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El final de ‘Brazil’ y la conquista de la libertad negada en ‘1984’

Terry Gilliam deja uno de los finales más recordados de la ciencia ficción, en el que desafía directamente a '1984'.
Fotograma de la película par artículo del final de Brazil

Sobra decir que aquí hay spoilers de lo que ocurre en el final de Brazil, así que si no la has visto para de leer. No en vano, el desenlace del que seguramente sea el mejor film de Terry Gilliam es uno de sus puntos más fuertes. Tras una odisea en una mezcla entre homenaje y parodia de 1984, ambas ficciones acaban en un punto muy similar. Sin embargo, la resolución difiere notablemente y deja dos sabores de boca diametralmente opuestos.

Reinterpretando 1984

Tanto Sam como Winston Smith, protagonistas de ambas ficciones, son funcionarios de un sistema totalitario. En la novela de Orwell se incide bastante en la creación del mundo en el que su personaje se mueve. Así, se conoce que hay tres superpotencias, el uso de la neolengua y demás detalles. Gracias a ello, 1984 logró convertirse en una referencia de la distopía autoritaria. Estalinismo y nazismo se dan la manita y pululan enamorados en la sociedad creada por el británico.

En Brazil se obvia bastante todo este asunto porque ya se conocía previamente 1984. No deja de ser una reinterpretación de la novela. Asimismo, la intención de Gilliam era estrenarla en el año que da el título para convertirla en una revisión en toda regla, mezclada con la influencia de Fellini en lo visual. Por ello, a pesar de ser distópica, tira de un futurismo muy retro. Se pasa totalmente de explicar el origen del sistema o qué pasa fuera de una ciudad que podría ser cualquiera. El foco es absoluto en los personajes.

Asimismo, el tono con el que el ex de los Monty Python aborda su obra es histriónico y surrealista. Se resume en el uso de la versión de Aquarela do Brasil ejecutada por Geoff Muldaur. Una pieza que le vino a la cabeza en un momento epifánico en medio de una localidad tan gris e industrial como lo que muestra en Brazil, tan inglés como el visto en Tyrannosaur de Paddy Considine. Un arquetipo, el latino, que se une al ansia de Sam por ser un héroe y superar la mediocridad que abraza y, al tiempo, la sociedad le impone. También está ahí el amor, como en el caso de Smith.

El camino a la rebeldía de Brazil y 1984

Julia para Winston y Jill para Sam son elementos desencadenantes. Pero esa pulsión romántica del protagonista de 1984 se une a un desafío de frescura que aporta ella en forma de rebelión. Porque se trata de una mujer que encuentra placer en ser contestataria, que transmite ese vitalismo a su amante. Lo prohibido es un afrodisiaco para ambos.

Jill es, sin embargo, una camionera. También es respondona y de armas tomar, pero no lleva la iniciativa en el contacto con Sam. Intenta enfrentarse a la burocracia a la que pertenece él, pero se da de bruces con un sistema patético, colapsado, ineficiente. El miembro del Ministerio de Información, sin embargo, sueña con tener alas y salvar a una dama en apuros que se parece demasiado al personaje femenino. Por eso, cuando la ve, se obsesiona y es quien toma la acción para conocerla.

Pero es la injusticia del caso Tuttle la que realmente le hace replantearse su fidelidad al sistema. Sam soluciona problemas como nadie y podría ascender, pero no quiere. Su conformismo llega al límite con Jill y cuando tiene que ir a llevar un papel a la esposa de un detenido por equivocación que acaba muerto. La sorna, la gracieta, para en seco. El histrionismo del protagonista se desvanece porque despierta a lo terrible de los hechos en los que participa. Ya no es un juego para ver quien carga con las sanciones administrativas del error. Ahora ha visto a la persona tras el papel. Es tarde para recuperarse.

Los colegas que no lo son en Brazil y 1984

Una parte clave en el final de Brazil es el personaje de Michael Palin. Compañero de Gilliam en los Python y con aspecto de ser una de las personas más agradables en la faz de la Tierra, en la película es un ser macabro. Trabaja para Obtención de información y básicamente se dedica a torturar a gente. Una labor que lleva a cabo con diligencia y sin plantearse qué hace. De esta forma es un la representación de los seres dormidos ante el sistema. De los alemanes que no sabían nada de los campos de extermino, de quienes aceptaban que se llevara a alguien a un gulag.

