor. Esta muestra tan falaz de la realidad es la que desata en las pocas historias del vasco el drama.

Cerrar los ojos es crepuscular en el sentido de que el director cuadra su biografía con el film. Se puede palpar su vejez, el paso del tiempo. Han pasado años desde que acabara el franquismo, elemento que queda claro en la ficción. Con esto se aborda un tema que siempre estuvo presente en Erice.

Ahora no es una niña o una adolescente la que guía la narración. El protagonista es un director que vive de cualquier cosa menos el cine. Garay, interpretado magistralmente por Manolo Solo, es un hombre perdido. Un ser que ha huido de su propia realidad después de un trauma. Ese ser muy capaz que decide no hacer más cine porque no le apetece. En conclusión, es Víctor. Pero, como el cineasta que dirige, no es capaz de rendirse y encuentra una salida de su sopor. Una basada en la amistad, en el olvido, en el concepto de muerte.

La muerte polisémica de Erice

En El espíritu de la colmena la muerte es un elemento que obsesiona a Ana. En El sur, Estrella se ve azotada por este elemento de cara a una continuación que nunca llegó. Cerrar los ojos trata la muerte desde el olvido. Desde un Erice que transforma en fotogramas la sensación de desaparecer. Qué más da que un cuerpo siga respirando si no es capaz de guardar ese «yo y mis circunstancias» del que hablaba Ortega y Gasset.

Aquí es donde Cerrar los ojos encuentra la circularidad con las otras obras de Erice. Con la calma clásica de un profesional que se considera clásico. De un hombre que es capaz de tener la paciencia para estar 30 años sin sacar una película. Con esa edad avanzada derivada es con la que el vasco cuenta una historia de amistad.

Clásicos de ayer y de hoy

No es raro encontrar a Howard Hawks en Cerrar los ojos. La película guarda un tono formal que llega a sacar de quicio. Erice mantiene una pulcritud absoluta, que lleva a diálogos tan cuidados que resultan irreales. Esa ligera telaraña que separa la realidad de una actuación queda difuminada en la película del vasco.

Casi teatral, el primer acto deja sesudos y profundos, al menos en intención, diálogos. Los planos/contraplanos, los fundidos dejan claro que podríamos estar ante un film de los años 60. Pero no. Erice insiste en su contexto, en esa jodienda que es el siglo XX español. En ese mirar a producciones extranjeras, en la excelencia formal derivada de años de estudio.

Así, el director es capaz de ahondar en el concepto de memoria. En la sensible diatriba de qué nos hace personas. Se sumerge en tonos amarillos para unir de nuevo al personaje de Manolo Solo y al de un José Coronado que no hace de sí mismo. Inunda a su alter ego, a Garay, de ese tono cálido que en algún momento estuvo destinado para la continuación de El sur. Que quiso ir al embrujo de Shanghái que nunca llegó. Que sigue dejando a Ana Torrent bucear en esa niña que se preguntó qué suponía la muerte.

Una belleza de otra época

Cerrar los ojos puede aburrir. No hay nada que sentir si causa esa sensación. Erice es técnico hasta la exageración en un film que alcanza cotas excelsas sin llegar a obra maestra. Sus técnicas, ya se ha dicho, remiten a un cine muerto. Tanto como el personaje de Coronado. Por suerte, el resultado no es un quilombo inentendible.

La contemplación que plantea Víctor Erice se comprende. En el festival de San Sebastián insistió en que Cerrar los ojos no era un testamento, una elegía final. Por supuesto que no lo es. Se trata de un film maduro, pero no mortecino. De una demostración, como Los Fabelman de Spielberg, de que puede narrar lo que quiera, como quiera.

Al final de este film, el vacío es intenso. La amargura de Erice por las oportunidades perdidas se palpa, pero no es irremediable. La hija de ese actor perdido que presenta la película se queda ver el final. El hombre sin memoria permanece. El mejor amigo, el apoyo incondicional, juega su última carta. Todos ellos tienen esperanza. Son viejos, sí, pero no están acabados. En sus dos caras, la que han dado y la que hubieran gustado de tener, está su esencia. También la de un artista que crea solo cuando lo considera necesario. Han sido 30 años, sí, pero han merecido la pena.

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