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Los dragones y el rechazo a lo tóxico: dos detalles de ‘Alas de sangre’ que hacen mejor el libro de Rebecca Yarros

Cositas varias en las que no hemos dejado de pensar.
Detalles de Alas de sangre

Ya os dejamos por aquí, hace unos días, la crítica de Alas de sangre, el libro de Rebecca Yarros que se ha convertido en el último fenómeno de la literatura de fantasía. Esto que sigue no es una crítica: es un texto que quiere analizar un par de detalles que engrandecen la obra hasta el punto de convertirla en eso que se lleva señalando mucho tiempo: Alas de sangre engancha que da gusto. A la espera de la segunda parte, Alas de hierro, que a España llegará el próximo 15 de febrero de 2024, vamos a reflexionar un poco en torno a dos detalles de Alas de sangre que nos han gustado mucho.

spoilers de literatura

Los dragones de Alas de sangre

Desde la obra de Tolkien hasta Canción de Hielo y Fuego, pasando por Harry Potter, por mencionar tres de las grandes sagas de fantasía de la historia, la literatura ha tenido siempre un espacio reservado para los dragones. Quien más y quien menos, los autores han dotado a estas criaturas de una personalidad casi siempre relacionada con el poder y la ferocidad, frecuentemente con la naturaleza malvada que se presupone en unas criaturas terribles. Rebecca Yarros, en Alas de sangre, construye otro tipo de dragón, y es uno de sus primeros aciertos.

Porque los dragones de Alas de sangre tienen personalidad, tienen carácter, son diferentes entre sí y no son necesariamente malvados. Son determinantes y no valoran del mismo modo que los humanos las vidas humanas, pero no son crueles por naturaleza. El ejemplo más claro es Andarna, la pequeña dragona de Violet, pero sobre todo sirve de ejemplo Tairn, el poderoso dragón que también escoge a Violet para formar el vínculo. Tairn es feroz, pero ante todo es protector y atento, podría decirse que incluso cariñoso dentro de su gravedad, y tiene un humor, entre lo sarcástico y lo irónico, que arranca más de una carcajada al lector. Los dragones, en Alas de sangre, tienen el mismo desarrollo de personalidad que tienen el resto de personajes secundarios, porque no dejan de ser secundarios en esta historia protagonizada por Violet. Primer aspecto diferencial y, lo dicho, primer acierto.

El vínculo entre dragón y jinete: un gran extra 

El vínculo que se forma entre dragón y jinete en Alas de sangre no sólo provoca que ambos queden unidos emocionalmente: otorga al jinete poder, magia. Lo que Rebecca Yarros llama “el sello”, uno de los conceptos más chulos de este libro. El sello es el resultado de la unión entre jinete y dragón, nace en el primero potenciado por la magia que solo un dragón posee, porque los humanos no tienen magia, pero a la hora de desarrollarse depende de lo que el jinete lleva dentro. Esto añade una capa a todos los personajes. Xaden, una persona llena de secretos y eternamente vigilado, es capaz de controlar las sombras. Dain, una persona controladora que guarda distancia con los demás, es capaz de acceder a los recuerdos de las personas, pero sólo cuando las toca. Violet, al final, se revela como alguien capaz de controlar los rayos, como un reflejo de esa enorme fuerza que se ha ido viendo a lo largo del libro. Este concepto de sello es inteligente y sirve a la perfección a la obra.

El romance y lo tóxico en Alas de sangre

Empezaremos por decir que “lo tóxico”, en Alas de sangre, tiene un tratamiento diferente al que hubiera tenido hace una década en cualquier libro de corte similar (es decir, un libro de enemies to lovers, pero también uno de romance en circunstancias problemáticas a secas). Ya de entrada el discurso es diferente y además es satisfactorio ver que los pensamientos o las acciones “tóxicas” no se suprimen: se admiten. “No te atraen los hombres tóxicos, me recuerdo, pero aquí estoy, totalmente atraída”, se dice Violet en una ocasión. “Dejad de cosificar a nuestro líder de ala”, señala Dain en otra, mientras, efectivamente, cosifican un poquito al líder de ala.

