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‘Fundación’ o cómo ser una pésima adaptación al tiempo de una serie decente

Una ficción de ciencia ficción chula pero que no sabe adquirir rasgos claves de la trilogía de Asimov.
Segmento del póster de la segunda temporada de 'Fundación'

Apple TV+ tiene en Fundación uno de sus grandes caballos de batalla. Es su baza para combatir a Los anillos de poder, The last of us o La casa del dragón. Una serie que se ve inmensa, con un presupuesto enorme y el necesario aire grandilocuente. Muy entretenida, también se trata de una adaptación tirando a pésima de la obra de Asimov. De esta se ha dicho una y otra vez que era inadaptable. Lo cierto es que al menos de momento sigue siendo así.

Las complicaciones implícitas de adaptar las novelas de la Fundación

Isaac Asimov es uno de los tótems indiscutibles de la ciencia ficción del siglo XX. Bioquímico y divulgador histórico, se le conoce sobre todo por su labor de escritor. En ella mezcla ciencia e historia, además de otros intereses como el género detectivesco. La gran candidata a ser su obra magna es el Ciclo de Trantor, también conocido como la Trilogía de la Fundación.

En ella propone un imperio galáctico análogo al Imperio romano. Son lo mismo, casi literalmente. La diferencia es que en la ficción de Asimov hay un tipo llamado Hari Seldon. Este matemático inventó la psicohistoria, palabra que el autor introdujo al idioma inglés junto a «positrónico» y «robótica». Esta ficticia rama de la ciencia se basa en el comportamiento de los gases, Así, postula que se puede predecir los sucesos que sucederán a una sociedad lo suficientemente grande siempre que esta no sea consciente de la predicción.

Con la psicohistoria debajo del brazo, Seldon descubre que el imperio va a colapsar y que podría rebajar el lapso de barbarie de varios milenios a uno solo. Por ello, su trilogía inicial, expandida en su saga robótica y con varias secuelas, abarca relatos sueltos separados por largos espacios de tiempo. Es un concepto antológico Asimov usaba un estilo a través del cual articulaba sus ideas a través de sus personajes, siendo el desarrollo de estos nulos. Llevar esto a la televisión o al cine no plantea más que problemas.

La intentona de Apple TV+

Los vacíos que se deben llenar para contar la historia de la Fundación son enormes. Era inevitable que se dieran añadidos extras, así como cambios. El tema de que ciertos personajes cambiaran de sexo y raza no se tratará aquí. Baste decir que esto no afecta en absoluto a la cuestión de la adaptación. De hecho, la narrativa de Trantor y la saga clónica de los emperadores cuadra a la perfección. Es una forma óptima, además, de crear continuidad en una obra tan falta de ella como es la de Asimov.

Con un presupuesto enorme, el resultado es visualmente bárbaro. El ascensor entre Trantor y su órbita, el aspecto neoclásico del imperio, los paisajes abiertos… Es difícil poner pero, así como es complicado hablar mal de la banda sonora. Sin embargo, cuando se pasa a lo narrativo, el caos surge.

David S. Goyer ha querido mezclar tantos elementos para hacer entretenida la adaptación que llega a pasarse de rosca. La obra de Asimov es aséptica, casta. En la serie de televisión se intenta un acercamiento a lo Juego de tronos que descuadra. En Terminus hay batallas espaciales y combates cuerpo a cuerpo. No es el fuerte del producto. Llegan pronto, sin sentido y con coreografías que no funcionan. Fundación no es Dune y mucho menos Warrior o John Wick. Mas estas cuestiones siguen sin enfrentarse al original de forma irreconciliable. Otras, sin embargo, chocan frontalmente.

Actos no justificados ni por la Ley Zeroth

Sin entrar en la identidad histórica de Eto Demerzel, mayordomo robótico de los emperadores Cleon, baste decir que se trata de un robot cero. Contempla las tres leyes de la robótica de Asimov, además de una extra. La primera consiste en no dañar seres humanos por activa o pasiva, la segunda cumplir órdenes de estos sin quebrar la anterior y la tercera autopreservarse siempre que no se incumplan las anteriores reglas. La Zeroth es superior al resto e implica no dejar que la humanidad sea herida por acción o inacción.

