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Crítica de ‘One Piece’ de Netflix, un caballo ganador para las adaptaciones niponas

La nueva producción de Netflix ha roto la maldición de los live-action en occidente.
Luffy Zoro y Nami en el primer capítulo de la serie de One Piece para Netflix

Cuando el año 2020 se anunció la producción de un live-action que llevaría de nuevo a la pantalla la serie manga One Piece para la plataforma Netflix, los fans de la obra de Eiichiro Oda comenzaron a temblar. No es para menos. El traslado de otras famosas obras de manga japonés a una versión real de corte occidental habían tenido en el pasado resultados deplorables. Como un veterano norteamericano en cuya cabeza todavía resuenan los disparos del Viet Cong, los fans de Dragón Ball todavía lloran al recordar la película Dragonball Evolution

Un éxito sin precedentes

Sin embargo, para sorpresa de todos, la serie para Netflix de One Piece recibió un aplauso generalizado, tanto por aquellos fans del manga que dejaron atrás sus reticencias y se atrevieron a verla, como los neófitos de la serie. La serie, en líneas generales, alcanza unos estándares de calidad altos; sin embargo, no se dejan de encontrar algunos fallos que provocan que no esté tan pulida como pudiera estar.

Hay varias razones que pueden ayudar a entender el éxito sin precedentes que ha tenido en occidente esta acción real. Una de las principales y más evidente es el músculo económico: para producir esta serie Netflix ha invertido en torno a 17 millones de dólares por episodio. Superó así a superproducciones como Juego de Tronos, que en su punto álgido llegó a costar alrededor de 10 millones de dólares por episodio, o al live-action de Cowboy Bebop, también traído por Netflix en 2021. Este, pese a contar con un presupuesto de unos 7 millones de dólares por episodio, no logró hacerse sitio entre el catálogo de la plataforma. Por ello, fue cancelada al poco tiempo. Con inflación y demás, está en una liga similar a la espléndida Rome de HBO.

Un mundo vivo y reconocible

El enorme presupuesto con el que ha contado la serie explica, a su vez, el atractivo visual que ofrece. La producción consigue recrear de forma fidedigna la ambientación del manga y anime original, con un nivel de detalle generalmente alto. Una de las razones del éxito de la obra original de Eiichiro Oda es el riquísimo imaginario que se logra crear a lo largo de los más de mil capítulos con los que cuenta la serie, por lo que la recreación fiel del mundo es una de las claves fundamentales para emular el éxito del manga. Un claro ejemplo de lo dicho es la representación de los navíos piratas, con un cuidado aspecto cartoon que es habitual en el manga y la serie traslada con éxito a la realidad.

Siguiendo en relación con la ambientación, una de las cualidades que caracterizan One Piece es la representación occidental. Más concretamente, en la obra de Eiichiro Oda nos encontramos con una ficción basada en un imaginario concreto occidental visto desde la perspectiva oriental. La piratería, el armamento con el que cuenta la gente corriente y el desarrollo industrial y naval nos trasladan automáticamente a una ficción basada en el Caribe colonial. Este encuadre es fácil de reconocer para el espectador occidental, que está acostumbrado a productos de estas características, comunes en su tradición, que hace que, en última instancia, la obra se le aparezca como reconocible, menos extraña que obras de ambientación más orientalista.

El pícaro, el don Juan, la gitana, el samurai y el rey mono

Algo similar sucede con los personajes protagonistas. En el plantel principal es fácil identificar una serie de arquetipos de raíz occidental. En Usopp (Jacob Gibson), ese divertido huérfano mentiroso que recurre a los trucos para sobrevivir a un contexto adverso, es fácil reconocer al pícaro de la tradición española. Lo mismo sucede con Sanji (Taz Skylar), seductor enamorado de la misma seducción, en quien podemos ver al Don Juan español y al Cassanova italiano. No es menos Nami (Emily Rudd), quien frecuentemente utiliza la lascivia de sus enemigos para alcanzar sus fines, al modo de la protagonista de Carmen, protagonista de la novela corta homónima del autor francés Prosper Mérimée que más tarde sería trasladada a la famosa ópera por Bizet.

En los tres casos, los actores encargados de interpretarlos hacen un muy buen trabajo construyendo unos personajes convincentes con los que es fácil empatizar, sin histrionismos, con unas actuaciones adecuadas al tipo de carácter que pide cada papel.

Por otro lado, los otros dos personajes componentes de la cuadrilla original, beben de la tradición oriental. En Zoro (Mackenyu Maeda), el espadachín de la banda, se percibe la figura de Mushashi Miyamoto, famoso samurai del siglo XVI en torno al cual se han construido multitud de ficciones, como la serie manga Vagabond o la novela Mushahi, de Eiji Yoshikawa. Por su parte, el capitán del grupo Monkey D. Luffy (Iñaki Godoy) es una clara referencia, como ya lo fue con anterioridad Son Goku a Sun Wukong, el Rey Mono, personaje procedente de la tradición china y protagonista del clásico épico Viaje al Oeste.

En el caso de Mackenyu Maeda, el japonés se mueve con desenvoltura en su papel de samurái taciturno, al que casi parece estar acostumbrado. Esto logra el cariño del espectador como ya lo consiguiera el personaje del manga original. Todo gracias a una estudiada seriedad detrás de la cual deja intuir unos valores férreos.