No se trata de hacer como que no tenemos esos pensamientos: los tenemos, todas y todos los tenemos. No se trata de hacer como que no nos atraen los hombres como Xaden, misteriosos y problemáticos: nos atraen. Se trata de saber verlo y saber gestionarlo. Esto lo aplica Rebecca Yarros a la perfección, construyendo a partir de aquí tanto una evolución de personaje como un romance que se aleja por completo de lo tóxico, con lo que podría haber sido.

Yarros lo corta rápido. Cuando Violet y Xaden empiezan a acostarse, Xaden aplica un poco el cliché “notepillesestoyrotopordentro”, pero la protagonista hace un trabajo de autoconocimiento, amor propio, madurez y responsabilidad emocional pocas veces visto en este tipo de obras. Xaden, le dice entonces, no voy a poder separar el sexo de los sentimientos contigo, sé que tú también estás sintiendo algo, sé que te da miedo, pero hasta que no seas capaz de hablar de ello no vamos a retomar la relación.

Esta postura de Violet es madura y sana, y demuestra que no necesitamos de toxicidad en los romances para que sean emocionantes. Porque Alas de sangre es emocionante cuando los protagonistas todavía están jugando y también es emocionante cuando las cartas están sobre la mesa porque Violet no quiere algo a medias. Xaden, por cierto, respeta esta decisión de Violet, porque a pesar de los malos humos, los conflictos internos, las complicaciones y las diferencias que podrían conformar un romance tóxico, entre ellos hay en todo momento respeto. Por no hablar de la personalidad de Xaden, que no necesita ser violento para ser pasional, ni necesita ser cruel para generar inquietud en Violet. Esto no le hace un personaje menos deseable: al contrario, de hecho. Bien por Rebecca Yarros.

La sobreprotección de Dain y la evolución de lo romántico

Si pensamos en cómo sitúa la autora a Dain, un tipo sobreprotector que vigila a Violet hasta el punto de decirle lo que debe o no debe hacer para mantenerse a salvo, hasta el punto de tomar decisiones por ella, y en qué espacio se sitúa Edward Cullen en Crepúsculo (por poner un ejemplo muy conocido de tipo sobreprotector), la diferencia en el tratamiento no puede ser más clara. Hay algo de romántico en esa manera de cuidar y proteger a la persona amada, pero cuidar y proteger no es cohibir ni someter, acciones en las que Dain cae en Alas de sangre y en las que Edward caía en Crepúsculo. Si bien el primero es presentado aquí como el equivocado, en la obra de Stephenie Meyer esos actos eran vistos desde una perspectiva romántica y por tanto abrazados por la protagonista y por el lector.

En Alas de sangre vemos claramente que Dain se equivoca, que no está protegiendo a Violet: la está coartando, está cortando un desarrollo personal que, sí, conllevará heridas, porque eso es la vida, pero también puede conducir a la protagonista a ser la mejor versión de sí misma y, sobre todo, por encima de todo, la versión de sí misma que quiere llegar a ser. En este camino sí tiene a Xaden de su lado, que en principio parece más problemático que Dain y termina siendo lo contrario. Los cuidados de Xaden son los correctos y son, de hecho, tiernos, como cuando se toma la molestia de hacer esa silla para el lomo de Tairn. Eso es cuidar. Prohibir que monte un dragón, lo que quería hacer Dain, no es cuidar, es coartar.

Xaden solo toma el derecho de decidir por ella cuando se encuentran en un contexto más profesional que personal, porque es, de hecho, su líder. En los momentos restantes, que son la mayoría, la decisión es de Violet, incluso si su decisión es ponerse en una situación de riesgo, porque esta decisión no tiene que ver con la irresponsabilidad sino con la posición que Violet quiere ocupar en el camino que decide abrazar. Así que bien por Rebecca Yarros, que construye una protagonista independiente y consciente de sí misma, y bien por Alas de sangre, que demuestra que no necesitamos de lo tóxico para tener una historia emocionante. Con dragones chulísimos, además.

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