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Morat y las mil vidas recogidas en una discografía

Morat escribe al amor, a la vida y a nuestras historias. Y nosotros vivimos su música con la intensidad de quien viaja en el tiempo al ritmo de un banjo.
Morat

Quien no sueña con un verano que se haga eterno (en el que quizá otro esté muriendo de sed), tiene la maldita costumbre de irse hasta cuatro veces seguidas. También los hay que no quieren contar todos los besos que nunca llegaron a la boca de ese amor que no fue. Y otros que se creen idiotas, porque abren las puertas, las ventanas y lo que haga falta para recibir de nuevo a quien se fue sin explicación.

Hay verdades absolutas, por mucho que las neguemos, como que primero lo siente la piel, y luego el corazón. Ya lo que tardemos nosotros en procesarlo es otra historia… Pero las cosas buenas, a veces, simplemente pasan. Morat lo sabe y le canta a todo lo bonito, como las primeras veces o ese tiempo en el que aprendemos a querernos. Pero también a esos instantes en los que el amor se escapa sin decir adiós. O a aquellos en los que pedimos o más bien rogamos que esa persona que no se va de nuestra mente se acuerde de nosotros. Incluso a cuando por fin somos conscientes de que no merecemos volver a la vida de alguien.

Morat le canta a todo. El amor correspondido, el desamor y los amores imaginarios, como los de la película de Dolan, son sus temas estrella. Probablemente porque, no lo neguemos, son los de todos. Pero también le cantan al fútbol, a la suerte y a las cometas. Que siguen volando independientemente de los horrores que hayan tratado de oscurecer a un país y a su gente durante décadas. Algún día escribiré en profundidad sobre ese tema que bien podría ser el himno de una Colombia a la que, por mucho que la agoten, no se le acaban las ganas de luchar. Siempre desde la ingenuidad de una mirada ajena al otro lado del charco.

Pero prefiero empezar por la base. Por esa capacidad que tienen los cuatro miembros de la banda –Juan Pablo Isaza, Martín Vargas, Simón Vargas y Juan Pablo Villamil– de acoger todas nuestras vidas en sus canciones. Además de una buena dosis de talento, no hay magia negra de por medio, sólo verdad. Porque sí, está muy bien escribir canciones sobre el último beef con la cantante de moda o sobre la dureza de la fama, pero es nuestra realidad la que nos toca, porque la conocemos, la sentimos y la hemos vivido. Ese amor que nos marcó, esa persona que nos rompió en mil pedazos y ese corazón que nosotros aplastamos sin piedad.

En su discografía, la banda colombiana ha sabido recoger todas nuestras historias, cada una con sus particularidades, pero, al fin y al cabo, historias universales. De por medio, nunca hay nombres y, sin embargo, todos están presentes. Y es ahí donde reside la verdadera fuerza de su música, a través de canciones como Cuando nadie ve y su letra. En el logro de que todos los que la escuchen puedan encontrarse en los versos. En que en sus temas puedan ver a María, a Juan, a Julieta, a Fabio y a Alejandro. También a esa persona a la que siempre miraban desde la distancia, sin saber nada e imaginando todo. Y a quien ahora camina a nuestro lado.

Quizá estos cuatro músicos hayan tenido vidas muy intensas y amores muy variados. Pero puede que la verdadera clave esté en la sensibilidad y la escucha. En saber ir más allá del dolor y de la euforia y en la valentía de desnudar sus almas y las de los demás mientras les hacen bailar. Porque con todo, incluso cuando le cantan al desengaño, lo bañan con acordes alegres que nos recuerdan que la vida sigue. Y que sentir es lo importante. De ahí, de la libertad de sentir sin barreras y de dejarse llevar por lo que venga es de donde surgen esas cosas bonitas, que simplemente pasan.

Así, dejándonos llevar por el banjo de Villa, cada vez son más las generaciones que, en vez de soñar con bailar una de Juan Luis, queremos bailar y amar al ritmo de Morat.

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Ángel Mora Camarasa
26/02/2024
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