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El libro de Mónica Gutiérrez perfecto para sentirse bien en verano

Mónica Gutiérrez es experta en hacer sentir bien a los lectores y este libro en concreto sienta divinamente en verano.
Todos los veranos del mundo, de Mónica Gutiérrez

Cuando uno se anima con la lectura de Todos los veranos del mundo, publicado por Roca Editorial en 2018, hasta el más mínimo detalle de su aspecto ya indica el libro que va a encontrarse. Su portada colorida, animada y fresca da paso a una lectura que puede presumir de los mismos adjetivos. No en vano, Mónica Gutiérrez, la autora de esta novela, es experta en hacer sentir bien a los lectores. La recomendación de hoy va en esta dirección: Todos los veranos del mundo es el libro ideal para sentirse bien en todos los veranos que uno quiera.

Así es Todos los veranos del mundo

Todos los veranos del mundo, de Mónica Gutiérrez

La sinopsis de la obra de Mónica Gutiérrez presenta como protagonista a Helena, que regresa a Serralles, el pueblo de su infancia, a pasar el verano. Al pie de los Pirineos, Helena tiene numerosas dudas sobre ese retorno: no termina de entenderse con su familia, no se encuentra cómoda con su inminente boda y se siente perdida de manera general. El pueblo no ayuda: en un primer momento, la quietud y los recuerdos la asfixian. La aparente tranquilidad de Serralles da paso, además, a un torbellino de emociones cuando se reencuentra con Marc, un antiguo amigo que creía haber dejado atrás.

Así que Todos los veranos del mundo, al margen de sinopsis, gira en torno al reencuentro. El reencuentro de Helena con su familia, el reencuentro de Helena con su pueblo y sus vecinos, el reencuentro de Helena con viejos amigos de la infancia y sobre todo el reencuentro de Helena consigo misma. Puntos de partida clásicos en torno a los que Mónica Gutiérrez construye una historia sencilla que apunta hacia una dirección: sentirse mejor con uno mismo, las relaciones y el entorno, o bien cambiar aquello que lo está impidiendo.

Helena regresa a Serralles como muchos regresan al lugar de su infancia: con distancia, con una vida organizada y renunciando a un pueblo aparentemente aburrido que nada tiene que ver con las grandes ciudades con las que a priori podría soñar. No le apetece reencontrarse con una familia que siente que en cierto modo le ha dado la espalda, ni le apetece enfrentarse a los cambios que ha habido en su ausencia, ni quiere saber nada de los recuerdos.

A pesar de lo complejo que puede sonar todo esto, Todos los veranos del mundo no es una lectura densa o pesada, porque no es una novela excesivamente descriptiva. La escritora apuesta por la narración rápida que genera frescura, sencillez y el dinamismo que busca transmitir, lo que no significa que no sea emotivo. De hecho, apelar a la infancia es un gancho excelente para el lector más sensible, porque todos hemos tenido una. Si la novela cuenta con el tono acertado de nostalgia y ternura es fácil quedar atrapado soñando con veranos infinitos, pueblos detenidos en el tiempo y amigos a los que la juventud no quiere perder. Todos los veranos del mundo es todo esto: días eternos, pueblo, amigos, familia y amor. Un libro ideal para el verano.

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