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Crítica de ‘La Fortuna’, la penúltima entrega de la saga ‘Blackwater’

La saga 'Blackwater' de Michael McDowell se acerca a su final.
Saga Blackwater de Michael McDowell

Ya han pasado dos meses desde que la saga matriarcal Blackwater aterrizara en España con la publicación de su primera novela, La riada. Desde entonces, hemos sido testigos de las idas y venidas de los Caskey, una familia acomodada de Alabama cuya vida cambia por completo tras la primera guerra mundial cuando se encuentran con una misteriosa joven, Elinor. La historia ha tomado un ritmo vertiginoso casi desde su inicio, sobre todo gracias a la estrategia de publicación. El modelo de folletín que se ha seguido en España, de acuerdo a los deseos del autor en su salida original, ha facilitado que el lector empatice con los vaivenes de la familia protagonista hasta el punto de que se sienta un Caskey más.

Pese a esto, una vez alcanzada ya la quinta entrega de la saga, ciertos factores comienzan a empañar la calidad general de Blackwater. La Fortuna se resiente de la pérdida de algunos elementos que funcionaban impecablemente en las partes anteriores y, en cierta manera, les daba personalidad. A cambio, ocurren nuevos giros y se proponen algunas novedades argumentales que, sin embargo, no parecen suficientes para maquillar sus evidentes deficiencias.

Dólares a borbotones

Siguiendo la fórmula de sus antecesoras, el título de La Fortuna da una idea clara de su argumento general. Al acabar la segunda guerra mundial, muy provechosa para los Caskey, la familia comienza una. nueva etapa incluso más lucrativa que la anterior.

Gracias a las indicaciones de Elinor, aparentemente infundadas, Oscar y los suyos descubren que bajo buena parte de sus dominios existen numerosas reservas petrolíferas. Todo esto trae como consecuencia serios cambios tanto en Perdido como en sus alrededores, con un drástico aumento de la población y la calidad de vida en general.

Asimismo, otra novedad importante ocurre dentro del seno de los Caskey. Frances, la hija pequeña de Elinor, da a luz a dos criaturas. Una de ellas es una niña normal que no muestra visos de las facultades sobrenaturales que su madre y su abuela ocultan al resto de la familia. La otra, llamada Nerita, sin embargo, no muestra ningún tipo de rasgo humano y, en cambio, permanece en su forma de criatura del pantano.

Terror descafeinado

La llegada a la madurez de las dos hijas de Elinor hizo que el foco de la narración se trasladara. Si en La Riada y El Dique veíamos cómo la atención se centraba principalmente en Elinor o, como mucho, en su suegra, a partir de La Casa Miriam y sobre todo Francés comenzaron a acaparar el interés narrativo.

Este cambio trajo consigo la pérdida de uno de los elementos que mejor había funcionado hasta el momento a la hora de infundir terror en el lector. Si bien la historia se centraba al comienzo en Elinor, el narrador era incapaz de entrar en la cabeza del personaje. No obstante, era perfectamente posible entrar en la psique del resto de los Caskey, lo cual provocaba que la misteriosa mujer resultara perturbadora para el lector.

Portada de'La Fortuna'
El diseño de las portadas ha sido un acierto continuo durante toda la saga. | Portada de La Fortuna

Sin embargo, la incomodidad e incertidumbre que producía Elinor se fue diluyendo con el tiempo. Con la entrada de Frances, los misterios sobrenaturales que envolvían a su madre han perdido su capacidad para inquietar. El lector se acaba por acostumbrar a la doble naturaleza de los dos personajes conforme los diálogos entre madre e hija se hacen más frecuentes. De forma similar, también anula el efecto terrorífico la capacidad que tiene el narrador de, esta vez sí, sumergirse en los pensamientos de Frances. Conocer las vicisitudes de los cambios por los que pasa la joven, ayudan, al fin y al cabo, a comprender más la misteriosa naturaleza de su madre. De tal manera, la intranquilidad que Elinor provocaba en un principio acaba por mitigarse.

Además, el otro elemento de terror que introdujo a modo de renovación La Casa también ha sido suprimido. En esta tercera entrega, McDowell apostaba por poner al lector en la piel de Frances, una niña por aquel entonces, para sentir el mismo temor que ella experimentaba por un armario de su hogar. La estrategia era muy efectiva, y lograba producir una sensación general de incomodidad y sobrecogimiento. Tras haber abrazado su naturaleza mágica, Frances parece haber superado este miedo, por lo que la casa deja de ser terrorífica también para el lector.

De elemento central a secundario

Pese a todo, en esta quinta entrega lo espeluznante no está del todo ausente. Todavía se dan ciertas ocasiones en las que el texto logra provocar una inquietud cercana a la de entregas pasadas, aunque siempre de una forma menos elegante.

La hija de Frances, Nerita, ha sido la encargada de mantener viva la llama de lo sórdido en esta ocasión. Al contrario que su madre y su abuela, esta criatura no es capaz de concebir la realidad como lo haría un humano, en tanto que es de una naturaleza completamente diferente. De tal manera, una vez que sabemos que está libre en las aguas del río Perdido, produce una intranquilidad semejante a la que producenlos depredadores de otras obras como Jaws o Alien. Nerita no inquieta porque no seamos capaces de adivinar sus pensamientos, como ocurría con Elinor, ni porque empaticemos con sus propios miedos, como en el caso de Frances, sino porque, sencillamente, es una bestia a la caza.

Aún así, La Fortuna deja de recurrir al terror como elemento central. En cambio, confía en otros factores en la estructura y el argumento para consolidar una historia efectiva.

Lo que más brilla

Uno de los recursos que mejor funcionan es la tensión que se produce en el núcleo de la familia Caskey en cuanto Billy Bronze, el marido de Frances, comienza a preocuparse por el extraño comportamiento de su esposa. El antiguo militar parece haber sido el primero en reparar seriamente en la actitud bizarra de estas mujeres. Con ello, el secreto de Elinor y su hija corre el peligro de verse revelado, lo que mantiene al lector en vilo a la espera de que se desencadene lo inevitable.

El desarrollo de algunas historias paralelas al argumento central también ha sido un recurso empleado de manera magistral. En este aspecto destaca Sister, la hermana de Oscar. Si bien hasta el momento era un personaje que había pasado sin pena ni gloria por los libros anteriores, en esta ocasión ha sido diferente. El devenir de la cuñada de Elinor ha estado marcado por unos acontecimientos que han reflejado una deriva del personaje hasta el naufragio psicológico. En consecuencia, este desgaste mental ha hecho de Sister uno de los personajes más atractivos de toda la obra.

Una novela con más sombras que luces

A pesar de todas sus virtudes, La Fortuna es incapaz de llegar al nivel de las primeras entregas. Con ello, debido también a que la cuarta entrega tampoco tuvo un resultado del todo satisfactorio, la saga comienza a acusar una disminución en su calidad global. Esto es debido, sobre todo, a que el terror, el elemento que mejor funcionaba al comienzo de Blackwater, ha sido relevado de su puesto protagonista por otros factores que, aunque interesantes, no son tan efectivos. Pese a ello, todavía queda la esperanza de que con Lluvia, la sexta y última entrega, se enmienden de forma adecuada los errores cometidos para ponerle a esta saga el broche final que merece.

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Javier Retuerta Merino
17/01/2023
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