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Crítica de ‘Shogun’ 1×07, la capacidad de dar un buen golpe

Qué gran serie se está quedando.
Fotograma de Shogun 1x07

Titulado A stick of time (Una varilla de tiempo) y dirigido por Takeshi Fukunaga, el séptimo episodio de la adaptación de FX ha demostrado que sabe enganchar un buen gacho final. Bien preparado, con un baile que lleva anticipando el movimiento ya tiempo y con una ejecución que pilla a desmano a la audiencia. Aunque el resto de Shogun 1×07 tiene sus altibajos, el desenlace hace pasar al capítulo de un bien alto al notable.

Aviso de spoiler de samuráis

Toranaga también es humano

Antes de entrar en detalles sobre el golpe de efecto de esta séptima entrega, cabe destacar el otro elemento en el que brilla. Hasta ahora, Toranaga (Hiroyuki Sanada) había sido un personaje que rozaba lo mítico. Sus taimadas maquinaciones, su rechazo al poder, su ceder ante el destino ponían ante la audiencia a una leyenda. Sin embargo, inteligente como es, simplemente dejó que la hierba de la fama creciera.

El encuentro con su hermanastro Saeki (Eita Okuno) rompe en buena medida la máscara de perfección política de Toranaga, creada desde el inicio. Hay que reconocer su labor al guion. En el arranque muestra una batalla campal. Las alarmas saltan, pero no tarda en desvelar que se trata de su primera victoria. Solo era un niño. Su rival le pide que sea su mano derecha en el suicidio ritual. Es decir, quien le siegue la cabeza una vez se rasgue el vientre. La cámara enseña un corte limpio. Esa es la historia que pasó al ideario colectivo. Muchos minutos después, se destapa que necesitó nueve tajos. Una masacre, acorde a la edad del asistente.

Saeki es capaz de adelantar su familiar en todo momento. Le humilla con anécdotas escatológicas primero para, poco después, desvelar que es el nuevo regente. Ha logrado atrapar al genio táctico, al gran estratega. El legado guía las acciones de este nuevo agente de Ishido. Quiere ser recordado, quiere grandeza, quiere ser más que una sombra de su hermanastro. Al hacerlo, saca de las casillas al mismo. Toranaga reflexiona, piensa, aparenta calma, pero está nervioso. La paciencia y el tiempo se le agotan, mostrando por fin su cara más humana. Porque, en realidad, no es más que un hombre.

La muerte no es bella

Shogun 1×07 tiene en la muerte su gran tema. La amenaza de la derrota, de un deceso seguro, acosa la mente de Toranaga, mas también la del resto. Blackthorne (Cosmo Jarvis) está a punto de perder, literalmente, la cabeza a manos de Buntaro (Shinnosuke Abe). Primero le salva Yabushige (Tadanobu Asano) y luego su maestro. Porque el marido de Mariko (Anna Sawai) no es tonto y se da cuenta de que hay algo entre ambos. Esto le lleva a pedir a su señor arrebatar la vida del Anjin. Yoshii, por suerte, no está para tonterías. Ni acepta esa ejecución ni la nueva plegaria de la traductora.

Mariko sigue obsesionada con la muerte. El encuentro con la prostituta Kiku (Yuka Kouri) en el sexto capítulo solo le hizo tener claro qué quería y no ayudó. Solo quiere morir con honor. Entre personajes que evolucionan, quizá la dama no tenga otro destino. Sin embargo, la serie parece que está guardándole una oportunidad mejor. Por su parte, Fuji (Moeka Hoshi) parece que también pide tierra. Su abuelo Hiromatsu (Tokuma Nishioka) le entrega tanto las cenizas de su cónyuge e hijo como razones para no tirar su vida.

Un final sorprendente

Sin embargo, hay quién sí conoce la muerte en el séptimo episodio de Shogun. Aunque Saeki tenía todo bajo control, el resquicio de luz llega al bando de Kanto en forma de Kiku y su maestra. Desde que se contrata a la prostituta para el invitado y la madame le pide una «varilla de tempo» a Toranaga resulta bastante obvio que atentarán contra la vida del hermanastro de este. Así acaba pasando, a cambio de darle a la mujer un futuro en forma de posesiones inmobiliarias para montar su propio barrio de casas de té.

Nagakado (Yuki Kura) es el encargado de asestar el golpe. Hay un punto en el que no queda claro si la iniciativa es suya y de Omi o del propio Toranaga, pero poco importa. Saeki, ocupado follándose a la pobre Kiku, no piensa en una posible traición. Cuando esta llega, no hay gloria. Se arrastra, desafiante pero patético. Parece que el hijo de su hermanastro va, por fin, a quitar una vida. Por desgracia, cuando va a asestar el golpe de gracia resbala y se revienta la cabeza. Esta vez no hay truco.

Si al padre se le presenta como un personaje casi legendario, forjado en una guerra que no quiere pisar más, al hijo se le narra como un joven ambicioso casi hasta el punto de la estupidez. La presión de emular a su progenitor le arrastra a ser impetuoso. Cree que matar es glorioso, pero no pierde tal virginidad. Se queda a punto. No hay épica en su deceso, como no la hay en la muerte. Shogun 1×07 logra cerrar sus relatos sobre el final de la existencia sin romanticismo alguno, dando la vuelta a una situación peligrosamente previsible para sorprender de la mejor manera.

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