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Destripando el síndrome de la lesbiana muerta

Una autopsia de las sáficas asesinadas en pantalla en los últimos años.
Tara TWD

El síndrome de la lesbiana muerta o dead lesbian syndrome es un cliché narrativo que ha hecho saltar las alarmas en las últimas décadas. Podría decirse que es la versión sáfica de la fórmula bury your gays, que condena a los personajes LGTB+ a desaparecer o morir de forma dramática sin aparente justificación de guion. El SLM suele utilizarse para hablar del ámbito audiovisual, pero también aparece en otros medios, como el literario. El final de Carmilla es un claro ejemplo de ello. 

La naturaleza de este “síndrome” puede parecer obvia a priori, aunque la realidad es algo más compleja. No se trata simplemente de lesbianas que mueren en la ficción. De ser así, habría un tópico para cada clase de persona o identidad. Este fenómeno responde a un tipo concreto de tratamiento que se les ha dado a las mujeres lesbianas o bisexuales en cine y series a lo largo de los años. La protesta no deriva del hecho de que los personajes sáficos no tengan un chaleco antibalas o no sean inmunes a la muerte. Reivindicar eso iría en contra de la normalización de las disidencias en todos los campos de la sociedad, incluyendo los imaginados. La cuestión es cómo y por qué se las asesina, qué mensaje transmite esa tendencia. 

El síndrome de la lesbiana muerta en la ficción actual

Hay un concepto que se ha popularizado en redes que podría describirse como «hombres escritos por mujeres». Algunos ejemplos de ello serían Mr. Darcy de Orgullo y prejuicio o el sacerdote de la sadcom Fleabag. Estos personajes muestran ciertos rasgos de sensibilidad y profundidad que denotan un proceso de construcción complejo y estudiado. En contraposición, cuando se habla del síndrome de la lesbiana muerta, generalmente consiste en figuras poco trabajadas, introducidas con calzador y fecha de caducidad. Se usan como tókenes narrativos desechables que, una vez cumplen con su labor, simplemente se descartan porque no tienen valor propio. Su función puede ser satisfacer la mirada masculina, cubrir un cupo de falsa diversidad o crear drama, entre otras cosas. 

Por muy moderno que pueda parecer este trope, no lo es en absoluto. El origen del SLM está conectado con el código Hays, una serie de reglas que pautaron qué podía o no mostrarse en el cine estadounidense durante gran parte del siglo veinte. Esta guía moral marcó época, generando un antes y después. prohibía cualquier tipo de desviación de la familia tradicional, que de ser representada, debía castigarse explícitamente en pantalla. El síndrome de la lesbiana muerta es, posiblemente, una vertiente de esa dinámica de perversión que siempre desemboca en castigo. Se manifiesta de diferentes formas, aunque estos homicidios narrativos podrían desglosarse en tres categorías principales.  

Aviso spoiler lésbico

Mil maneras de matar a tu lesbiana

1. Muerte tras clímax romántico

Este cliché es uno de los más comunes. Se da cuando el personaje sáfico alcanza un estado de realización o plenitud romántica, una especie de falso final feliz. Y es falso porque muere poco después en un acto de castigo narrativo que recibiría el visto bueno del código Hays. 

Hay mil ejemplos de ello, pero el más sonado en los últimos años ha sido probablemente el de Lexa de Los 100, que revolucionó las redes allá por el 2016. Su muerte llega con una bala perdida, justo después de consumar la relación con la protagonista de la serie, Clarke Griffin. El creador Jason Rothenberg publicó un comunicado reconociendo que, aunque de forma involuntaria, habían perpetuado el tópico bury your gays. También pidió disculpas por no haber tenido en cuenta el contexto social de las personas LGTB+. Admitió que, si hubiera tenido esa perspectiva en su momento, la historia de Lexa se hubiera desarrollado de forma diferente. 

Este tipo de muerte también puede verse en la serie Orange is the new black (2013-2019). Aunque asentase un precedente en términos de representación LGTB+, hay temas como la bisexualidad de la protagonista que se tratan de forma muy poco respetuosa. Además, tiene elementos que contribuyen a la visión del lesbianismo como carne de tragedia.

Un ejemplo de ello es la muerte de Poussey, asesinada por asfixia a manos de un policía de la prisión en una protesta pacífica. Una mujer negra, lesbiana, que no opone resistencia a la agresión, que a su vez se percibe como un acto totalmente injustificado. Esta escena tiene más aristas, como su relación con el movimiento Black Lives Matter. En lo que respecta al SLM, los episodios anteriores al trágico final de Poussey se recrean en su relación romántica con Brook Soso. Después de todo lo que han pasado juntas, se las ve felices y enamoradas. Tristemente, esto se utiliza como combustible para el drama del final de temporada.  

