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Valentina, ‘O tasqueiro’ a la siciliana

Personas tristes pero que al final tienen buen fondo.
Valentina de The White Lotus y el tabernero de O tasqueiro

Los seres grises también tienen derecho a existir. Aunque sean personas cenizas, de esas que van de ser invisibles a evitadas, siguen siendo seres humanos. Por tanto, también salen en ficciones. Estos personajes suelen ser pequeñas molestias o ligeros antagonistas. Siempre desagradables, a veces se les trata como incomprendidos. Buenos ejemplos de ello son el tabernero de O tasqueiro, corto de Aki Kaurismäki, y la tiquismiquis de Valentina, encargada del hotel de The White Lotus: Sicilia.

Solitarios amargados

A primera vista la gerente del White Lotus de Sicilia y el tabernero portugués no tienen mucho en común. Ella es una señora en un puesto importante. Coordina un establecimiento de lujo, dirige a un equipo amplio y habla. El personaje de Kaurismäki, sin embargo, es callado. Regenta una tasca de mala muerte y de capa caída frente a establecimientos más modernos.

Tras esta primera impresión, surgen las semejanzas. Ambos son del sur de Europa, un lugar que tiene una clara estampa en el imaginario colectivo del norte o yanqui. Se trata de un entorno pintoresco, bello y luminoso cuando se apela a lo vacacional. Al tiempo, es sórdido, primitivo y pobre cuando se muestra el estilo de vida local.

Más allá de esto, Valentina y el tabernero son seres solitarios y tristes. Solterones que tienen en lo laboral su único acicate vital. Un triste destino en el que la vuelta al hogar solo recompensa con soledad y vacío. No hay nada más allá de la barra de recepción o de bar.

Meticulosos dedicados a clientelas extremas

Ambos personajes son trabajadores pulcros. Cada uno a su manera, eso sí. El tabernero busca la forma de innovar en su recogido mundo. Investiga a la competencia, cede a la evidencia, e intenta mejorar. Expande su tan efímero como corto menú en su tablón de pizarra. De «sopa» a «sopa de pescadores». También se ve cómo coloca con cuidado los platos. Cómo sitúa una flor en la mesa exterior, en un acto de esfuerzo repleto del patetismo que tanto usa Kaurismäki.

En The White Lotus, Valentina es una dama de hierro. Posee un púlpito desde el que dirigir a sus subordinados. Lo hace sin piedad y con la actitud arquetípica de la italiana madura: exageradamente. Sirve a una clase social superior, a ricos que llegan a Sicilia para cumplir sueños absurdos como el de Tania, que quiere ser Monica Vitti por un día. O el de los Di Grasso, cuyo patriarca quiere conocer a sus antepasados, su hijo reconciliarse con su mujer y su nieto Albie tirarse a alguna chica.

Así, la clientela es dispar pero se sitúa en dos extremos opuestos. La opulencia con la que trata Valentina contrasta con los tristes parroquianos de O tasqueiro. Niñatos consentidos, parejas posturetas o infieles puteros frente a viejos acabados y currelas de baja estofa. La gris dupla de servidores comparten, en distintos grados, el no estar entre quienes quieren.

Valentina The White Lotus 2
«¡Tú has hecho arroz!». | Cortesía de HBO Max España

Romanticismo y gatos

Mientras el tabernero toma una sopa en el restaurante cercano a su antro, se muestra una ensoñación. En su vida hay esperanza y esta viene de la mano del amor. Degustando un plato que sabe superior al suyo, se imagina bailando junto a una señora.

Valentina también sueña. Por ello intenta ligarse, de la más penosa forma, a una subordinada. Es tan torpe que ni esta se da cuenta. De hecho, ni ella misma tiene asumido que es lesbiana. Es en su cumpleaños cuando recibe las malas nuevas de que la encantadora muchacha está ya comprometida con el compañero al que la gerente mandó a otro puesto.

Al tabernero, que resulta que tiene una cita para la que se pone hecho un pincel, le va igual de mal. Le dan plantón y sus imaginaciones de un futuro mejor se van al traste. De vuelta a casa, este triste trabajador mastica una soledad perfectamente reflejada por Kaurismäki. Antes de terminar la jornada, eso sí, saca un plato con leche a la puerta.

Tal querencia felina la posee también Valentina, que fuma mientras alimenta a gatos callejeros cuando sale del tajo. Con ellos se reconocen, porque dependen de la bondad de los desconocidos o de sus propias mañas para sobrevivir. A eso se dedican todos ellos, a pasar un día y luego otro. El objetivo, que llegue un nuevo sol, otra luna, poco más.

La suerte de Valentina, la esperanza del tabernero

Ese desconocido salvador, en el caso de Valentina, es Mia. La joven amiga de la prostituta Lucia pasa de ser una romántica a una buscavidas. Necesita a la gerente de su lado para lograr su sueño de ser cantante. Astuta, descubre que su presa es una lesbiana reprimida y le da lo que necesita. Es decir, una primera experiencia sexual en el ámbito.

Desde aquí, todo cambia para Valentina. Siguiendo el relato manido de la persona «malfollada», la encargada del White Lotus ve un mundo más colorido. Acepta que la recepcionista con la que quiso ligar la rechazara e incluso ayuda a mejorar su situación, devolviendo a su lado al prometido de turno. Asume que su lugar está entre esos currantes, más cerca de Mia que de los ricachones que tiene por clientes. Abraza su sexualidad.

La joven, además, le promete ayuda a la hora de meterse en el mundillo lésbico. Un quid pro quo de manual en el que ambas salen beneficiadas. Pero, cualquiera que haya sido un ser tan triste y solitario lo sabe, Valentina sale ganando. Puede dejar de estar entre los amargados, puede ser ella, puede tener amigos. Puede que acabe teniendo novia, o no. Pero ahora sabe qué quiere, lo logre o no.

Mala suerte para él, el tabernero luso no logra salir de su bucle. Mas sigue poseyendo ternura en su interior. Por eso saca el cuenco de leche. Se preocupa de su mundo. Nadie sabe qué le pasó tras el corto, claro está. Kaurismäki es cruel con sus personajes. Sin embargo, el cierre de la pieza muestra que su corazoncito sigue ahí. Quién sabe, incluso puede que al día siguiente añadiera un tercer plato a su carta de tiza y pizarra.

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