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Mucho más que infectados rápidos, por qué ’28 días después’ revolucionó el género zombie

Una peli que, por muchas razones, marcó época y señalo el camino a otras ficciones.
Segmento del póster de '28 días después'

Resulta adecuado a la narrativa que las ficciones de no muertos tuvieran que revivir. Tras el alza de los años setenta y ochenta, hubo un declive. El segmento se pudría inerte, sin que nada hiciera que movieran sus pobres extremidades en busca de dar mordisquitos. Entonces, llegó ella. Introspectiva, profunda, con un intrigante cariz atlético… 28 días después revolucionó el género zombie. Lo devolvió a la (no) vida y motivó que durante dos décadas fuera una estrella total en cine, cómics, videojuegos y televisión. Todo gracias a unos tipos ingleses.

Infectados puestos de metanfetaminas

Alex Garland no escribió un guion sobre zombies típicos. En puridad infectados, en realidad no estaban muertos y revividos. Simplemente tenían una especie de rabia, el patógeno rage, que les volvía hiperagresivos. Se les mata como a cualquier humano, aunque aguante un poco más por eso de la falta de conciencia propia. Si alguien se pregunta, entonces, donde está la innovación, debe mirar al nivel de energía que desplegaban.

Los infectados de 28 días después, y su secuela por supuesto, son rapidísimos. El contagio se produce por vía sanguínea y a través de otros fluidos corporales como la saliva. 20 segundos y pum, zombie. Entonces, hasta el más fondón se torna en un atleta. De hecho, Danny Boyle contó con deportistas para hacer de sus criaturas.

Esta sencilla evolución lo cambia todo. La norma del cardio se va al garete. Estos bichos no solo corren mucho, sino que saltan y golpean duro. Una pesadilla en los espacios cerrados y que hace que el vector de contagio se exagere. Eso sí, como contrapunto los infectados acaban muriendo de inanición. Esta violencia se inspiró en parte en el videojuego Resident Evil, que hizo a Garland volver a interesarse por los mordedores.

Si se quiere buscar en dónde ha influenciado este aspecto solo hay que mirar a obras como Guerra Mundial Z. La novela salió en 2006 y sus zombies deben mucho al film de Boyle. Hacia el este, el Tren a Busán de Yeon Sang-ho es otro claro ejemplo, así como su secuela Península. Sin olvidar la serie, también surcoreana, Kingdom.

El apocalipsis va por dentro

Cuando se juega a Mass Effect, especialmente a su tercera entrega, se percibe la desesperación de no poder hacer nada. Todo ha caído ante la rabia, muy estilo 28 días después, de los cascarones y demás zombies cibernéticos creados por los Segadores. Pero cuando lo peor lo pasa el protagonista es cuando se va a dormir. Ahí llegan las pesadillas, el por qué no salvé a ese niño, etc. Este acercamiento a la carnicería no muerta ha sido una de las grandes herencias que dejó el film de Boyle y Garland.

El Jim de Cillian Murphy precisamente sufre cuando duerme. También Andy en 28 semanas después. La Selena de Naomie Harris acaba destrozada, superada por la realidad. Hay muchas decisiones difíciles que tomar, gente a la que matar, si se quiere sobrevivir a la pandemia de rage.

28 días después supo dotar de intimismo y humanidad al género de zombies. La mencionada saga Mass Effect bebió de ello, pero también otra igual de notable como es The last of us. En el desarrollo de Joel y Ellie se puede ver la influencia clara del largo británico. Más que porque también haya un padre y una hija, Frank y Hannah, por el detalle que se pone a crear personajes y no estereotipos. A mostrar que cualquiera en esa situación acabaría roto, por mucho pegamento mental que use para que parezca lo contrario.

Entornos vacíos en ese día después

El despertar de Jim y el de Rick, de The walking dead, son más que parecidos. La serie llegó en 2010, pero el cómic databa de 2003, año en que se estrenó 28 días después en Estados Unidos. Según Kirkman, fue una casualidad. No es raro, ya que él y Garland comparten los referentes. Sea como fuere, la adaptación de AMC sí que bebe del trabajo de Boyle en un aspecto. Se trata de esos inmensos espacios urbanos vacíos.

Boyle tuvo que currárselo para mostrar su Londres sin nadie. Según él, que el 11S no hubiese pasado todavía fue clave. A esto se sumaron los madrugones para que la afectación a la ciudadanía fuera mínima. El resultado es apabullante porque la urbe está ahí, se reconoce a la perfección. The girl with all the gifts, años después, también mostraría su versión de la capital inglesa postapocalíptica. Asimismo, este golpe de efecto lo replicaría la adaptación de Soy leyenda, con sus zombies vampiro, en Nueva York.

