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Apología del fracaso: cuando la cultura se fija en los perdedores

Las historias sobre fracaso que recogen estas canciones, libros, pelis y series son muy atractivas, especialmente si no se está viviendo una similar.
Fotograma de La peor persona del mundo una obra cultural sobre perdedores y el fracaso vital

Para muchas personas, el fracaso es más que un estado concreto en el tiempo, es un modo de vida. Da igual que venga de un idealismo mal llevado o de un pesimismo exacerbado. No es raro entonces que en el cine, las series, la literatura o la música haya tantas obras culturales sobre perdedores. Estas han ido evolucionando y dejado matices hasta llegar a una de las generaciones, la millennial, más quemadas mentalmente de la historia. Algo de mérito, dado que las que la anteceden no van cortas al respecto. He aquí múltiples expresiones, muestras de lo que es sentirse un detrito.

Death of a clown (The Kinks)

La dificilísima tarea de definir el ambiente cultural actual a veces da con adjetivos certeros. Por ejemplo, los que lo definen como «ecléctico». Hay para quien esto es una desgracia, ya que la originalidad falta por todos los lados, pero también tiene un lado positivo. Muchas obras han sobrevivido, envejecido, extraordinariamente bien. Siguen transmitiendo igual que hace décadas aquello que pretendían decir. En esta lista ocurre varias veces y el primer caso es Death of a clown de The Kinks.

Escrita por Dave Davies, hermano del líder de la banda y siempre deprimido Ray, capta a la perfección lo que es sentirse un perdedor en la cima. En su caso era obvia, ya que corría el año 1968 y estaba en lo más alto del mundo del rock. Pero se sentía, literalmente, un payaso. Lo ha dicho en su autobiografía y a medios como Yahoo!. «Una noche cabeceé en una fiesta y me desperté rodeado de un montón de gente pululando alrededor. Me sentí un payaso de circo», cuenta el músico. Recuerda bastante a la ausencia que Pink Floyd reflejaría en Wish you were here.

Ayudado por su hermano y cuñada, fue capaz de dar a luz a Death of a clown. Su letra narra, tras un inicio que puede recordar al Himno de la alegría de Beethoven, la escena de circo más triste imaginable. Personajes deprimidos se dan a la bebida, mueren o enloquecen entre coros que claman «la la la» con irónica candidez. Precisamente, Davies ha comentado en varias ocasiones que la canción con la que Massiel ganó Eurovisión es un plagio de su tema.

Sea como fuere, la sensación de fracaso vital de Davies se transmite a través de una imagen muy recurrente, la del payaso triste deprimido. Se ha visto en Krusty y el actor secundario Bob, en el chiste de Rorschach en Watchmen, en el Tony de Los Soprano, en Balada triste de trompeta… Pese a ello, The Kinks logró clavarlo, con un sublime patetismo tanto lírico como musical.

O tasqueiro (Aki Kaurismäki)

Cuando Guimarães fue elegida Capital Europea de la Cultura para el año 2012 decidieron financiar un largo basado en cortos. Cuatro, concretamente. O tasqueiro abre una desigual andanada que, en conjunto, apenas tiene sentido. Sin embargo, la aportación del finés Aki Kaurismäki brilla precisamente por lo lamentable de la semblanza que hace.

Ídolo de alternativos, el bueno de los hermanos Kaurismäki recuerda mucho al prototipo de cineasta-autor creado en Francia. Irónico, directo, seco y con fijación por los miserables, en O tasqueiro dibuja la peculiar vida de un tabernero y su tasca. Se trata de un ser que representa una soledad extrema en pleno centro de la ciudad. Con el silencio de palabra como característica destacada, se ve un día a día en el que el fracaso total se entremezcla con el seguir intentándolo.

