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Crítica de ‘Lluvia’, el episodio final de la saga ‘Blackwater’

La saga 'Blackwater' concluye con su sexta entrega 'Lluvia', en la que asistimos al marchitamiento del clan Caskey
Portada de 'Lluvia'.

La saga Blackwater, del fallecido autor norteamericano Michael McDowell, irrumpió por primera vez en el panorama literario español el pasado mes de febrero con la publicación de La riada, su primera entrega. A partir de entonces se siguió una estrategia de publicación quincenal con el resto de novelas de la saga, tal y como fue la voluntad original de su autor cuando la obra se estrenó en los Estados Unidos en 1983. Meses después, ha aparecido en las librerías españolas Lluvia, la sexta y última entrega de la saga, donde la historia de los Caskey concluye en una vorágine en la que una vez más se ha sabido mezclar violencia y sosiego con un lenguaje sencillo y cautivador.

Los tiempos cambian

Desde el comienzo de esta última novela se comienza a notar que la luz de los Caskey, que hasta el momento refulgía con fuerza, se comienza a apagar. Estados Unidos está a punto de entrar en una década decisiva en su historia, los años 60, y la familia más rica de Perdido entra en un estado de decadencia como si, de alguna manera, ellos mismos simbolizaran una serie de valores que en aquella época comenzaban a estar obsoletos.

Sin embargo, esta caída no ocurre a nivel económico, donde la familia se mantiene en un crecimiento que parece que nunca va a acabar, sino en el moral, o, más aún, en el espiritual. La generación que hasta hace poco representó la edad de oro de los Caskey, con Oscar a la cabeza, comienza a envejecer a un ritmo insalvable y, mientras tanto, la descendencia es prácticamente inexistente. Ya no hay niños correteando entre las piernas de los adultos de la familia, como ocurría antaño. Como consecuencia, en las casas de Elinor y compañía se comienza a instaurar una atmósfera de desazón, obsolescencia e, incluso, decrepitud.

Los hijos de Mary Love son los que más acusan esta situación, cada vez más crítica. Sister se descompone entre los almohadones de su cama, una suerte de prisión acolchada en la que se ha decidido encerrar alegando una lesión, de la que se curó tiempo atrás, para que su marido no vuelva a por ella. Oscar, por su parte, sufre unos problemas de visión cada vez más pronunciados que acaban por desembocar en la ceguera más absoluta.

El derrumbe del engranaje familiar parece inminente. Uno a uno, los miembros centrales del clan comienzan a morir en circunstancias cuanto menos sorprendentes, si no sobrenaturales. Todo apunta a que es el final de la estirpe que Elinor logró hacer florecer. En ese contexto, una terrible tormenta como no se había visto en cerca de cincuenta años comienza a arreciar, haciendo peligrar la seguridad del pueblo pese a su dique.

Una obra fiel a la saga

En general, Lluvia no innova en ningún aspecto formal con respecto a las entregas anteriores. En su lugar, recurre a los mismos aciertos que ya destacamos en La riada y en La casa. Como ocurriera en la entrega inicial y, a partir de entonces, en el resto de la saga, en la conclusión de Blackwater encontramos una interesante y efectiva combinación de quietud costumbrista con elementos sobrenaturales de enorme violencia. De la tercera entrega, además, recupera el concepto del hogar y lo que habita en él como factor terrorífico principal encargado de las principales escenas de violencia.

Sin embargo, el mayor acierto de Lluvia es la decisión consciente de mantener el misterio, principal factor inquietante de la serie, hasta el final. Con la conclusión de una saga como esta, en la que, más que en lo dicho, era en lo sugerido donde encontraba su fuerza, podía existir la tentación de desvelar todo lo que se había mantenido parcialmente oculto en beneficio de la trama. No obstante, McDowell supo mantenerse fiel a lo que ha hecho grande a la saga.

Ciertamente, se dejan entrever ciertos asuntos, como el motivo de la primera aparición de Elinor en las vidas de los Caskey. Aunque ya se intuía en las entregas anteriores, en Lluvia queda patente que la historia de la protagonista es una relectura del cuento de Hans Christian Andersen La sirenita, aderezada con elementos del cómic La cosa del pantano. Aún así, esta información se desvela de forma elegante, sin descorrer el velo del misterio que ha resultado tan atractivo a lo largo de la saga.

Portada de 'La cosa del Pantano' de Alan Moore.
La cosa del pantano se popularizó durante los años inmediatamente anteriores a la publicación de la saga ‘Blackwater’. | Portada de La cosa del pantano de Allan Moore

Final redondo

Otro de los aciertos de Lluvia es su final. En este caso, McDowell supo ver el final que pedía la obra que había creado. Si La riada daba comienzo con Oscar y Bray navegando entre las calles de Perdido inundadas a causa de una riada, Lluvia concluye con una tormenta y una inundación equivalentes. De esta manera, la saga se cierra con un broche de oro, enmarcando la historia de los Caskey con dos eventos equivalentes que subrayan el auge y caída del clan.

Blackwater, una saga matriarcal que no ha defraudado

En líneas generales, la saga Blackwater es una obra que, en su conjunto, ha sabido mantener un nivel alto. Lo ha conseguido gracias a la combinación de un cuidado estilo pulp, elementos costumbristas del gótico sureño y un terror tan agresivo en su contenido como elegante en su forma.

A esto se le suma un lenguaje sencillo y accesible que ha ayudado a proporcionar al relato un ritmo ligero y dinámico. Gracias a esto, cada una de las novelas son lecturas extremadamente rápidas que se pueden absorber en apenas dos tardes. La estrategia de publicación quincenal, además, ha favorecido un consumo compulsivo de las entregas de la saga, lo que ha resultado, en última instancia, en un efecto fan como sucedía antaño con los episodios semanales de las series de televisión.

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