Los robots positrónicos suelen pasarlo mal con estas leyes, de eso va buena parte de la obra de Asimov. Casi todos están regidos por la primera, segunda y tercera. Solo unos pocos elegidos trabajan con la ley cero. Esta trampa narrativa permite que sean capaces de asesinar o dejar morir a personas cuando la Humanidad salga beneficiada. Cómo calcularlo, ya es otra cosa que normalmente se soluciona apelando a la fe del lector.

En la serie de Apple TV+, sin embargo, parece que Goyer se ha fumado esto en lo que toca a Demerzel. Hay ocasiones en que su violencia contra humanos puede asociarse a la ley cero. Otras, en cambio, no. La tortura en pos de información es un ejemplo. Una ejecución absolutamente innecesaria es otro. Es difícil de entender por qué los escritores de la ficción televisiva han tomado este camino. El truco de que el emperador de turno sea llamado y tratado como «Imperio», homólogo así al concepto «Humanidad», para justificar la ley Cero es un concepto cuanto menos cuestionable. Para quien sea fan de Asimov, es algo difícil de digerir. Un corte de rollo total.

Un psicohistoria que apunta demasiado fino

Por un lado se puede ver a Fundación como una saga que versa sobre la decadencia de una civilización. Básicamente, empezó siendo eso. Pero detrás existe una visión muy positivista de cómo evitarlo. Como en el caso de los gases en que se inspiró Asimov para crear la psicohistoria, cuando más afina esta peor le va. Predecir el comportamiento de un átomo o individuo tiene fallos grotescos. El de miles de millones de ellos no.

Como toda ciencia, el margen de error de la psicohistoria existe, pero está en el rango de las ciencias duras. Es decir, es muy bajo. Su mayor enemigo son los hechos aleatorios. Un mutante por ejemplo. La amenaza es real, pero en la serie se retuerce de mala manera.

La intervención quirúrgica en el plan Seldon es un asunto. Que el éxito de este dependa de hechos tan pequeños como que dos personas sean pareja o no es otra. En la serie, la psicohistoria baja una y otra vez a un nivel que no le corresponde. Funciona a largo plazo, con grupos inmensos, humanos y no conscientes. Claro que aparecen héroes y villanos en los libros pero, salvo en un caso excepcional, su existencia es simplemente anecdótica. No son especiales, están ahí por mera estadística. Tenían que pasar, son contingentes aunque parezcan necesarios.

Haciendo un símil con la evolución, es como si Hari hubiese descubierto por qué un guisante sale amarillo o verde. Ahora puede predecir el color con fórmulas. Eso es la psicohistoria. Además, sabe como influir en las cosechas para que sean las que mejor le vengan. Eso es el plan Seldon. No hay determinismo, hay selección artificial. Las tramas de Salvor y sobre todo Gall, que casi es descrita como un Mulo, apuntan a algo distinto. A una exaltación del individuo, de la heroína elegida, que supera el concepto manipulativo intrínseco a la segunda Fundación. Precisamente, tal organismo existe para destruir a estos seres que parecen predestinados y fastidian las ecuaciones.

Una divertida mala adaptación de la saga Fundación

Entretenida y bella como es, la serie de Apple TV+ falla en la adaptación. Entra en ese club de adaptaciones que seguramente hubieran funcionado mejor sin la IP que supuestamente están llevando a otro medio. Fundación responde más a un «inspirado en el universo de» que a un «basado en la obra de» Asimov. No es lo mismo, si nos ponemos puristas.

Sin embargo, que no se tome el lector esto como una recomendación para no verla. La ficción televisiva tiene defectos, sí, pero también suficiente virtudes como para seguirla. A quien no hay leído a Asimos, seguramente le dé igual lo que pone en los párrafos de arriba. Incluso es probable que quiera leerse los libros. En caso de ser fan de la obra original, lo mejor es mirar a otro lado e intentar no lanzar algo a la pantalla cada vez que un robot rompa las leyes porque sí.

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