Un Luffy que puede mejorar más

Sin embargo, no es así en el caso del trabajo de Godoy. El intérprete mejicano es un buen actor que probablemente lograría resultados mejores con otros papeles. Además de un físico que le acompaña para facilitar la representación de Luffy, se le nota un sólido trabajo de estudio del personaje detrás de su actuación. Godoy consigue representar con éxito aspectos esenciales del sombrero de paja como son su sonrisa, sello de identidad del personaje, o su laxitud de movimiento. No obstante, aún y todo, el actor no logra traer a la pantalla un aspecto esencial del héroe.

Al contrario de lo que sucede con otros papeles, curiosamente, el del protagonista del manga de Eiichiro Oda, reclama dosis altísimas de histrionismo. Monkey D. Luffy, por su toma de decisiones, su forma de actuar, moverse, hablar y expresarse, es el personaje más eminentemente y arquetípicamente japonés de toda la serie. Sus intervenciones reclaman explosiones de una emoción que es incapaz de contenerse en su cuerpo, lo que se da de forma más continuada e intensa conforme los diferentes arcos argumentales alcanzan su cénit.

Luffy promete ayudar a Nami… pero no con muchas ganas

Godoy no logra representar de forma convincente este histrionismo, probablemente por ser un elemento a evitar en la tradición actoral occidental. Sí lo logra, por ejemplo, Mayumi Tanaka, seiyū (actriz de doblaje japonés) encargada de dar voz al pirata en el anime original. En la tradición actoral japonesa el histrionismo es un elemento fundamental de representación, lo que puede ayudar a comprender el éxito de la actriz japonesa frente a la actuación del mejicano, que en muchas ocasiones se queda corta. Aún así, pese a ser insuficiente en muchos casos, la actuación de Godoy es en general correcta, teniendo en cuenta la complejidad del papel. Todo apunta a que, dado el éxito de la serie, el actor tendrá tiempo para aclimatarse al personaje y fundirse con todas las aristas que le dan forma.

El personaje más aclamado… por razones equivocadas

Cabe destacar, además, un sexto personaje que se ha ganado el cariño generalizado del público. Se trata de Buggy el payaso (Jeff Ward), uno de los primeros antagonistas de la serie. Con una puesta en escena a caballo entre espeluznante y kafkiana, logró que el capítulo en el que es protagonista (1×02) sea el más aclamado de toda la temporada.

Sin embargo, es dudoso que esto se haya conseguido por la construcción sólida de un personaje original. Más bien, todo apunta a que Buggy ha logrado la admiración de los espectadores a expensas de replicar una más que conocida fórmula que ha demostrado tener éxito en las ficciones occidentales. No es otra que la del «payaso loco», que lo relaciona directamente con el Joker de Batman.

Buggy el payaso
En Fanservice siempre seremos fans del Joker de Heath Ledger | fotograma del episodio 1×02 de One Piece (Netflix)

Esta herencia incuestionable del Joker es, además, una estrategia diseñada para la serie de Netflix, que no se encuentra en el manga original. El personaje de Eiichiro Oda, lejos de ser heredero del payaso de DC, solo tiene en común con este su apariencia de payaso. Por lo demás, el original obedece a otro arquetipo que nada tiene que ver con el enemigo del hombre murciélago. Buggy es, por encima de todo, un farsante.

Este tipo de personaje es tradicional de la cultura nipona, pudiéndose encontrar otras figuras ficcionales que siguen esta fórmula, como es el caso de Míster Satan, de Dragon ball. El Buggy original no está loco, ni es un genocida, ni una representación del mismo demonio. Todo lo contrario, es una mente lúcida que ve la oportunidad de escalar a través de la mentira y lo aprovecha.

Pese a que el personaje de Buggy original cuenta de por sí con las facultades que podrían lograr alcanzar el cariño del público, en su traslado a la pequeña pantalla son sustituidas por otras más afines y reconocibles por el espectador occidental. Sin embargo, del mismo modo que sucede con la actuación de Godoy, el largo recorrido que se intuye en la serie de Netflix es una oportunidad para poder desarrollar al personaje de una forma más cercana a la complejidad que ofrece el personaje original, lo que acabaría por enriquecerlo aún más, a la vez que lo alejaría de ser una burda copia.

En definitiva

Netflix ha conseguido con One Piece lo que hasta ahora parecía una misión imposible: producir un live-action que obtuviera el éxito en occidente. En gran parte gracias al presupuesto del que se dispuso para cada capítulo, la recreación del mundo de Eiichiro Oda alcanza unos niveles de detalle y mimo altísimos, que hacen que sea una experiencia visual para el espectador.

El propio imaginario creado por el mangaka japonés es también una razón que se intuye dentro del éxito de la serie, como también lo es la gran mayoría de actuaciones del reparto principal. El trabajo de casting es acertado, y tiene como resultado unas interpretaciones convincentes.

Uno de los pocos «peros» que se puede identificar es la interpretación del héroe principal, Luffy, de la mano del mejicano Iñaki Godoy, lo que responde a la complejidad del personaje a representar, totalmente afincado en la tradición oriental. Aún y todo, el largo recorrido que se le augura a la serie supone una oportunidad para el joven actor para acostumbrarse al histrionismo que caracteriza al pirata protagonista.

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Nahia Pérez de San Román
04/11/2023
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