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‘Mi soledad tiene alas’: la juventud dañada bajo la mirada de Mario Casas

Ya está en Netflix la primera película de Mario Casas como director.
Mi soledad tiene alas primera película de Mario Casas como director

Acostumbrados como estamos a verle delante de las cámaras, uno de los rostros más populares y apreciados de nuestra cinematografía, es un hecho a destacar esta primera película de Mario Casas como director. Escrita junto a Déborah François, Mi soledad tiene alas encaja dentro de ese cine quinqui que tuvo su momento de gloria hace tiempo, pero que pese a ello no ha dejado de regalar películas de lo más estimulantes (como Las leyes de la frontera, de Daniel Monzón). Mi soledad tiene alas sigue los modos y maneras del género, así que Casas proyecta una película que puede gustar a los aficionados al mismo.

Sinopsis de Mi soledad tiene alas

En un barrio obrero a las afueras de Barcelona, tres amigos se dedican a vivir el presente, en parte porque pensar en el futuro da bastante vértigo, porque qué futuro hay para ellos. Dan (Óscar Casas), Vio (Candela González) y Reno (Farid Bechara) son tres adolescentes que viven entre fiestas y asaltos a joyerías que les proporciona el dinero para subsistir y cuidar de sus familias. En el caso de Dan, un joven reservado de gran sensibilidad artística, su familia es su abuela. Cuando de forma inesperada su padre sale de cárcel y se presenta de nuevo en su vida, Dan no puede soportar la oleada de violencia que llega con su figura. Así planea un último gran robo, con el objetivo de escapar para siempre de ese barrio que no tiene nada para él… Salvo tal vez dos o tres muros en los que desplegar todo su arte.

Mi soledad tiene alas, cine quinqui de la mano de Mario Casas

Suponemos que el primer tema a tratar, porque seguramente sea el principal interés de los potenciales espectadores, tiene que ser esa aventura de Mario Casas detrás de las cámaras. Es un gusto comprobar que Casas tiene pulso dirigiendo. Mi soledad tiene alas tiene buenos cambios de ritmo, escenas muy naturales y planos que funcionan como, sentimos, desean funcionar. Es una buena primera película para Mario Casas.

Puede ser una buena película para cualquier espectador. No pesa sobre ella ningún gran reproche, ni siquiera aunque las escenas en las que prima el drama cojeen un poco, sobre todo con respecto al resto del conjunto. Mi soledad tiene alas funciona mejor cuando es la vida rutinaria la que se busca retratar, con esa estética tan cuidada, un lenguaje joven y el desparpajo de sus protagonistas. Óscar Casas, por cierto, también puede presumir de haber logrado un buen papel.

Mi soledad tiene alas retrata bien varios escenarios. La soledad, el duelo, la incomprensión y la pérdida están bien reflejados a través de ese protagonista silencioso y lleno de rabia. También el coqueteo con los límites cuando se está viviendo, precisamente, una situación límite. O esa violencia que, aunque no siempre se sienta, parece quedarse en los huesos, adherida a quien le ha tocado experimentarla en algún momento de su vida.

Con todo esto, lo que hace Mario Casas es retratar una juventud dañada. Mi soledad tiene alas es una de esas historias en la que los protagonistas son quienes son porque no les han dejado ser otra cosa. Sin brillar especialmente en ningún aspecto, funciona en todos ellos. Ya está disponible en Netflix.

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