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Sobre ‘Pestilence’, contar sin mostrar y un monólogo interno incoherente

Al final lo menos problemático de ‘Pestilence’ es que el interés romántico sea un jinete del apocalipsis.
Reseña de Pestilence

Cualquiera con inclinación por las historias de romance con fantasía de por medio puede llegar a sentir una mínima curiosa por la sinopsis de Pestilence, libro de Laura Thalassa. “Los cuatro jinetes llegaron a la tierra montados en sus corceles, recorriendo cada rincón del mundo. Pestilence, War, Famine y Death tienen el poder de destruir a toda la humanidad y ese es su objetivo: acabar con todos nosotros”, comienza. Sara, la protagonista de esta historia, es una joven bombera de 21 años que tiene la misión de detener a Pestilence cuando llega a su ciudad canadiense. Tiene todas las de perder, pero no puede girar la cabeza y permitir que pase propagando la peste que lleva consigo, así que lo enfrenta.

Claro que el jinete no puede morir, así que el resultado es que Sara termina siendo su prisionera, condenada a acompañar a Pestilence por Canadá mientras arrasa poblaciones enteras. Cuál es su sorpresa cuando se descubre empezando a sentir algo por el jinete, así como dudando de lo que el jinete podría sentir por ella. Cuál es la sorpresa del lector cuando se encuentra, en medio de todo esto, una discordancia absoluta entre el monólogo interno de la protagonista y los hechos narrados. Pestilence, como libro, tiene grandes problemas. Vamos a analizarlos.

spoilers de literatura

«Show, don’t tell»

Portada internacional de Pestilence

Esto viene a significar básicamente que si quieres que el lector crea en tu historia vas a tener que hacer algo más que compartir información. El problema de muchas historias de romance es que no terminan de transmitir esa sensación de que los protagonistas realmente se están enamorando. Porque no suele bastar, no debería bastar, con narrar una consecución de hechos, el lector tiene que ver en esas páginas que realmente esos personajes se están gustando. Cuando en el capítulo 14 de Pestilence, la autora escribe “pero cuanto más tiempo paso con él, más confusos son mis sentimientos”, el lector puede sentir una absoluta desconexión con la historia porque hasta ese momento la protagonista y el jinete no han compartido una sola interacción que explique que esto sea así.

No ha habido entre ellos un intercambio de dos frases con gracia o con peso, ni siquiera de dos frases con una cierta amabilidad. Muy al contrario, lo que está viendo el lector es un coso inmortal que ha llegado a la Tierra a cargarse a toda la población humana y que, por si lo general fuera poco, de manera concreta ha torturado a la protagonista de la historia bajo el emblema “quiero hacerte sufrir”, que seguramente pueda llegar a ser útil en las escenas eróticas que con toda seguridad se sucederán en la segunda mitad del libro, pero que aquí comprometen una barbaridad el monólogo interno de la protagonista. Porque, a estas alturas, el monólogo interno de la protagonista ya cuenta con frases como “verlo cuidar de mí, que sea tierno conmigo”, mientras ese “quiero hacerte sufrir” por parte del jinete se mantiene. Y es, de hecho, lo único que ve el lector. Mientras Sara, la protagonista, piensa que ha cuidado de ella, el lector frunce el ceño, porque no está viendo eso.

Hay una incoherencia absoluta entre lo que está pensando la narradora y lo que está viendo el lector, que es lo que está viviendo la narradora, así que se siente como que la narradora está pensando mal, de forma equivocada. Podría tratarse de un caso premeditado por parte de la autora, que busca que desconfiemos de ese monólogo interno, o que nos mostremos en desacuerdo con él, pero no es así. Es un caso en el que está contando cosas que no encajan con lo que está mostrando.

Otros problemas de Pestilence

Pestilence, en realidad, está lleno de problemas. No vamos a escandalizarnos a estas alturas por la historia de un romance entre un ser sobrenatural inmortal y una joven, aunque desde luego podríamos, sobre todo porque es tóxico de narices. Pestilence tortura a Sara, repite hasta lo cansino ese “quiero hacerte sufrir” y lo que piensa Sara es mariposas. Es cierto que la autora escribió esta historia hace seis años, cuando no teníamos una conciencia tan colectiva de los límites que estamos dispuestas a aceptar o no, pero aun así. Está mal.

Pero dejemos de lado que se nos arruga el morro pensando en este romance. Pestilence no funciona porque si vas a contarme cómo te enamoras de un jinete del apocalipsis que te ha torturado y que se está cargando a toda la población mundial, vas a tener que esforzarte en contarme por qué está siendo así. Lo ya dicho. Uno no tarda en darse cuenta de que la línea reflexiva creada por la autora es totalmente equivocada. “Eres un buen hombre, Pestilence”, le dice Sara hacia la mitad del libro, mientras sigue asesinando sin explicación.

Más allá de eso, la historia es lineal y repetitiva, los personajes son planos a rabiar, las motivaciones de él no están ni mínimamente explicadas y ella no enlaza dos declaraciones con sentido. “Justo cuando creía que habíamos dejado los horrores atrás, llega otro”, piensa en un momento determinado, pensamiento que se antoja sin sentido, dicho porque sí, porque es evidente que si estás viajando con una criatura cuya misión es acabar con la población mundial los horrores jamás acabarán.

Los pensamientos de Sara son contradictorios y parece tener el foco puesto donde no es. “Ahora tengo un asiento en primera fila para el fin del mundo”, dice al día siguiente de ser capturada por el jinete. Estupendo, muy coherente sentirse así. No dedica más de dos pensamientos a su familia en la primera mitad del libro, ninguno de ellos demasiado elaborado, a pesar de que en teoría enfrenta al jinete para protegerlos. Su máxima preocupación es que las casas que van ocupando durante el viaje están sucias o desordenadas, y en una ocasión llega a decir “puede que Pestilence les quite la vida, pero yo me apropio de todo lo demás. Y empieza a parecerme bien”, lo que resulta demencial.

Lo cierto es que dejé de leer Pestilence en un momento puntual. Cuando invaden la casa de un matrimonio de la tercera edad, este matrimonio no solo se muestra amable con ellos sino que la autora los retrata ilusionados por su llegada. “De verdad les ilusiona que estés aquí”, le dice Sara a Pestilence, tratando de convencerlo de que puede confiar en su generosidad. Quien no puede confiar en su generosidad es el lector, porque si te paras a pensarlo dos segundos en seguida comprendes que ningún par de abuelos recibiría con té y pastas a la criatura inmortal que va a asesinar de forma cruel a sus nietos. Da rabia lo de esta libro, porque esa sinopsis prometía.

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Ángel Mora Camarasa
24/04/2024
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