El patrón se repite en muchas otras series. En The walking dead no hacen falta ni zombies. Denise por fin acepta que tiene sentimientos por Tara para que una flecha le atraviese el cráneo sin dejarle terminar el discurso. También hay víctimas del síndrome de la lesbiana muerta que no sobreviven a su propia boda, como en el caso de Silvia Castro en Los hombres de Paco. Este tipo de desenlace alimenta la idea de que las personas LGTB+ no pueden mostrarse tal y como son en sociedad sin sufrir las consecuencias. En cierto modo, y aunque no siempre sea intencionado, se trata de una amenaza subliminal. Un empujón de miedo al fondo del armario.

2. Venganza de exparejas y hombres celosos

Por el motivo que sea, a los guionistas no les suele apetecer dejar a las lesbianas en paz. A falta de dificultades en sus vidas, siempre hay algún personaje que se presta a perseguirlas, acosarlas y, en algunos casos, también matarlas. En Family affairs, Kelly Hurst es asesinada por el exmarido de su novia, que la empuja por las escaleras. En Pequeñas mentirosas, Maya St. Germain muere a manos de un acosador después de rechazarlo, eligiendo a su novia Emily en lugar de a él. Otro stalker rapta y asesina a Rachel Posner en House of cards. La lista podría continuar de forma infinita.

Marissa en The OC
Basta con ser tentativamente lesbiana para que te maten.

Los asesinatos a mujeres lesbianas y bisexuales en estos contextos suelen estar atravesados por dos filos. El primero es el de la misoginia, que se materializa en forma de celos y posesividad. La famosa idea de «si no eres mía, no serás de nadie». Generalmente, la blanden hombres despechados con el orgullo herido, más aún si la competencia es de otro género. Por otra parte, está el factor de la traición sexual. Estas exparejas y acosadores tienden a mostrar signos de sentirse humillados ante la idea de que su víctima elija acostarse o salir con mujeres. En el fondo, les da igual si también les gustan los hombres, ya que su venganza se convierte en algo personal, fruto de una supuesta afrenta hacia su masculinidad. 

Una manifestación de estos tópicos puede verse en The O.C. Más concretamente, en Marissa Cooper, coprotagonista bisexual de la serie. Es el interés romántico principal de Ryan Atwood, pero Marissa también sale con Alex Kelly, interpretada por Olivia Wilde. A pesar de que esta última relación funcione bien y sea de las más sanas de toda la serie, es evidente que tenía los días contados desde el principio. Alex se muda a otra ciudad de forma totalmente arbitraria, y así termina su relación. ¿Por qué no? Además, The O.C. utiliza la orientación sexual de Marissa como diana de chistes y nunca se llegó a reconocer, ni en la serie ni por sus creadores, como algo más que una fase o los experimentos de una joven ingenua. 

Además de esos intentos por banalizar e invisibilizar una relación sáfica que nadie parecía tomar en serio, The O.C. mata a Marissa siguiendo los ejemplos anteriores. En un momento en el que parece que su vida ha tomado un rumbo positivo y se dirige al aeropuerto para dar comienzo a una nueva etapa, su exnovio Kevin empieza a perseguirla, conduciendo borracho, y a golpear su coche. El vehículo finalmente descarrila y Marissa muere en brazos de Ryan. Un asesinato amargo para un personaje tan querido. 

 3. Suicidios, sacrificios y tragedia gratuita

El tercer y último método homicida expone en toda su brutalidad el uso de personajes sáficos como arma arrojadiza. En este tipo de muertes, el drama y la tragedia eclipsan el valor de las víctimas y sus tramas, a veces casi inexistentes. 

La serie de televisión británica Skins también ilustra esta tendencia. En su defensa, puso sobre la mesa temas tabú como las enfermedades mentales, el uso de drogas en adolescentes y todo tipo de problemas familiares y sociales. Podría decirse que Skins corrió para que Euphoria pudiese volar. No obstante, algunas de esas conversaciones han envejecido mal, y ha habido polémicas respecto al hecho de que romantiza ciertos trastornos y comportamientos destructivos, además del tratamiento que recibieron algunas de las actrices adolescentes. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. 

