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‘Mi planta de naranja lima’, el libro más tierno del mundo

Un libro para conectar con la infancia.
Segmento de la portada de Mi planta de naranja lima

Hay historias a las que no les hace falta un inicio, desarrollo y desenlace para contarse. Tan solo necesitan existir y, con eso, ya son suficiente. Mi planta de naranja lima es eso: el testimonio de una vida, endulzado por la mano de un escritor, José Mauro de Vasconcelos, que quiso volver a ser niño y lo consiguió

Sinopsis de Mi planta de naranja lima 

“De mayor Zezé quiere ser poeta y llevar corbata de lazo, pero de momento es un niño brasileño de cinco años que se abre a la vida”, reza la sinopsis de Mi planta de naranja lima. Nacido en una familia pobre en las favelas brasileñas, Zezé es el segundo más pequeño de una familia de cinco hermanos. En casa, un trasto. En el colegio, un ángel. Pero siempre un niño lleno de imaginación, ingenio y, sobre todo, ternura. Una ternura que le vale ganarse la amistad del Portugués y de su preciosa planta de naranja lima. “Porque la vida sin ternura”, escribe el autor, “no es gran cosa precisamente”.

Cuándo leer Mi planta de naranja lima

Ver la vida a través de los ojos de un niño

Como puede verse, la sinopsis de Mi planta de naranja lima no encierra promesas de aventura ni grandes misterios. Porque no los hay. Ni le hacen falta. Como ocurre de forma similar con Panza de burro, esta obra le hace al lector conectar con su infancia. Porque por muy diferente que esta fuera, la inocencia de un niño, ya sea aderezada o no con malicia, es inherente a aquellos años. 

“Lo que me hacía gracia”, dice Zezé la primera vez que ve a la directora de su colegio, “era que tuviera bigote de hombre”. “Por eso debía de ser la directora”, añade. Zezé no sabe de corrección política y, desde luego, no sabe de feminismo. Observa todo lo que ocurre a su alrededor con ojos limpios y con los prejuicios que el mundo ha puesto sobre él. Por eso, un cargo como aquel requería que, al menos, la persona que lo ostentara tuviera algún rasgo masculino.

«– Totoca, ¿un niño es un jubilado?
– ¿Cómo?
– El tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y en la alcaldía le pagan todos los meses.
– ¿Y qué?
– Los niños no hacen nada, comen, duermen y reciben dinero de los padres.«

La importancia de la pobreza

Mi planta de naranja lima podría definirse en dos palabras: una, ternura, ya la hemos mencionado; la otra es pobreza. Zezé es inocente, sí, y tiene seis años, pero aún así la miseria en la que vive no le pasa por alto. Porque todos tienen regalos en el día de Navidad, pero él y su familia no. “Creo que el Niño Jesús solo quiso nacer pobre para exhibirse, después vio que solo los ricos servían”, dice el hermano mayor del protagonista. 

Y es que el autor de esta novela no solo es dado a poner la mirada en los más desfavorecidos, sino que él mismo lo fue. De hecho, Mi planta de naranja lima recrea precisamente los recuerdos de infancia de Vasconcelos, acaecidos en el barrio carioca de Bangú. Esta pobreza obviamente condiciona la niñez de Zezé, aunque no la determina, porque, tal como señala la frase de Graham Greene, citada al final del libro, “todo niño viene al mundo con un cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que este amor salve o condene”. Y desde luego Zezé tenía muy buenas amistades.

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