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Crítica de ‘Samurái de ojos azules’, animación llena de épica en el periodo Edo

Venganza a saco desde el Japón aislacionista
Imagen promocional de 'Samurái de ojos azules'

El apartado de animación es el que más alegrías le da desde hace un tiempo a Netflix. Su predominancia entre el resto de grandes plataformas de streaming, tanto en la de origen japonés como en el resto, no hace sino reforzarse con una de las ficciones del año 2023 en el género. Samurái de ojos azules mezcla tópicos occidentales y nipones para generar un todo de lo más satisfactorio. Tanto en la acción como en el drama sabe moverse la serie de Michael Green y Amber Noizumi.

Lo mejor: como Yentl pero en el Japón Edo

Puede que el público potencial de Samurái de ojos azules no lo conozca, pero Yentl es una de las grandes referencias para la serie. Se trata de una película de 1983 protagonizada por Barbra Streisand. En ella, una joven judía polaca se hace pasar por hombre para poder estudiar el Talmud. Acaba metida en un triángulo amoroso que implica enamorarse de su mejor amigo de la escuela hebrea y casarse con su churri, Hadass, a petición de estos cuando él cae en desgracia. La chica de su colega acaba también enamorada del personaje de la cantante.

En la animación de Green y Noizumi el asunto se reparte más de lo que parece. La protagonista Mizu es, como Yentl o Mulán, una mujer que se hace pasar por hombre. En su caso, para poder llevar a cabo una venganza, no para estudiar. Akemi, princesa de un señor feudal recién nombrado, es el equivalente a Hadass. Sufre un recorrido psicológico similar al rol de Streisand. Noizumi lo recalcó en un artículo de prensa de la propia Netflix.

Con el chico se sigue una dinámica rivals to lovers de las de toda la vida. Taigen es un espadachín de gran talento, pero muy flipado, que ama a Akemi pero no puede casarse con ella cuando pierde el honor. Para recuperarlo perseguirá a Mizu, a la que le acabará despertando mariposillas en el estómago. No falta un ayudante para la prota que parece Po de Kung fu panda o un maestro tan viejo como sabio.

No es un anime, pero sí una animación magnífica

En la misma nota de prensa, la directora de la serie Jane Wu asegura que esta no es un anime aunque se le parezca. Que se lo pregunten a Kojima, que no dudó en ponerla entre los mejores del género en el año. Wu quería hacer algo original, que evitara que el trabajo se perdiera en una miríada de animaciones japonesas de temática parecida.

Blue Spirit es el estudio responsable de llevar a cabo la visión de Wu y el guion del matrimonio Noizumi/Green. Los franceses han sabido conjugar 2D y 3D para generar una estética japonesa basada en las marionetas bunraku. El periodo Edo está perfectamente representado. Los detalles abundan, las ciudades se muestran vivas y las armas sobresalen.

Un conjunto de personajes canónico

Mizu, Akemi y Taigen componen un trío protagonista carismático, adaptado a las narrativas actuales. Son intensos como la GenZ y los millennial. Tampoco saben qué hacer con su vida como estos. Caen en tópicos excesivos a veces, ya se hablará de ello más adelante, pero con todo salen airosos. Lo mismo ocurre con los personajes de apoyo, del maestro a la madre ausente que reaparece.

En cuanto a villanos, la componen una dupla formada por un ambicioso japonés y un irlandés que lleva años oculto. No en vano, la Edo es una época en que Japón se encerró en sí misma y prohibió la influencia extranjera. En ese caso recuerda a películas como El último samurái o juegos como Shogun 2: la caída de los samurái.

Lo peor: villanos demasiado villanos y un secreto que no lo parece

Fowler, el malo principal, forma parte de las cuatro víctimas, los únicos europeos de las islas, que ha anotado Mizu en su venganza. La muchacha de ojos azules les persigue para hacerles pagar haberla creado. El irlandés, sin embargo, cae en el saco de lo absoluto. Tiene el carisma de Negan en TWD, pero se le ve venir en todo momento. Es tan malo malísimo occidental que se hace previsible, perdiendo interés.

Mizu, por su lado, oculta que es mujer aunque esté clarísimo que lo es. El inicio de Samurái de ojos azules lo desvela como si fuera algo chocante, cuando a nadie se le ha escapado su sexo. Aquí, la ficción se marca un Clark Kent quitándose las gafas para ser Superman. La excesiva estereotipación de otros personajes también es clara. Sin embargo, son detalles relativamente menores que no restan excesiva calidad a la producción.

El detalle para fans: la venganza hiperviolenta de un demonio

Una de las principales cuestiones que plantea Samurái de ojos azules es el concepto de monstruo frente al del espadachín honorable. El de la venganza frente a la justicia. Mizu lucha tanto para acabar con sus enemigos como para mantener su humanidad. Esto último es difícil, pues en el Japón Edo ser occidental era ilegal. Un intercambio de roles en que el que percibe el racismo es el blanco. La prota intenta lidiar con ello, pero su visión oscura hasta la caricatura de la vida está justificada. De regalo se lleva una gran represión de su personalidad, que incluye el ámbito sexual.

De ahí se derivan escenas de acción que parecen sacadas de novelas de samuráis de mediados de siglo y de Kurosawa. Eso sí, con el tamiz occidental de Tarantino. El director tradujo estilo y temas nipones para que acabaran surgiendo ficciones como esta. Es inevitable comparar a las protagonistas de Samurái de ojos azules y Kill Bill. La acción de esta peli, así como la nueva ola creada por Warrior, Daredevil o John Wick se dejan notar. El trabajo de cámara digital es soberbio a la hora de girar en torno a las peleas.

En definitiva, una ficción a la japonesa que logra destacar

El nombre que se ha hecho Samurái de ojos azules en su primera temporada está justificado. Su arco se cierra, pero deja puertas para expandir la historia. Una venganza violenta que entremezcla clásicos con obras recientes, técnicas niponas y occidentales. Para quien guste de la animación adulta violenta y de tono dramático, la serie de Netflix es una opción estupenda.

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