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Crítica de ‘La casa’, tercera entrega de ‘Blackwater’

La continuación de 'La riada' y 'El dique' aborda las cambiantes dinámicas de los Caskey conforme la nueva generación crece y madura
Portada de 'La casa', tercera parte de la saga 'Blackwater'

Continuando con la estrategia de publicación quincenal de toda la serie, de una forma similar a la que originalmente deseaba su autor, el 6 de marzo de 2024 se publicó en España La casa. Es decir, la tercera parte de la saga Blackwater. En ella, se sigue ahondando de manera eficaz en las turbias relaciones y luchas de poder en la familia Caskey, salpicadas con la puntual violencia extrema y el terror psicológico a los que acostumbra la serie.

Nueva generación, viejas costumbres

Si bien las anteriores entregas se centraban principalmente en la tensa lucha de poder entre Mary-Love y Elinor, su nuera, en La casa el foco se traslada ligeramente hacia otras dos mujeres de la nueva generación. Miriam y Frances, las dos hermanas que se criaron en hogares distintos debido al pacto por el que Elinor y su marido cedían la custodia de su primogénita a la matriarca, protagonizan gran parte del argumento de la novela.

A causa de esta separación, las niñas se vuelven herederas de las dinámicas existentes entre sus figuras maternales. Miriam, que se ha criado con Mary-Love, destilará odio hacia su hermana pequeña, debido al desprecio sin paliativos con el que su abuela le ha amamantado en todo lo que tenga que ver con Elinor. Frances, sin embargo, se mantendrá principalmente ingenua a estas cuestiones. Es una clara consecuencia de la bien planeada indiferencia con la que Elinor responde a los desplantes de su suegra.

Entre la brutalidad y la elegancia

Una de las principales virtudes con las que ha sabido jugar desde el principio la saga Blackwater es la capacidad para entretejer de manera atractiva escenas de desagradable y sucia violencia con sosegadas escenas costumbristas. Sin embargo, la segunda entrega de la serie mostró cierto abuso de este patrón. No hubo ningún tipo de modificación que refrescara la lectura y supusiera un incentivo con respecto a su antecesora. En este sentido, La casa ha sabido aportar nuevas fórmulas. Combinadas con las que ya funcionaban anteriormente, se ofrece una experiencia de lectura novedosa y enriquecedora.

Las escenas de violencia macabra frecuentes en la primera y segunda parte todavía están presentes, aunque solo que de manera anecdótica. En su lugar, se ha dado paso a la preponderancia del terror psicológico. Este se se hilvana de forma elegante y eficaz con el habitual costumbrismo y la sobrenaturalidad moderada que permanece todavía como telón de fondo.

Portada de 'La casa', tercera parte de la saga 'Blackwater'
Portada de la novela.

El terror, una tarea compartida

El acierto principal de La casa es renovar la naturaleza del terror que produce. En sus antecesoras, el efecto del miedo era responsabilidad casi en su totalidad del personaje de Elinor. La incomodidad, la tensión y lo sobrenatural orbitaba alrededor de este personaje, lo que hacía que las relaciones de esta con su entorno provocaran un efecto de perturbación insalvable.

No obstante, pese a que el efecto que produce la mujer permanece, no es la única encargada de alterar los nervios del lector. Gracias a la perspectiva que ganamos con la introducción de Frances como personaje principal, aparece un nuevo factor de gran importancia como agente productor de terror. Al contrario de lo que se podría pensar, no es la propia Frances la que ejerce ese papel terrorífico de forma equivalente a cómo lo hace su madre. En su lugar, es precisamente aquello que provoca pavor en la niña lo que consigue asimismo el estremecimiento del lector.

En este sentido, McDowell hace alarde de una maestría narrativa para conseguir este efecto renovado. Si una de las vías principales por las que Elinor conseguía aterrorizar era la incapacidad del narrador a la hora de ahondar en las profundidades de su mente, en el caso de Frances hace todo lo contrario. La voz narrativa se sumerge hasta las profundidades de la psique de una pobre niña que se ve obligada a enfrentarse a su miedo irracional, una habitación de su propia casa. Poco a poco, la narración recurre a varias páginas para desarrollar detenidamente las emociones de Frances, convenciéndonos de que, efectivamente, nos encontramos con algo terrorífico.

La casa como elemento generador de terror es un tema recurrente en la literatura, con claros ejemplos del siglo XX que probablemente influyeron en gran medida a McDowell para emplear este recurso tan efectivo. En 1946, Julio Cortázar publicaba uno de sus cuentos más famosos, Casa tomada, en la que poco a poco una fuerza sobrenatural iba tomando posesión del hogar. Más cerca de la publicación de Blackwater, en 1977, salía a la luz El resplandor, de Stephen King, con quien McDowell mantenía una estrecha amistad. En este libro, que luego pasaría a la gran pantalla de la mano de Kubrick, el hotel Overlook demuestra tener conciencia propia y ejerce un extraño poder sobre sus huéspedes, actuando como antagonista principal.

En conclusión, La casa ha sabido renovarse

La tercera entrega de Blackwater corría el riesgo de seguir cometiendo el error del que pecaba su predecesora. El dique seguía pulsando el mismo botón que La riada, acusando una cierta fatiga en su técnica. Ante eso, solo quedaba albergar la esperanza de que la segunda parte hubiera sido sencillamente la encargada de allanar el terreno para una continuación más efectiva que supiera renovarse. Por suerte, así ha sido. La casa ha sabido aportar nuevas estrategias en su forma y contenido que, al mezclarse con las que ya existían previamente, consiguen un efecto atractivo y original en el terror que produce.

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