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Crítica de ‘El dique’, la segunda parte de la saga Blackwater

La continuación de 'La riada' mantiene el espíritu de la primera novela, quizás demasiado
Saga Blackwater de Michael McDowell

El pasado siete de febrero se publicó por primera vez en España La riada, la primera de las seis novelas que componen la saga Blackwater, del autor norteamericano Michael McDowell. En ella se dibujaban los primeros trazos de una historia que mezcla un terror subyacente y salvaje con intrigas familiares de época teñidas con los tonos del gótico sureño. El dique, la segunda entrega de la serie, sigue en muchos aspectos la estela marcada por La riada.

Esta novela, que se estrenó en España tan solo quince días después de su antecesora, parece ser un puente narrativo que conecta la primera entrega con la tercera. En líneas generales, cuenta con una trama más descafeinada que La riada, pero no por ello menos necesaria, en tanto que fija los cimientos de una historia potente que se extenderá durante cuatro entregas más.

El «Nunca máis» sureño

El dique recoge la trama donde la dejó el final de La riada. El joven matrimonio formado por Oscar Caskey y la misteriosa Elinor entrega su primogénita a la matriarca de los Caskey, Mary-Love, a cambio de que esta permita que la pareja salga de la casa familiar para poder mudarse al fin a su propio hogar. El encariñamiento de Mary-Love con Miriam, su nieta, e incluso el embarazo habían formado parte desde el principio de una estratagema de Elinor para lograr separar a Oscar de su madre.

A partir de aquí, El dique cuenta la historia de los Caskey y la ciudad de Perdido durante los años inmediatamente posteriores al parto de la primogénita de Elinor. Si la primera entrega giraba en torno a la riada con la que daba inicio la trama y a la redefinición de poderes que supuso la llegada de Elinor al seno de la familia Caskey, en este segundo libro la trama se centra en la construcción de un dique para impedir una segunda inundación.

Mapa de Perdido con el dique
Mapa de Perdido tras la construcción del dique. | Imagen de la edición original de la novela

Como no puede ser de otra forma, las obras del dique repercuten sustancialmente en las dinámicas tanto del pueblo de Perdido como de la propia familia Caskey. Elinor, en la que se mantiene esa atmósfera de peligro y misterio que tan bien funcionaba en la primera entrega, está en contra de la construcción del dique, lo que hace que su suegra aplauda la iniciativa. A lo largo de la novela se asiste a una nueva batalla social entre estas dos mujeres, mientras que el pueblo ve modificado día a día su aspecto y, en consecuencia, su esencia.

Peligrosamente repetitiva

Al contrario de lo que sucedía en La riada, la segunda entrega de Blackwater se centra primordialmente en las tensiones y dinámicas familiares de los Caskey. Aunque sigue presente, se deja en un segundo plano la tensión tan cuidadosamente trabajada al principio de la historia para, en su lugar, priorizar la lucha por el poder dentro de la familia.

Así pues, el terror que tan efectivamente se cimentaba en la primera entrega se desinfla en El dique. Uno de los principales motivos de que esto suceda es que la definición del personaje de Elinor tal y como el autor desea que la percibamos ya está completa. El terror que subyacía en la obra nacía de la bruma que rodeaba a Elinor, gracias a técnicas narrativas que lograban su objetivo, como por ejemplo la incapacidad del narrador de sumergirse en la mente de este personaje. Este misterio permanece, pero, sin embargo, la incomodidad que provocaba en un principio se va mitigando poco a poco.

portada de El dique
Portada de la edición española.

Como es habitual que suceda, la repetición de fórmulas narrativas que funcionaban en un primer término, acaban por fatigar al lector en el caso de que se presenten de una forma reiterada y demasiado similar. Lo sobrenatural sigue apareciendo sugerido a lo largo de la narración, así como también se da esa estructura de episodios de sosiego costumbrista contrapuestos a momentos de violencia extrema, pero de una manera casi idéntica a lo anteriormente visto. Lo que en La riada funcionaba, en El dique empieza a acusar un rendimiento peor, debido a la ausencia de unos ligeros cambios que pudieran aportar cierta frescura a lo ya visto.

Aún y todo, que El dique suponga una bajada de la calidad en comparación con su predecesor, no significa que nos encontremos con una mala novela. Las estrategias narrativas, aunque menos eficazmente, siguen funcionando. Las escenas violencia mezcladas con magia sucia y primitiva continúan siendo estremecedoras. Del mismo modo, las tensas relaciones entre los Caskey, acicateadas por nuevas incorporaciones, son todavía sugerentes y adictivas. La preponderancia en la trama de estas dinámicas, junto a la incorporación de varios personajes relevantes, parece apuntar a que esta novela ha sido diseñada para actuar como puente narrativo entre dos entregas de mayor peso argumental.

En conclusión, El dique sigue la estela de La riada para bien y para mal

El dique, por tanto, comete el pecado de querer parecerse demasiado a su antecesor sin reparar en la necesidad de aportar cierta frescura a nivel estructural. La novela sigue confiando en las mismas estrategias narrativas que tuvieron éxito en La riada, con lo que corre el riesgo de provocar agotamiento. Con miedo a abandonar lo que le funcionó anteriormente, pulsa una y otra vez el mismo botón esperando tener un efecto idéntico en el lector.

Sin embargo, esto no hace de El dique una mala novela. Con sus fallos y falta de originalidad, continúa construyendo una trama todavía adictiva. De tal modo, termina por ser un bonito redoble entre actos que sugiere el golpe de efecto que está por venir en la siguiente entrega.

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