Una sensación de estar perdido entre tantos que sí se han encontrado empuja al rocoso tabernero. Su relación con los gatos, su intento de innovación culinaria… las escenas tiene fuerza y abandonan a su personaje en ellas. Por eso, como ocurre con tantos otros solitarios raritos, el protagonista de O tasqueiro puede causar ternura. Algo que cuadra con su fracaso en el terreno amoroso. Esa atávica bondad mezclada con el aspecto de pasado, en todos los ámbitos, que luce el tabernero lo hace un perdedor de primera fila. Uno cuya hipérbole permite más empatía de la que podría parecerle a quien no está en una espiral similar. No en vano, en lo tocante al fracaso vital, el cielo es el límite.

La conjura de los necios (John Kennedy Toole)

Portada de La conjura de los necios
Portada de La conjura de los necios.

Pero si se habla de hipérbole, la de este caso es la más exagerada que se pueda encontrar. Ignatius J. Reilly es un ser infecto. De hecho, es El ser infecto. Habita una Nueva Orleans sucia, decadente, en la que el fracaso abarca a todos los estamentos sociales. Desde los ricos hasta los miserables trabajadores, desde los privilegiados blancos a una comunidad negra a la que pasan por encima. Todos son simple y llanamente unos perdedores de aupa.

Como una suerte de tremendismo a la americana en la que prima lo humorístico, ya que si no solo quedaría llorar y vomitar al leerlo, las imágenes desagradables se suceden en un no parar. Anacrónico como nadie, Ignatius muestra además en su exterior la miseria que le carcome por dentro. Obeso, víctima de constantes gases, sucio; egoísta, manipulador, cruel.

Con todo, este caso de obra sobre perdedores cae casi mejor que O tasqueiro. Pese a que compartan muchos elementos, la ternura que causa el tabernero portugués es inexistente en el caso de La conjura de los necios. No hay forma de empatizar con Ignatius, sí con algunos secundarios. Por ello, cuando el lector llega a este libro es más fácil que reaccione ante su propia desidia vital. Al fin y al cabo, ¿quién querría parecerse al protagonista de esta obra que se estrenó años después de que su autor falleciera?

Bojack Horseman (Raphael Bob-Waksberg)

Una gran duda aborda al elegir una serie sobre fracasados, sobre perdedores. Seinfeld era una buena elección, también Matrimonio con hijos. Pero Netflix inició su ascenso de la mano de la que mejor ha traducido a los millennial, a las crisis de madurez, esa sensación de que todo va a salir mal aunque todo se tenga. Bojack Horseman comienza con flojera, como una sitcom animada más. Pero luego comienza a golpear. Se mueve como una mariposa y pica como una abeja. Literalmente, pues con cada puñetazo destripa a sus personajes y al espectador.

La historia va de un caballo antropomorfo que bien podría ser Charlie Sheen. Conoció la gloria actoral en el pasado y ahora vive de los réditos. Le rodean una corte de inadaptados y perdedores repletos de vacíos vitales. Bojack desprecia a todo y a todos, en especial a sí mismo. Está deprimido pero no permite ayuda alguna. Cada vez que algo va a salir recto, se encarga de torcerlo con su impulsividad y complejo de Peter Pan.

Según pasan las temporadas el drama se hace más obvio, llegando a ser descarnado en su tramo final. Una serie hecha para sufrir y que completan unos secundarios construidos con acierto. Estos reflejan arquetipos de sitcoms, de Hollywood, de ese teatro en el que los occidentales buscamos un reflejo de nuestro propio fracaso.

El espía que surgió del frío (John Le Carré)

Portada de una edición de 'El espía que surgió del frío'
Portada de una edición de El espía que surgió del frío.

John Le Carré alcanzó una de sus cotas más altas con El espía que surgió del frío, un melodrama en forma de novela de espías, que contó con una notable adaptación cinematográfica. Alec Leamas es un miembro del servicio secreto británico que vive a mediados de siglo. La Guerra Fría es su ambiente, pero vivió el horror de la Segunda Guerra Mundial. Tras ser aniquilada su fuerza de campo en Berlín, retorna a Londres donde accederá a tener una última misión a cambio del retiro.

