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Los muchos y polisémicos finales de ‘El retorno del rey’

No solo se despedían, varias veces, los personajes, sino también la audiencia de una aventura enorme.
Puertos grises en el final de 'El retorno del rey'

Acabar es complicado. Poco importa que se trate de una cuestión feliz o amarga. Ganar un torneo, alcanzar la cima de un proyecto, va acompañado de un momento de exaltación que, tal como se enciende, se apaga. Qué decir de las conclusiones funestas, de las pérdidas no buscadas. La versión fílmica de El retorno del rey es, ante todo y al igual que la novela en que se inspira, un final. Mas no uno normal. Al tiempo que sus personajes se despiden sucesivamente, la audiencia hace lo propio de la ficción, los participantes del proyecto. Es un cierre que, cual muñeca rusa, contiene muchos en su interior.

«¿Final? No, el viaje no concluye aquí. La muerte es sólo otro sendero, que recorreremos todos. El velo gris de este mundo se levanta, y todo se convierte en plateado cristal… es entonces cuando se ve. La blanca orilla, y más allá, la inmensa campiña verde, tendida ante un fugaz amanecer.»

Gandalf durante el asedio de Gondor

Un adiós que se alarga sin prisas

Pero hablando de finales de El retorno del rey, lo primero que hay que anotar es que el propio film posee varios. Los hobbits vuelven a la Comarca y siguen su vida. Sam, que salvó a su amo en incontables ocasiones, hasta logra casarse con Rosita. Merry lleva la marca de Morgul y Pippin la de Sauron, pero siguen pudiendo ser vivaces. Frodo, azuzado por tantos males que es difícil llevar la cuenta, escribe.

El veterano traumatizado que es, reflejo de las experiencias de Tolkien en la Primera Guerra Mundial, no sabe vivir en la normalidad. Tal fue su sufrimiento que nunca estuvo destinado a este primer desenlace. Herido en cuerpo y alma, se entrega a una marcha que no es la suya. Novelas y films barruntan con denuedo la conclusión del paso de los elfos por la Tierra Media. Retornan a Valinor en su mayoría junto a maiar como Gandalf. Su recuerdo se borrará en las edades posteriores hasta llegar al mundo actual.

Frodo y Bilbo les acompañan, aunque no a Valinor. Les hacen una excepción, que les permitirá quedarse en Tol Eressëa. Pisar la tierra de los Valar está prohibido, pero no quedarse cerca para sanarse tras hazañas casi inconcebibles. Aquí hay un segundo final, que pilla por sorpresa a Sam, Pippin y Merry. Tras él, el auténtico. «The end» se rotula con Samsagaz Gamgee volviendo, ya sí que sí, a Hobbiton.

«A más ver, mis valientes hobbits. Mi labor ha concluido. Aquí, al fin, a la orilla del mar, llega el adiós a nuestra Compañía. No diré «no lloréis», pues no todas las lágrimas son amargas.»

Gandalf en los Puertos grises.

El vacío que deja una ficción mayúscula

Mientras se amortajan tantas cuestiones narrativas, a quien está frente a la pantalla le empieza a carcomer una sensación extraña. No es la bella calma cristiana que narra Gandalf a Pippin cuando creen que van a morir en Minas Tirith. Todo lo contrario. Al igual que ocurre cuando se sienten cada vez menos hojas en la parte derecha del libro, cada vez que se soplan las velas en un cumpleaños, la percepción de final se impone.

La narrativa que porta cada ser humano que ha nacido en la Tierra, o cualquier mortal en Arda, es la misma. Se nace y todo es potencial. En La comunidad del anillo apabulla la sensación de aventura, de exploración. Sigue, a quien tiene suerte, la época de crecer, cuya exuberancia se puede ver en la, a veces descontrolada, Las dos torres. La madurez es la hora de disfrutar, de nuevo si hay fortuna de alcanzarla, de lo sembrado. Pero, cuan amargo es saber que es entonces, en el momento de degustar los frutos de una larga preparación, cuando más cerca se está de que todo termine. Ese punto final, por alargado y tierno que sea el ocaso, llega.

El retorno del rey, como cualquier gran historia, genera un vació inevitable. La experiencia que ofrece la trilogía de El señor de los anillos, junto a su formato y excelencia técnica, hacen que consumirla en audiovisual o por escrito sea como experimentar una pequeña vida. Una mítica, que se puede volver a visitar. Mas primera vez solo hay una, con la capacidad de asombro que ofrece, y no por mucho revisionar o releer cambiará el hecho de que la conclusión acaba llegando. Simplemente, se sabe cuándo arriba. No en vano, lo que impulsa a la humanidad así en la Tierra como en el legendarium de Tolkien, es lo mismo que hace grandes a tantas historias. En ambos casos, por suerte y por desgracia, el final es una cuestión inevitable. Solo queda recibirlo con lagrimas de todo menos amargas.

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