En lo que respecta al síndrome de la lesbiana muerta, la cuarta temporada de la serie introduce un personaje llamado Sophia Morton. Poca gente la recordará, porque apenas entra en escena se suicida en una discoteca puesta hasta arriba de MDMA. Su corta aparición únicamente sirve para interponerse en la relación de Naomi y Emily, la pareja sáfica a la que contagiará la tragedia de la lesbiana muerta. Más adelante se descubre que Naomi había engañado a Emily con Sophia, además de haberle vendido a esta la droga que la mató. Por si todo esto fuera poco, uno de los especiales de la serie retrata el dramático final de Naomi, que fallece de cáncer. Cojo otra lesbiana, la tiro por el retrete… y ya son demasiadas como para llevar la cuenta.  

Otra serie de adolescentes que reproduce este tópico es Crónicas vampíricas (2009-2017). En sus ocho temporadas de gente atractiva liándose entre sí, donde no parece importar si tu nueva pareja es el hermano de tu ex, una persona muerta o el profesor divorciado que te corregía los exámenes en el instituto, solo encontramos una pareja de mujeres. En la séptima temporada, Nora y Mary Louise escapan de un mundo de prisión para entrar en constante conflicto con los protagonistas de la serie.

Los guionistas se tomaban tan en serio su relación que interrumpieron su pedida de mano con la entrada anticlimática de un personaje que necesitaba contarles su problema. Hay que matar a este vampiro malvado, etcétera. Más adelante, se repite la dinámica de raptar a una de ellas para sacarle un favor a la otra. Finalmente, ambas mueren al estrellar su coche de forma intencional para destruir la Piedra Fénix y evitar fallecer por separado por otras causas sospechosamente aleatorias. Y adiós lesbianas herejes. 

En general, cuando los personajes sáficos escasean, basta que haya uno para que le persiga la tragedia. En el famoso anime Ataque a los titanes, aún en emisión, el SLM se traslada a las dos dimensiones. Esta vez su víctima es Ymir, una joven que de niña merodeaba sola y sin nombre por las calles de Marley. Tras ser apedreada por formar parte de un culto, la transformaron en titán y vagó por la isla durante sesenta años, sin consciencia y devorando humanos.

Más tarde recobró su forma original y, con el tiempo, se enamoró de su compañera Historia. Esto hace que su final sea especialmente trágico, porque termina abandonando a la única persona a la que quiere para dejarse devorar viva por el hermano de un joven que mató cuando era un titán. Antes de huir, le escribe una carta a Historia diciendo que la ama y que se arrepiente de no haberse podido casar con ella. Si en este mundo de titanes nadie es feliz, las lesbianas mucho menos. 

Lexa de'Los 100'
No vas a ser feliz y lo sabes.

El SLM como amenaza a las realidades queer

Como demuestran las líneas anteriores, el síndrome de la lesbiana muerta sigue muy vivo en la ficción de los últimos años. No son casos aislados, tienen un origen concreto y reproducen una serie de patrones que lanzan un mensaje muy pesimista al colectivo LGTB+ en general y a las personas sáficas en particular. Identificar el cliché es un modo de interrogar estos asesinatos ficticio. De preguntarse a qué necesidad narrativa responden y si el trato que reciben las víctimas se asemeja al de sus compañeros heterosexuales. 

A pesar de que las muertes resulten más llamativas, ni siquiera es necesario que se derrame sangre para perpetuar el mensaje de que el mundo no es un lugar seguro para la otredad. La ausencia de finales felices también contribuye a que la escasa visibilidad de mujeres queer en cine y series tenga connotaciones catastrofistas. Incluso en las historias mainstream que se ponen la medalla de representación LGTB+, los romances sáficos casi siempre van acompañados de drama y finales melancólicos. Por citar dos ejemplos, están La vida de Adèle (2013) y Retrato de una mujer en llamas (2019).

En palabras de la experta en ficción queer Wendy Gay Pearson: «Las construcciones culturales de la visibilidad funcionan como la magia: hacen que ciertas cosas desaparezcan o únicamente aparezcan en contextos muy específicos». El hecho de que los personajes LGTB+ sufran o mueran no supone un problema, o al menos no debería hacerlo. En cambio, si los espacios que se les otorgan son siempre pobres y estereotipados, si solamente se les da cabida en contextos que implican dolor, castigo y muerte, en ese caso no se trataría de visibilidad o representación. Se trataría, más bien, de un ataque encubierto que implica un pronóstico de futuro muy negativo. El SLM y el bury your gays amenazan a gente real con armas ficticias. Frente a eso, queda crear más mundos imaginados donde la disidencia no sea similar a una enfermedad letal. 

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Judith Torquemada
10/01/2023
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