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Amor y fantasía: películas para disfrutar de la confluencia de ambos mundos

Both? Both is good.
Películas de amor y fantasía

Amor y fantasía, qué agradable combinación. La primera película en la que pienso cuando pienso en películas de amor y fantasía, todo junto, es Eternal Sunshine of the Spotless Mind, que en España recibió el cuestionable (muy cuestionable) título de ¡Olvídate de mí!. Seguramente sea una de las primeras que aterrizan en la cabeza de todos. Esta película dirigida por Michel Gondry, ayudado en el guion por Charlie Kaufman y Pierre Bismuth, es un ejemplo claro de lo bien que pueden entenderse ambos géneros. No voy a añadir contrapuestos, aunque sea el recurso fácil. Si las películas (las historias, sin importar el formato) de amor buscan el lado más sensible del ser humano, tal vez las historias de fantasía busquen su lado más épico, aventurero o imaginativo, pero por qué ambos aspectos iban a ser contrapuestos. El señor de los anillos puede funcionar sin la historia de amor entre Aragorn y Arwen (¿puede?), pero nos gusta más con ellos.

Eternal Sunshine of the Spotless Mind

Esta combinación funciona estupendamente cuando la una (el amor) se entrelaza con la otra (la fantasía) para construir la historia, no como un mero apoyo o como una subtrama (como puede ser, de hecho, el caso de Aragorn y Arwen), sino como un bloque indivisible de creación. Es decir, Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004). En esta película, Joel (Jim Carrey) descubre que su ex pareja, Clementine (Kate Winslet) se ha sometido a un innovador (y, como el título en España, cuestionable) tratamiento para borrar de su memoria todos los recuerdos en los que él aparezca de alguna forma. Dolido, frustrado, enfadado, decide que él también pasará por ese proceso.

El espectador se adentra así en los recovecos de la memoria de Joel donde, entre situaciones surrealistas e imágenes oníricas, se hace evidente el amor que siente por Clementine y lo importante que ha sido el paso de ella por la vida de él, porque todo nos forma de algún modo. Así que Joel, desde dentro de su propia cabeza, intenta parar este proceso de borrado. No han tenido un final feliz, pero qué más da, no quiere olvidarla. Eternal Sunshine of the Spotless Mind es una historia de amor, pero no se explica sin este componente fantástico que, en este caso, tira hacia la ciencia ficción para crear una simbiosis perfecta, una de las mejores comedias románticas del siglo y una historia tremendamente original, tanto en la forma como en el contenido.

La princesa prometida

Mucho más clásica es La princesa prometida (1987), esa inolvidable película de fantasía medieval, de capa y espada, de aventuras, que no deja de ser sin embargo otra comedia romántica. Lo que sucede en este caso es que esa historia de amor se ambienta en ese universo mágico, universo que el espectador va descubriendo a medida que el protagonista, siempre motivado por el amor, avanza. La fantasía es la ambientación, los obstáculos, la aventura; el amor es el motor.

Una cuestión de tiempo

El amor también es el motor de Una cuestión de tiempo (2013), la obra definitiva de Richard Curtis. Se ha intentado decir en muchas ocasiones que esta película protagonizada por Domhnall Gleeson y Rachel McAdams es “mucho más que una comedia romántica”, pero no, qué va. Es una comedia romántica con todas las de la ley que sabe aprovechar muy bien todos los aspectos que siempre contienen las películas del género. La familia, las amistades, el desarrollo personal juegan un papel fundamental en esta historia, porque es una historia bien construida y desarrollada, no porque sea una rareza en el género. Es porque es lo mejor del género.

El protagonista de Una cuestión de tiempo ha heredado de su padre el don de viajar en el tiempo. Aunque atado a condiciones, durante unos años es capaz de regresar al pasado tantas veces como desea para enmendar errores, malentendidos, meteduras de pata y otros conflictos diversos. El objetivo último de este personaje es encontrar el amor. Siendo justos, esta es una película donde hay más amor que fantasía. Si esta última gana valor es precisamente por su componente humano.

Sin Fin

Sucede algo parecido en Sin Fin (2018), la película con la que los hermanos Alenda nos sorprendieron en 2018. Protagonizada por Javier Rey y María León, ambos fantásticos, Sin Fin no es una comedia romántica sino un drama en toda regla. Su componente fantástico también tiene que ver con la capacidad del protagonista de viajar en el tiempo, pero sus motivos son muy diferentes. Javier no quiere encontrar el amor, Javier quiere recuperarlo. Quiere, precisamente, recuperar el tiempo. Lo que hace funcionar a Sin Fin es eso que todos hemos pensado alguna vez, también relacionado con Una cuestión de tiempo: qué pasaría si tuviéramos una segunda oportunidad para hacer mejor las cosas, ¿la aprovecharíamos?

Tampoco en este caso el amor funcionaría sin la fantasía, porque esa reflexión, tal como se plantea en Sin Fin, necesita de esa oportunidad en forma de imágenes para adquirir todo su sentido. Preciosa y sentida historia de, eso sí, difícil visionado.

Palm Springs

Casi parece que este texto lo esté escribiendo Christopher Nolan, obsesionado como está con el tiempo. Es que se trata de un elemento de lo más interesante que estirar, contraer o convertir en un bucle para desarrollar una historia. Vamos con dos películas diferentes entre sí, dos comedias románticas, en las que es tan importante el bucle temporal en el que están atrapados sus protagonistas como el amor que surge entre ambos. Por un lado, Palm Springs (2020). En un año como 2020, qué maravilla tener este respiro de película. Entretenida, divertida, dos protagonistas en estado de gracia que se enamoran atrapados como están en un bucle temporal. Deshacerlo o no, volver a sus vidas o no, quedarse eternamente en esas veinticuatro horas disfrutando el uno del otro o volver al mundo real. Da para historia, claro.

El mapa de las pequeñas cosas perfectas

El mapa de las pequeñas cosas perfectas (2021), por su parte, emplea este elemento para reflexionar, sobre todo, sobre la pérdida, sobre cómo nos aferramos a cualquier cosa (en el caso de esta película, un bucle temporal) para no dejar marchar a quien no queremos dejar marcha. De corte juvenil, de nuevo ni se explica ni funcionaría sin este componente fantástico. En este caso, el amor puede quedar destruido por ese elemento fantástico, que no es sino la expresión que uno de los protagonistas encuentra para evitar el dolor.

Ruby Sparks

Otra fantástica simbiosis entre amor y fantasía se da en Ruby Sparks (2012), dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris (directores de Pequeña Miss Sunshine (2006), por poner algo de contexto a la calidad). En Ruby Sparks, Paul Dano da vida a Calvin Weir-Fields, un escritor de éxito que sufre del más clásico de los bloqueos. Es incapaz de tener una buena idea, y en cierto modo está relacionado con su deprimente vida amorosa. Es como si necesitase una musa. Un día, de pronto, no solo consigue crear un personaje femenino del que se enamora perdidamente sino que ese mismo personaje aparece en el salón de su casa, en carne y hueso. Se llama Ruby Sparks (Zoe Kazan) y lo ha creado Calvin, a su medida.

Claro que es difícil tener resultados positivos de este jugar a ser Dios, a crear vida. ¿Tiene Calvin derecho a modelar la vida de Ruby ahora que tiene la suya propia? ¿Está Calvin enamorado de Ruby, una persona ajena a él, o siendo como es una producto de su imaginación no deja de ser una parte de sí mismo? ¿Está Calvin enamorado de sí mismo? Ruby Sparks es fantástica y una prueba más de que se pueden encontrar grandes historias cuando uno bucea en este universo particular del amor y la fantasía.

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