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Oppenheimer o cómo Nolan se mira a sí mismo

El autor ha metido grandes dosis de él en su obra magna.
Oppenheimer y Nolan

Qué pasa en la cabeza de un creador, sea este o no del agrado de quien consume su obra, es un misterio que aporta discursos infinitos. En el caso de Christopher Nolan lo habitual es aplicarle una capa de reverencia sesuda. De sus declaraciones se extrae que acepta de buena gana la categoría de genio que le dan sus fans. Con Oppenheimer buscó un truco final. La más que discutible profundidad filosófica de Tenet, Dark knight o Interstellar dieron paso a un film sinónimo de grandilocuencia en el que se puede ver no solo una ficción sobre un físico torturado, sino un discurso sobre la creación que bien podría ser autobiográfico.

El director con mejor marketing del siglo

Aunque use mecanismos más sencillos que el del chupete, la campaña de marketing que se ha autoaplicado Nolan es casi tan buena como la de Apple. De Michael Bay se puede hacer mofa por ejemplo. Su colega siga una línea industrial muy similar, pero adaptada a la necesidad del público de sentirse sofisticado. Si Transformers es una máquina de hacer dinero adolescente que va de cara, Origen es lo mismo para millennial pero con la cobertura de lo respetable.

En Oppenheimer, Nolan aprendió de James Cameron cómo realizar una buena campaña. Imitando a su compañero en Avatar 2, aplicó con gracia el no parar de comentar su obra. La prensa, sus fans, le exigían contenido y no paró. Además, el bendito Barbenheimer. Si con la paupérrima Tenet logró alzarse como salvador de las salas durante el Covid, con este innegable fenómeno junto a Barbie podría volver a apuntarse el tanto de demostrar que las salas siguen vivas.

La gran agilidad del director ha ido situándole en el ámbito del culto. Admirado como sus héroes, su estatus de intelectual es digna de un mito en vida. Sus películas se analizan como obras místicas de significado obtuso. También tiene quien le cuestiona o encuentra más simple (para qué mentir, quien escribe esto pertenece a ese equipo). Esta diatriba puede parecer alejada del objetivo del artículo, que va de cómo Nolan se ha metido a sí mismo en Oppenheimer. Precisamente, el film habla de una persona que compone una leyenda moderna. Un relato descrito por su creador como «con moraleja». En esas brumas de lo mítico es donde quizá el cineasta se funde con su personaje.

Crear mitos, una necesidad muy yanqui

Un detalle que levantó pasiones en el fandom Nolan fue el que escribiera el guion en primera persona. A esto se añadió un código de color: blanco y negro para cuando se presentaba la realidad externa al prota, normal cuando la subjetiva. No son cuestiones que se hayan hecho por primera vez. De Mommy a Samurai Jack han jugado a variar el formato entre secuencias para cambiar perspectivas o estados de ánimo. En todo caso, Christopher lo vendió muy bien y lo usó mejor.

La obsesión que sentía el director por la figura del que considera uno de las grandes mitos americanos se gestó durante décadas. Es lógica. El realizador muestra, como Michael Bay o Clint Eastwood, una visión tremendamente estadounidense de la vida. La mezcla con dejes británicos, especialmente al elegir reparto, pero sus temas y grandilocuencia son del otro lado del charco. Por ello siempre se ha sumergido en la creación del entramado mítico, de la iconodulia de EE.UU. En El truco final, en la trilogía Batman y sobre todo en Oppenheimer. El nuevo imperio global necesitaba contrapesar su falta de pasado con algo y quizá por ello son tan dados a los biopics o a los superhéroes.

Cuando Nolan se fijó en Oppie vio un relato entre junguiano y oriental. Ante todo, una historia mítica que actualizaba otra vez cuentos como los de Prometeo. Ese mensaje de advertencia, ligado por el director a la IA, es una forma más de deificar a quién lo sufrió. El creador como parte de un panteón, castigado por el potencial que él mismo desató. Tan dado a historias épicas y masculinas, con protagonistas claros en los que se centra toda la atención, lo de poner el guion en primera persona cuadra. Además, a través de esta decisión, podía meterse de lleno en problemas que le afectaron personalmente, como el miedo nuclear en su infancia. Más en su salsa que nunca, los delirios audiovisuales o de grandeza fluyeron de la cabeza del autor al libreto en el reflejo de una mente creadora a través de otra que también se considera genial.

Un relato ideal para un guionista que no sabe contar emociones

Si ha tenido un deje Nolan en su carrera, era no saber crear personajes con los que empatizar más allá de un nivel básico. Los entramados narrativos, de extrema sencillez pero retorcidos al extremo para simular complejidad, se llevaban por delante el factor emocional. Esposas o padres muertos, vástagos perdidos, mujeres que nunca van más allá del recurso de guion o del apoyo al protagonista… Quizá el robot de Interstellar ha sido su ser más empático hasta la llegada de su cuento prometeico.

Con una novela que ya hacía esa referencia como base, confió en grandes intérpretes para crear humanidad. Precisamente, su gran capacidad de elegir el reparto ha salvado en buena medida a sus films. Como Asimov, plantea más ideas que otro asunto, pero sus actores y actrices son los que se encargan de darles matices. En ocasiones, como Tenet, ni grandes intentos de esto lo consiguen debido a un libreto que salta al absurdo en la búsqueda de ser inteligente.

Oppenheimer, en cambio, se apoya en la historia y un inmenso Cillian Murphy en primera persona para interesar. Además, el protagonista coincide con los gustos de Nolan. Es un hombre, las mujeres siempre fueron accesorias en su vida, se veía como un creador filósofo… Era un mix perfecto para el yanqui nacido en Londres. Hasta Emily Blunt y Florence Pugh lograron hacer de sus cosificados personajes algo más que tótems familiares o sexuales, dentro de lo posible siendo la película de quien es.

Todo hacía prever antes de su estreno que Oppenheimer iba a ser un film muy de su autor. Después del mismo, es posible tomárselo como una obra con mucho del propio Nolan como personaje público en su interior. El iconódulo narrando al mito atómico más clásico. Un film que, como Dune, mira al gran Hollywood del pasado para ser no solo un entretenimiento sino algo trascendente. Una leyenda en sí misma donde el guionista y director busca el olimpo del creador, mientras que su protagonista encuentra el de Estados Unidos. Menos cerebral de lo que aparenta, con un tercer arco que se eterniza y un clímax continuo que solo resiste para quienes son fans del cineasta, el tema o alguno de los protagonistas, consiguió no obstante demostrar que el cine puede seguir perteneciendo a las salas.

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