Sórdida hasta decir basta, El espía que surgió del frío descorazona página tras página. Leamas está de vuelta de todo y solo quiere que le dejen en paz de una vez, dejar de ver muerte. Liz, una cándida bibliotecaria miembro del Partido Comunista, representa a ese pueblo inglés que no se entera de nada de lo que pasa entre bambalinas. Su juventud aporta la luz del amor al espía, pero precisamente esos sentimientos llevan a que deba abandonarla en pos de su misión. Esta es hacerse pasar por un agente doble que lleve a la caída del líder de la inteligencia de la Alemania Orienal, Hans-Dieter Mundt.

Con los ingredientes en la coctelera, Le Carré agita sin compasión a personajes entre los que se encuentran Smiley o Control. Empieza lentamente para acabar cerrando todo con la maestría habitual. N en vano, saber llevar un argumento a sus diez últimas páginas con la tensión en lo alto y concluir sin que sepa a truco era la especialidad del escritor. No se dirá nada mas, pero el final de esta historia de perdedores con flema británica es de los que sientan como una patada en el estómago.

La peor persona del mundo (Joachim Trier)

Uno de los candidatos a mejor film de 2021 trata directamente sobre el común de la generación millennial. Esta se representa a través de la tan adorable como inaguantable Julie. Contada a través de capítulos, se puede ver el descenso a la indefinición de la joven. Tantas oportunidades tiene que no sabe qué hacer con ellas. Al fin y al cabo, siempre tiene a alguien a quien decepcionar, especialmente a aquellos que vivieron tiempos pretéritos más difíciles, que le han creado esa plataforma de pura falsa seguridad.

Joachim Trier, director, y Eskil Vogt, coguionista junto al realizador, la rodean de dos hombres que también son tan fracasados en lo vital como ella. Por un lado, Aksel, que es el representante de la generación X, la anterior a la millennial y que anda casi igual de perdida que esta. Cuarentón, es un heteropatriarca suave y consciente de ello. La sociedad es demasiado fuerte como para que uno pueda superar el sino que esta le impone. Por otro, Eivind, un muchacho sin aspiraciones que puede ser tierno y majete, pero, claro está, eso nunca es suficiente. La tranquilidad no es lo que se busca, por mucho que lo diga ese niño regordete apoyado en el borde de una piscina.

La vorágine interna en la que vive Julie lleva a que no dude en mostrarse caprichosa. A no estar nunca a gusto. A ahogarse en un vaso de agua. Más todavía cuando el tiempo pasa y no cumple lo que tendría que haber cumplido junto a los treinta. Cuando, más por ser mujer, siente la displicencia de quienes la rodean. Por eso ella se cree la peor persona del mundo. Mejor destacar aunque sea en la negativo. El problema es que ni eso. Esta chica, sus novios y quienes vean la película no dejan de ser uno más entre el montón. Porque en la mayoría de las ocasiones no se puede ser más que un perdedor mediano y en algún momento hay que aceptarlo.

Behind blue eyes (The who)

Lifehouse iba a ser una ópera rock de ciencia ficción digna del Todd de Bojack Horseman. Un género que The Who explotó con Tommy y Quadrohpenia. Pero, en este caso, todo se quedó en la fase de proyecto. Idea de Pete Townshend, prácticamente su único defensor, el musical iba a estar compuesto por temazos que acabaron siendo famosos por sí solos, como Baba O’Riley, Who are you? o We won’t get fooled again.

Behind blue eyes es otra de las canciones que iban a aparecer en Lifehouse. Parte del punto de vista del villano, Jumbo. Esto se nota claramente en la letra y la melodía, de una agresiva rabia. Los versos recogen a la perfección la sensación de verse obligado a ser el malo de la película. De ser incomprendido, de encontrarse solo y de sobrellevarlo siendo lo que uno cree que los demás piensan de él. Ahí está el drama, tan habitual en la ficción, de una mala comunicación afectiva llevando a un ser a su peor faceta.

Por eso el narrador de la canción de The Who se puede ver como un perdedor. Porque no querría estar ahí. Estaría mejor participando del amor, de la sociedad a la que se enfrenta. Nadie le entiende y su vida interior sale en los borbotones a ratos penoso y a ratos iracundos espetados por Roger Daltrey, la voz de la banda.

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