Rick entrando en Georgia a caballo en la serie también retrotrae visualmente a las andanzas de Jim. The last of us basa buena parte de su atractivo en esto. En recorrer un mundo paralizado, con comida podrida por doquier. En esos vacíos absolutos en los que en cualquier momento puede aparecer la muerte, ya sea infectada o humana. La exploración es paralela incluso en el elemento de las notas, tan presente en el videojuego. Porque es a través de una que el prota de 28 días después recibe el último mensaje de sus ya fallecidos padres.

Cuarentena y la búsqueda de la normalidad

Hay que reconocer que la mala suerte para el planeta Tierra fue una bendición para 28 días después. El entorno de cuarentena vivido en casi todo Occidente hizo que tuviera un nuevo pico de interés. En ella se puede contemplar cómo todo se ha venido abajo sin que instituciones públicas puedan hacer nada. Tampoco aciertan en dar acabada la pandemia en la segunda parte. Además, uniendo este punto y el anterior, nada asusta más que ver vacía una calle que normalmente bulle de vida.

Esta involuntaria profecía no hace sino aumentar el prestigio de 28 días después. Sus personajes buscan elementos de normalidad para superar el trauma. La escena del supermercado es una buena muestra. Simplemente comprar es un placer. Cuando no podíamos salir de casa más que para ello, era fácil sentirse como Jim, Selena, Frank y Hannah al ir a la tienda de turno. Acampar, ir en coche, hacer un plato nuevo… la gran mayoría de la población ha experimentado, como los personajes del film, el placer de querer volver a la vieja, anodina, normalidad.

Una sociedad que deja de serlo rápidamente

Doomsday es un batiburrillo que entremezcla Mad Max, 28 días después y 1997: rescate en Nueva York en un entorno pandémico. Aquí la cuarentena es tal que para aislar Escocia, como si de Roma se tratase, se reconstruye el muro de Adriano. Pero lo que destaca del film es, como se puede intuir por las referencias, la originalidad de cómo muestran diferentes descalabros de la sociedad.

El militarismo es una lacra que ha sufrido todo el mundo desde hace milenios. Lo de que soldados se pongan al mando es muy habitual también en el género zombi. 28 días después y su secuela inciden en ello. La segunda lo hace de una forma menos sucinta que la primera. Recuerda, de hecho, a The last of us. En la peli de Boyle, un grupo de militares renegados forma su propio entorno seguro y usa otro clásico de este segmento del terror: usar una llamada de radio para atraer a otros supervivientes.

Lo que aguarda es un grupo de machos que buscan hembras, literalmente. Se creen que están haciendo lo correcto. Dejan que los elementos culturales más básicos les dominen. El colapso social se representa en ellos al igual que en las facciones de The walking dead o The last of us. Como en los grupúsculos, zafios pero divertidos, de Doomsday. Mad Max ya hizo un trabajo previo encomiable reflejando esto. 28 días después lo aplica a su entorno de ficción. Termina de instaurar en él ese clásico Homo homini lupus, con excepciones como Fran o Farrell, ya observado en la clásica Dawn of the dead de Romero y Argento.

En definitiva, realismo cuando toca

El nuevo milenio trajo un renovado interés por la salud mental. Los millennials son una generación que busca ayuda, que se ve reflejada en personajes que sufren en su cabeza. Por eso una película como 28 días después les cayó tan bien. Estaba ahí justo en el momento de su adolescencia o primera juventud. Justo cuando el mundo dejó de ser el mismo al contemplar cómo dos aviones derribaban el centro económico de Occidente.

El apocalipsis no es extraño a quien haya nacido desde mediados de los ochenta. Crisis tras crisis, atentado tras atentado, desastre tras desastre, cuando se contempla a Jim penando por sobrevivir en un entorno podrido es fácil ver un reflejo propio. Torturado mentalmente, el futuro que le espera es aciago en el mejor de los casos. Él lucha para que no le muerdan o encontrar comida, la juventud actual para pagar el alquiler o encontrar trabajo. Malcolm vislumbró esa falta de potencial y 28 días después también la puso ahí con infectados por medio.

Pero el realismo del que hace gala y que tanto ha inspirado a otras ficciones, tiene momentos de relajo. Como esa escena en el túnel. El coche avanza y acaba superando, saltarín, el montón de chatarra. Solo se pincha una rueda, ante la irreverente sonrisa del Jim de Cillian Murphy. Es una fantasía, porque estas ocurren, pero alrededor siempre hay un infectado para atacar. Un muerto al que menear sin saberlo y que hace que, por la mala suerte de que una gota de sangre caiga justamente en el ojo, todo se vaya al garete. Las historias de Romero eran metáforas sobre el racismo o el consumismo. La de Boyle y Garland no dejaba de ser una sobre la propia audiencia. Por eso, sobre todo, lograron que trascendiera.

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