Es partícipe y no duda. La frialdad y el corte encantador de Palin hacen que resulte escalofriante. Precisamente él será quien, cuando todo se tuerce para Sam, le vaya a sacar información. Su contraparte en 1984 es O’Brien. El tono serio de Orwell hace que sea un agente doble. Pero también es un torturador y un convencido del sistema. Estalinista y fascista como ningún otro, entiende que el poder, y solo el poder, es lo que busca el Partido.

Alrededor hay más personajes de interés. Como el vecino de Winston, el hombre de a pie sin educación al que tanto apelan las ideologías obreristas y extremas. En Brazil la hipocresía es más amplia, los idiotizados que se muestran son de toda clase, con la madre de Sam a la cabeza. Por su parte, Tuttle, personaje encarnado por De Niro, resulta de sumo interés. Supuesto terrorista, su rebeldía consiste en solucionar problemas técnicos cual comando. El absurdo abarca todo en la obra de Gilliam.

La victoria pírrica de Sam en el final de Brazil

Mientras que Winston y Julia son reseteados por O’Brien y se transforman en dóciles miembros de la sociedad de Oceanía, Sam encuentra un final que incluso puede logra mejorar al de Orwell. Tras una jugarreta administrativa, consigue que Jill aparezca como muerta en el sistema. Ella debía morir, porque de lo contrario se descubriría el error del caso Tuttle. Los implicados no temen que haya muerto la persona equivocada, sino que sus departamentos y carreras se vean afectadas.

El primer final de Brazil coincide con los sueños de Sam, que logra consumar su amor con Jill. Sin embargo, el gobierno se entera y les detiene. Ahí se da paso al equivalente a la sala 101 de 1984, tras una hilarante secuencia en la que el condenado debe financiar su propio procesamiento.

Gilliam pone las bases de un final feliz con la intervención de Tuttle y un equipo de la Resistencia, que permiten a Sam escapar. Con desconcierto por los muchos hechos extraños que van ocurriendo, acaba escapando junto a Jill. Un segundo cierre que da paso al desenlace definitivo de Brazil. Porque a la tercera va la vencida.

Vencer como se pueda

Como ya hiciera Ambrose Bierce en El incidente del puente del Búho/An occurrence on Owl creek bridge, lo que ha pasado solo está en la imaginación de Sam. Este se haya canturreando Aquarela do Brasil en la silla de tortura. El personaje de Palin y el gerifalte de turno le dan por perdido. Al director le costó Dios y ayuda mantener este cierre, pero mereció la pena. Algo parecido le pasó con el final de Time bandits, obra de aventuras infantiles. Es también es parte de su trilogía de la imaginación junto a Las aventuras del barón Munchausen, cuya conclusión es mucho más luminosa .

Puede que Jill haya muerto, que haya enloquecido, que toda su lucha haya sido en vano. Pero Sam, conforme también a lo que señala Terry Gilliam, ha ganado. Porque en su mente, el burócrata es feliz. Durante el siglo XIX y parte del XX este tema fue muy típico en la literatura. El relato referenciado podría considerarse el referente literario principal de esas historias en las que se desarrolla una aventura en la elipsis que se genera en el momento de la muerte o cuando esta se acerca.

Gracias a este último acto de rebelión, la realidad percibida por Sam es el mejor de los mundos posibles. Ahí está, como Gilliam en esa ciudad en la que encontró la inspiración para llamar a la película Brazil. En un entorno penoso, superado por lo industrial, por la burocracia, por la miseria personal. Julia y Winston perdieron porque dejaron que conquistaran su psique. La muerte, en el caso de Jill, y la demencia, en el de Sam, son salidas en las que la dignidad se preserva. Porque tararear Aquarela do Brasil e imaginar su victoria es el único corte de mangas efectivo que le ha podido hacer al sistema.

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