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Crítica de ‘Indiana Jones y el dial del destino’, esta vez sí

La anunciada despedida del personaje de Ford nos trae a cambio a un gran recambio encarnado por Phoebe Waller-Bridge.
Phoebe Waller-Bridge y Harrison Ford en 'Indiana Jones y el dial del destino'

Tras El reino de la calavera de cristal, que no fue tan mala como ha pasado a la historia, Indiana Jones podía parecer condenado. La necesidad de seguir fue cuestionada, pero Spielberg, Lucas, Kennedy y compañía decidieron innovar un poquito. Le dieron los mandos a James Mangold. El neoyorquino ha sabido retener los puntos fuertes de la saga y hacer que vire lo suficiente como para actualizarla. Sabiendo de antemano que esta sería la última película con Ford como Indy, El dial del destino es la despedida que tanto él como el fandom necesitaban.

Indiana Jones ha asumido que está mayor

Mangold tenía claro que el mayor error de la cuarta entrega de la franquicia era que en ella no se había asumido el paso del tiempo. Esto no solo ocurría con el protagonista, que solo parecía ser un setentón en los chistes que realizaba, sino con el concepto general. Spielberg y Lucas lograban entretener y dejar escenas muy divertidas. Sin embargo, se quedaron atrapados en el pasado. En fórmulas, en clichés…

El guion, escrito entre el director y los hermanos Jez y John-Henry Butterworth, asume que Indiana Jones ha mutado. Ahora es un anciano borracho, traumatizado por la muerte de su hijo y la separación con Marion. Se va a jubilar y sus alumnas ya no le ponen ojitos, sino que se aburren en su clase.

Vive en 1969 y el mundo pasa de sus reliquias. La Humanidad acaba de llegar a la luna mientras en la radio suena el Space oddity de Bowie. Las últimas fronteras están ahora en la órbita. Poner en pantalla a un Indy que pertenece a un museo tanto como los objetos que buscaba es un movimiento ágil. Permite hacer evolucionar al personaje y que el público que vio las películas en la infancia empatice, a la fuerza con él.

Un terremoto llamado Phoebe Waller-Bridge

La británica sabe entremezclar drama y comedia, como demostró con Fleabag, una de las sadcom más famosas que se han creado. Su irrupción de su Helena Shaw en El dial del destino permite tener al equivalente de Indy de la trilogía original. Ella es la joven, la que protagoniza líos amorosos, la que juega con la labia y se cree invencible. Jones es su padrino, debido a la amistad que le unía al padre de la muchacha, Basil (Toby Jones). El dúo de intérpretes comparte la capacidad de desprender carisma y magnetismo a raudales.

No tiene la visión romántica de Indiana, sino que es pragmática a más no poder. Con ello, entre otros elementos, se logra que no sea un clon y tenga personalidad propia. Por ejemplo, se dedica al mercado negro de piezas arqueológicas. Esto permite un necesario conflicto menor con el coprotagonista. Este aparente egoísmo le viene de la locura que sufrió su padre y el posterior abandono al que se vio sometida.

Dicho factor la juntó a otro equivalente, en este caso de Tapón en El templo maldito. Teddy (Ethann Isidore) es un niño que va cogiendo más peso en las tramas según estas se suceden. Aguanta el tipo a los coprotagonistas, sin caer en la ternura babosa.

Un guion a todo gas con un villano de altura

Si Indiana Jones y el dial del destino peca de algo es de tener un guion algo atropellado. Las dos horas y media pasan voladas, en ese sentido el ritmo es perfecto. Sin embargo, algunos personajes quedan desdibujados en esa vorágine de entornos que trae Mangold. Los casos del Renaldo de Antonio Banderas o el viejo conocido Sallah de John Rhys-Davies son los más notables.

Sin embargo, se compensa con un villano que vuelve a ser nazi y tener un lado fáustico, aunque más atenuado que en ocasiones anteriores. Mads Mikkelsen es el físico Jürgen Voller, que no deja de ser Wernher von Braun. Estados Unidos se lo llevó a su país al acabar la guerra y, en el universo de la franquicia, es el responsable de que los cohetes de las misiones Apolo hayan funcionado.

Junto a sus esbirros, como el sádico Klaber (Boyd Holbrook) o el gigantón Hauke (Olivier Richters) quiere usar el MacGuffin de la película para viajar al pasado. Siendo nazi, su objetivo es que el tercer Reich sobreviviera a la Segunda Guerra Mundial.

A Voller se le conoce en una extensa escena inicial situada en 1944. Con el CGI rejuveneciendo a Ford, se despliegan varias secuencias de acción típicas de la saga. Con todo, se ve a un Indy que se mueve ya algo lento, lo que facilita la transición a una nueva persecución en 1969. Ya en ella, ubicada en Nueva York durante el desfile triunfal de Michael Collins, Neil Armstrong y Buzz Aldrin, se contempla que Indy aguanta pero a duras penas.

A partir de ahí el guion navega sin pausa entre Marruecos, Grecia o Italia. Hay puzles, bichos y las clásicas situaciones casi de dibujo animado de la saga. También momentos impresionantes como la secuencia submarina.

Un acto final que se la juega

No es sino hasta el final del film que Mangold opta por sorprender de verdad. El desenlace es, quizá, la mayor magufada que ha visto la saga, pero una magnífica. Ni la apertura del arca, ni el santo grial, ni los seres interdimensionales la superan. Se trata de un salto de fe que permite por primera vez tanto a protagonistas como villanos experimentar el poder del MacGuffin de turno sin morir cruelmente. Se crea así un cierre épico, visualmente enorme y que permite que se culmine el relevo de autoridad entre Indy y Helena.

Indiana Jones y el dial del destino logra así ser lo que se puede esperar de un film de la saga. Cierra el ciclo de Ford permitiendo a su personaje evolucionar pero no cambiar sin sentido. Sobrevive a la nostalgia. Además, presenta a una Helena que perfectamente podría protagonizar nuevas entregas. Carisma y tablas para ello no le faltan a Waller-Bridge. De momento, baste con disfrutar de un tipo de cine que ante todo busca entretener. Se puede asegurar, sin atisbo de duda, que lo consigue.

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