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Primera temporada de ‘1899’: un misterio tambaleante

La serie de Netflix, de los creadores de 'Dark', ha generado muchas expectativas.
Parte del cartel de la primera temporada de 1899

Jantje Friese y Baran bo Odar sorprendieron a propios y extraños con Dark. El éxito de la historia sobre viajes en el tiempo y sus paradojas fue una bendición para Netflix que no dudó en apoyar el nuevo proyecto de la pareja. Los ocho capítulos de la primera temporada de 1899 presentan ante todo un misterio. Este pulula entre segmentos de drama de época, de terror y de ciencia ficción. El aspecto técnico es impresionante, pero es el suspense lo que domina. Lo dejan claro la banda sonora original y las canciones que cierran cada capítulo. En ese aspecto prioritario, sin ser una decepción, la serie alemana tampoco es brillante.

Volume como punta de lanza

Esta temporada inicial de 1899 entra por los ojos de forma apabullante. Lo hace gracias a a una acertada dirección de Baran bo Odar, que tuvo un gran reto ante sí. Como cuenta en el making of, la tecnología Volume marcó todo el rodaje y buena parte de la producción. Se trata de un sistema novedoso ya usado por Disney en Obi Wan Kenobi y The Mandalorian. Esta originalidad en el método suponía tener que adaptar el trabajo a ella y el resultado es magnífico.

La gran pantalla LED curva del sistema Volume muestra imágenes dinámicas, generando un entorno que puede evolucionar mientras se realizan las tomas. Asimismo, se puede combinar con efectos prácticos, como la lluvia. Aparte, los sets complementarios que completan los navíos Prometheus y Kerberos y sus añadidos digitales resultan soberbios. En ese sentido, no hay pega posible a una producción que además tuvo que lidiar con las complicaciones del COVID-19.

El factor auditivo de 1899

Pero no solo de lo visual vive la serie de Netflix. La banda sonora de Ben Frost recuerda a la que compuso para Dark. El australiano sabe lo que se hace y empasta la música con el entorno con elegancia. Para ello llegó a meterse en buques y usar la acústica que generan sus angostos recovecos de cara a mejorar su obra. Gracias a su labor se realza la dirección de Baran bo Odar y el guion de Jantje Friese.

A diferencia de otras producciones, ver 1899 en versión original no admite discusión. No por puritanismo, sino porque cada miembro del reparto habla en la lengua materna de su personaje. Una tendencia que parece crecer, teniendo en cuenta que este naturalismo lingüístico también se ha visto en As bestas. Tan sencilla decisión dio pie a una relación curiosa entre los actores y actrices, así como a conceptos narrativos, si no novedosos, sí de interés. La relación entre Olek (Maciej Musiał) y Ling Yi (Isabella Wei), por ejemplo, crece enteros. También el nivel de interpretación global, al no saber el uno lo que significa lo que dice el otro, con reacciones genuinas por doquier.

Tampoco hay duda de que White rabbit, tema de Jefferson Airplane y con cover de Eliot Summer para los créditos iniciales, influyó a los creadores de 1899. Las reflexiones sobre la realidad empapan un argumento del que se hablará más adelante y se refuerzan con clásicos del rock cada final de episodio. El primero es la canción ya referida, pero también hay hueco para Bowie, Deep Purple o Jimmy Hendrix. Aunque en general el contraste funciona, a veces no termina de encajar. En todo caso, sirven para recoger las tramas de cara a cerrar los capítulos como la serie que es.

Un argumento en exceso enrevesado

Lo mejor que tiene Jantje Friese es la capacidad de generar misterio. Al tiempo, también es lo peor. Así se vio en Dark, donde su arranque fue mucho más satisfactorio que el desenlace. A la alemana el desarrollo argumental tiende a escapársele, como le ocurre a Álex de la Iglesia. De momento, la primera temporada de 1899 ha dado síntomas de esto. La historia, vistos todos los capítulos, no parece requerir el nivel de complejidad que le quiere aportar la guionista.

En una suerte de similitud con los pecados que marcan la obra Nolan, la epopeya de Maura (Emily Beecham) en torno al concepto de realidad se retuerce tanto que se vuelve difícil de seguir. Así, se crea un puzle de 1.000 piezas al que le habrían bastado 50. Pese a ello, cabe recalcar que no se intuye la soberbia del realizador británico-estadounidense. Este enrevesamiento excesivo es fruto de la forma de trabajar tan orgánica que tiene Jantje Friese. Un estilo que describe ella misma en el making of y que permite una gran capacidad de adaptación del guion. También, que este se vaya de madre.

Partes que superan al todo

Entre las preguntas que deja la primera temporada de 1899 una de las principales es por qué esa fecha y por qué un navío trasatlántico. El caso es que el segmento de época resulta atractivo, reforzado por el ambiente que crea la variedad idiomática. Como en Perdidos, puede llegar a superar el interés que genera la metatrama.

Porque ver al capitán Eyk (Andreas Pietschmann) enfrentarse a un motín liderado por su subalterno Franz (Isaak Dentler) y un grupo de paupérrimos daneses entretiene. Especialmente por la fanática frialdad de Iben (Maria Erwolte) y la confusión continua de su hija Tove (Clara Rosager). También los líos del matrimonio francés (Mathilde Ollivier y Jonas Bloquet), los tejemanejes de la británica Virginia (Rosalie Craig), las cuitas homosexuales de Ángel, Ramiro y Krester (Miguel Bernandreu, José Pimentão y Lucas Lynggaard Tønnesen), los conflictos de Ling Yi y su madre Yuk Je (Gabby Wong) o los alivios cómicos de los trabajadores de máquina.

La aparición de Daniel (Aneurin Barnard) y el niño (Fflyn Edwards) dan paso al misterio. Maura y Eyk se ven inmersos en segmentos de terror con un fondo de steam punk que desemboca en pura ciencia ficción. De esta forma, se llega a un desenlace que recuerda inequívocamente a Matrix, pero también a la versión americana de Life on Mars. Resulta previsible, ya que se deja ver de lejos con un exceso de reflexiones de los personajes sobre el concepto de la realidad y los continuos efectos glitch.

En definitiva, este arranque de 1899 da lo que promete pero no termina de explotar. Sus 60 millones de euros están perfectamente invertidos y luce que da gusto en lo audiovisual. Logra así aguantarle el cuerpo a cuerpo a La casa del dragón y Los anillos de poder. Pero no iguala a la primera en lo argumental, sin caer en el desastre de la segunda. En todo caso, son tres las temporadas proyectadas y es posible que puntos que ahora son flacos se refuercen con todo explicado. De momento, como temporada individual, no logra ser tan misteriosa como quiere.

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